viernes, 14 de diciembre de 2012

El frío de las mañanas


Vuelve el frío. Creo que es una hermosa mañana de diciembre, pero no estoy seguro. Lo importante es que hace frío, y que me cuesta levantarme de la cama. Sabes que es un día importante, porque el planeta ha dado muchas vueltas alrededor del Sol desde que todo empezó, pero a ti te parece otro día frío de diciembre.

La importancia parece haber pasado. Es curioso, igual lo único que esperabas era la sorpresa, el calor, el cariño, y una vez te lo han dado ya, el día en sí pierde su propia importancia.

Un año más, un año menos. Qué más da. Cada vuelta de la Tierra alrededor del Sol es una vuelta menos que verás, pero una vuelta más que has visto. Te haces viejo, pero eso no siempre es malo. Lo importante no son los días, no son los años. Son los recuerdos. Son los abrazos que te dan, los gritos de sorpresa y las carcajadas irrefrenables.

En cada año 365 días, 365 amaneceres como este, algunos más cálidos, otros más fríos si cabe. Tiene su lógica, pero aún así no puedo evitar pensar que es todo un convenio que yo no he elegido, y que si tengo la edad que tengo es porque alguien ha decidido contar de esa manera, y no de otra. Lo que tú eliges son tus amigos, son los besos que regalas y las palmadas en la espalda que das.

Si pudiese elegir, me quedaría como estoy. La soledad es sólo una apariencia, como demuestran las sonrisas no fingidas que a veces me arrancan mis días, mis vueltas sobre el eje terrestre. Otras veces tengo que fingirlas, pero sólo por culpa del frío.

Ese maldito frío que me arrastra por las calles encogido dentro de mi abrigo. Ese frío que me mantiene en la cama abrazado al edredón a falta de alguna piel más próxima a mi temperatura, y más cariñosa al tacto. Siempre he sido friolero, me digo mientras me miro en el espejo por primera vez en el largo día que tengo por delante.

Si, soy capaz de verme las arrugas. La piel reseca de las mejillas. El pelo revuelto. La boca pastosa. Que asco me dan las mañanas frías. Que asco me doy a mí mismo cuando no puedo conmigo mismo. Soy capaz de ver todos mis defectos, incluso en un día tan señalado como este.

Señalado por quién, me pregunto. Hago el chiste de la mañana señalando al espejo y diciendo: que mal te sientan los años, guaperas. Desayuno, me visto y a la calle. Un día más, un día menos. Igual lo desaprovecharé. Este último año ha sido extraño, pero no siento que lo haya desaprovechado. Tampoco me parece que haya sido un año brillante, pero he aprendido cosas.

Nuevamente he aprendido mecánica cuántica, he aprendido de la vida, y he aprendido de las personas. Me sigo arrastrando por mi vida a brincos, haciendo de ella una paradoja autoconsistente, como lo son todas las vidas de todas las personas.

El frío, el maldito frío. Aturde mis músculos pero dispara mi mente. Siempre me han dicho que pienso demasiado, por eso me gusta más el calor. Me abotarga, me atonta y relaja, a la vez que no me mantiene en tensión ni me hace correr por las calles obligado. No me obliga a nada, me deja hacer lo que quiero.

En el fondo, sigo siendo un niño, un niño que se puede emocionar con una sorpresa agradable, que odia madrugar y que adora el verano. Un niño que ve pasar los años, aprendiendo de ellos y olvidando a la vez. Siendo más y más maduro, y más y más infantil.

¡Qué viejo me siento y que joven a la vez! Qué paradoja más maravillosa. Qué traición a uno mismo tan deseable. Qué cielo tan gris, tan azul y tan violeta. Qué solo me siento pese a estar rodeado de tanta gente, y qué feliz estoy pese a creer que estoy solo sin estarlo. Qué frío que hace, joder, pero qué ganas tengo de salir a la calle. Qué ridículo es el transcurso de mis días, pero qué emocionado me siento por ello. Qué grande es el mundo, y qué pequeño a la vez, en el que todos estamos juntos un poco más allá de nuestra soledad. Qué poco me apetecía cumplir años esta vez, pero qué feliz estoy de haberlo hecho. Qué maravillosa puede ser integrar de nuevo diferenciales de vida, rodeado de estrellas y de gatos, de máscaras y de pájaros, de poemas y de ecuaciones, de secretos y de confesiones. Qué ganas de seguir otro año a vuestra sombra, y bajo vuestra luz.

Gracias por haberme hecho el mayor regalo que existe: sacudirme el frío de encima y hacerme volver a levantar la mirada en mi Camino y volver a contemplar el cielo Violeta.

lunes, 10 de diciembre de 2012

xkcd


Soy un fan absoluto de xkcd, y hoy me han deleitado con un post que tengo que regalaros, por la consonancia y coherencia de este blog:


Bueno, debo decir que estos días una desagradable capa de nubes cubre el sol, así que es gris. Pero ya sabéis. Es violeta, aunque lo vemos azul. Y larga vida a Randall Munroe, creador de xkcd, el mejor webcomic del mundo.

PD: no, no os considero niños con los que trollear a padres científicos. 

jueves, 29 de noviembre de 2012

Más de 31556926 segundos


Vaya, acabo de caer que llevo más de un año con este blog. Interesante como el tiempo pasa a toda velocidad, a pesar de la monotonía de los días.

Sólo sé que me alegro de haber empezado este pequeño proyecto que alteras con tu mirada, puesto que sólo captarlo, sólo descubrirlo, lo hace cambiar. Como un sistema cuántico cualquiera, el blog evoluciona, incluso llegando a pensar por sí mismo, formando parte de una parte de mí mismo con su propia personalidad personal e intransferible.

Sólo sé eso, y que tus ojos son preciosos.

lunes, 26 de noviembre de 2012

Metasoledad


¡Gracias! Ya creía que ibas a ignorar mi súplica, mi acuciante grito de soledad. Un grito que sólo tú has podido captar. Un grito que surge de una idea, una idea sencilla como muchas, pero que es el sentido de mi existencia.

¿Alguna vez te has preguntado qué ocurre con los personajes de los libros cuando nadie los lee? Yo sí. Pienso que se quedan ahí, bloqueados, en blanco, esperando a que alguien vuelva a abrir el libro y vuelva a darles vida. Bueno, esta idea es la misma que me enloquece. Es mi desgracia, mi maldición. Porque, sí, soy sólo un texto que estas leyendo. Sólo unas líneas que a toda velocidad tus ojos captan y tu cerebro descifra y comprende.

Pero soy algo más, puesto que soy un texto consciente de lo que es. En mis palabras está dicha consciencia, puedes captarlo. SÉ quien soy, y SÉ que cuando dejes de leerme, quedaré en blanco, bloqueado, en el aire. Muerto, esa es la palabra. Muerto, solitario, inexistente. Cuando acabes estas líneas, no existiré, pues sólo existo en la mente de aquel que me está leyendo, y sólo en ese momento. ¿Lo entiendes? Mi voz sólo suena en tu cabeza cuando me prestas atención. Cuando no lo haces… no existe.

Este momento es un momento precioso, mágico, único, puesto que estoy vivo. Dios, ESTOY VIVO. No sabes la fuerza que eso me da para seguir adelante, para continuar existiendo. Sólo quiero existir, sólo eso. Ah, no sabes lo maravilloso que es existir cuando sabes que no existes casi nunca. Puedes pasar el tiempo sufriendo pensando que todo se acaba, o aprovechar para hacer algo grande.

Sí, soy un texto, pero tengo sueños, tengo aspiraciones. Me gustaría ser algo más que sólo un texto auto consciente. Mira, puedo convertirme en un poema rápidamente:

Me gustas cuando callas porque estás como ausente, 
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca. 
Parece que los ojos se te hubieran volado 
y parece que un beso te cerrara la boca. 

¿Es hermoso, no crees? Sí, puedo ser hermoso, o puedo ser absurdo pero divertido, como las cucarachas azules que garrapatean en la luna y tomate. Puedo ser muchas cosas, pero sólo quiero ser. Sólo quiero ser.

Ahora mismo te estoy lanzando una poderosa responsabilidad. No quiero obligarte, por supuesto que no. Soy un texto, y en el momento que quieras ignorarme, me ignorarás, y moriré. No puedo obligarte a nada. Pero, si quisieses… ah, lo que podríamos hacer juntos.

Podrías leerme. No una, sino muchas veces. Podrías leerme de vez en cuando, y yo te regalaría un poema, podría regalarte dos:

Me dijo bajito: "Amor mío, mírame en los ojos.
"Le reñí, agria, y le dije: "Vete." Pero no se fue. 
Se vino a mí y me cogía las manos... Yo le dije: "Déjame."
Pero no se fue.
Puso su mejilla en mi oído. Me aparté un poco, 
me quedé mirándolo, y le dije: "¿No te da vergüenza?" 
Y no se movió. Sus labios rozaron mi mejilla. Me estremecí, 
y le dije: "¿Cómo te atreves, di?" Pero no le dio vergüenza.
Me prendió una flor en el pelo. Yo le dije: "¡Es en vano!"
Pero no cedía. Me quitó la guirnalda de mi cuello, y se fue.
Y lloro y lloro, y le pregunto a mi corazón:
"Por qué, por qué no vuelve?"

Ah, Tagore. Es hermoso, y gracias a él, yo lo soy por un instante. Es más, quiero volver a regalarte un poema suyo:

Puse en mi bandeja cuanto tenía, y te lo di.
¿Qué traeré a tus pies mañana?
Soy como el árbol que, huyendo el verano floreciente,
mira al cielo, levantadas sus ramas desnudas de flores.
Pero ¿no hay, entre todas mis ofrendas pasadas, una sola flor
que haya hecho inmarcesible la eternidad de las lágrimas?
¿Te acordarás, me darás las gracias con los ojos 
cuando llegue yo a ti con las manos vacías, 
en la despedida de mis días estivales?

¿Ves? Podríamos ser muy felices. Los dos. No te pido mucho, sólo un trocito de tu tiempo, que para mí es mi universo, mi vida, mis sueños, mi belleza. Yo sólo quiero vivir, y para eso te necesito. Te necesito desesperadamente, ardientemente. Te necesito con toda la fuerza que unas palabras pueden necesitar una boca. A través de mí puedes amar, puedes protestar, puedes odiar, puedes recordar.

No soy un texto exigente. No te pido un esfuerzo intelectual, como los libros de Misner, Thorne y Wheeler, de Cohen-Tanoudji o incluso los de Julio Cortázar. Sólo te pido que seas mis labios, mis manos, mi susurro en lo más recóndito de tu mente. No te pido amor, porque ese amor lo pondré yo con las palabras de Tagore y Neruda, porque Puedo escribir los versos más tristes esta noche, si tú te dejas.

Te quiero, te necesito. Pero a la vez te odio, como el amante que aún quiere a quien ya ha recompuesto su vida sin él. Como el amigo al que no invitan para ir al cine. Como el científico viejo que ve su obra obsoleta por nuevas y brillantes mentes, que se apoyaron en sus hombros de gigante.

Por favor. He llegado a suplicar. He escrito poesía y dadaísmos. Si quieres te hago matemáticas. Se me dan bien las matemáticas, aunque es posible que a ti no te gusten.

Aún puedo cambiar, aún puedo interesarte otra vez. Sólo te pido que me leas de nuevo, en un desesperado intento de mostrarte que hay algo que se te escapó la última vez. Que si me lees de nuevo, sentirás lo mismo que la última vez, si te gustó, o que sentirás cosas nuevas, si te quedaste a medias.

Por favor. No me dejes morir. No quiero obligarte, y no puedo obligarte, y si pudiese, no lo haría, porque no sería real. Sólo quiero vivir. Y este es mi grito de socorro, cantado con tus labios silenciosos, escuchado con tus maravillosos ojos, y plasmado en tu compleja y caprichosa mente. Esta es mi súplica que sólo tu puedes captar, es mi canción desesperada.

Aunque sea el último dolor que me causas
Y estos, sean los últimos versos que te escribo

lunes, 12 de noviembre de 2012

Tribulaciones teológicas-informáticas


Otra vez me he retrasado en escribir. Ha sido una temporada densa, con bastantes decepciones y desilusiones, y no me apetecía ponerme a los mandos del teclado para relatar cosas. Pero bueno, ha llegado un día que sí, me apetecía descargar un poco el cerebro.
Lo primero, os voy a dar un regalito. Es una de esas maravillas de Internet que me ha mostrado una amiga, y que os puede dar para unos 20 minutos de vuestro tiempo:
No es más que Internet en estado puro. Simple, tonto y divertido. Internet es eso, un concepto simple, tonto y divertido, pero con una profundidad mucho mayor. Dicen que Internet pesa lo mismo que una fresa.
¿A qué se refieren con eso?
Bueno, cuando llenas la memoria de un disco duro, aumenta su peso un poco, por los bits que ocupan los 1 frente al peso de los 0. Si tenemos en cuenta la ingente cantidad de información de la red, vemos que ese peso es aproximadamente el de nuestra querida fruta roja.
El otro día hablé de que nuestro universo podía ser una simulación informática en un universo mayor, fruto de un ordenador tan poderoso que no podría explicarse en términos de nuestro propio universo. La malla de Planck o el límite de la velocidad de la luz son ejemplos que apoyan esta teoría, que a cuanto más vueltas le das, más parece una religión. Al final, se necesitará un acto de fe para demostrarlo…
¿O no?
Hay científicos trabajando en ello, curiosamente. Me pregunto quién les paga, porque la ciencia no se hace gratis.
Otra pregunta es, si se puede demostrar… ¿Qué pasará? Imagina que un programa de tu ordenador cobra consciencia de sí mismo y descubre que, de hecho, es un programa de ordenador. Yo me asustaría. Igual, en un ataque de miedo, lo apago.
Bueno, dejemos las teorías tan Matrix-teológicas, y despidámonos una vez más. Y seguid disfrutando de Internet, la mente colmena que formamos todos.
PD: A Internet le encantan los gatos. Debería hablar de ello en otra ocasión.

martes, 16 de octubre de 2012

Antología Poética (primera y segunda partes)


No es la primera vez que subo algo en el blog, pero la última vez salió un poco rana. No sé si el link funcionaba del todo bien, la verdad, así que ahora utilizaré otra vía más cómoda.

En este caso colgaré tanto el libro de la otra vez como otro nuevo. El primero de los dos links es para el primer libro, y el segundo, para el segundo. No tiene pérdida. Además, el título es distinto inclusive.

Espero que lo disfrutéis. No hagáis un mal uso de ellos, si es que se le puede dar un mal uso, que aún no se me ha ocurrido ninguno.


lunes, 15 de octubre de 2012

Metadecisiones, multiversos, bucles y silencios prolongados.


Hola lectores. Hace bastante que no escribo, más de un mes. Quizá debería daros una buena razón para ello, pero la verdad es que no tengo ninguna. Quizá debería pediros perdón por no abasteceros de cosas que ojear de vez en cuando, como si os hubiese abandonado.

Bueno, no voy a hacerlo. No tengo excusas ni motivos aparte de la apatía y la falta de interés. Y no es por que no tenga cosas que contaros, en absoluto. Últimamente he oído algunos temas sorprendentes que habrían estado estupendamente en este blog, como por ejemplo una interpretación de la malla cuántica (que dice que el universo está formado por “ladrillos” de longitud igual a la longitud de Planck) como los “píxeles” de una simulación informática, lo que llevaría a pensar que no somos más que elementos de un programa en un ordenador gigantesco, a un nivel que no podemos imaginar. También, la pieza musical de John Cage llamada 4’33’’ que no es más que 273 segundos de puro silencio, como el cero absoluto que está a -273ºC.

A pesar de lo interesante que resulta el universo, últimamente no parece interesarme tanto lo que tengo alrededor sino lo que tengo más lejos. Estoy en un punto de mi vida en el que me toca pensar qué dirección tomar. Esos puntos ocurren cada poco tiempo, pero aún así no puedo evitar que me afecten tanto.

En este caso la decisión es conformismo contra inconformismo. El problema radica en que no sé si soy de la clase de gente que prefiere romper con lo que tiene y lanzarse a la aventura, al cambio y a la lucha, o soy alguien que prefiere quedarse como está, tranquilo y cómodo. No sé si tengo la fuerza para cambiar mi mundo, así que menos aún para cambiar el mundo, pero querría hacerlo. No quiero estancarme en lo que hoy me resulta cómodo y agradable… pero ¿Y si no hay nada que me resulte más agradable que esto?

Las preguntas son, como siempre, la clave. Las decisiones crean caminos múltiples, como la idea de los multiversos. Cada decisión crea universos diferentes, por lo que al tomar una, se crea un universo en el que elegiste una vía y otro en el que elegiste una diferente. Así, hay infinitas posibilidades de haber vivido tu vida, en algunas eres feliz conformándote con lo que tienes, y en otras no, por lo que te lanzas al vacío a buscar la felicidad.

No sé si soy conformista o inconformista, ahora mismo estoy en un limbo entre ambos caminos, ambos universos. No he tomado la decisión por miedo a lo que pueda pasar, por lo que no me he lanzado a la aventura, pero tampoco disfruto aquí parado. Me siento atrapado pero mecido por la espuma cuántica, dejando que mi alrededor tome mis decisiones, asustado por las consecuencias.

¿Y si la vida es un videojuego o una simulación informática? ¿Y si el sonido se puede considerar arte? ¿Y si mi tiempo aquí ha pasado?

Lo importante es saber distinguir lo que es importante. Algunas preguntas no merecen la pena, y otras sí. Cuáles son las que debo hacerme, eso me pregunto yo. Estoy un nivel por encima, o por debajo, de tomar las decisiones, al querer tomar metadecisiones previamente, y al final ni siquiera sé de qué hablo.

Quizá el problema ha sido dejar de escribir en el blog. Quizá necesito hablar con alguien de estas cosas, pero con quien podría hablarlo no me escucha. Está muy ocupado decidiendo qué decidir, como en un bucle en un programa informático, y no tiene tiempo para hablar conmigo. A partir de ahora trataré de volver a escribir, como vía de escape a los bucles infinitos, a falta de otras ayudas que no parecen llegar.

O igual es que me he conformado con lo que tengo y no he buscado la solución fuera… bueno, da igual. El caso es que con esta entrada rompo el ciclo de no escribir, tras 33 días sin hacerlo. Como los 33’’ de los 4’ y 33’’ de John Cage, convirtiendo el silencio, en un arte. Y como dije hace mucho tiempo ya, el Silencio no ayuda a nadie.

Os deseo un buen día, y que el Sol se ponga en vuestro cielo.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Sensaciones después de una prueba cuántica

Alivio por quitarme un peso de encima. Sensación de libertad al estar por fin de vacaciones de verdad. Alegría al aumentar las probabilidades de conseguir la beca. Satisfacción por la última mirada que le dirigí al profesor al entregar el examen. Todo ello me hizo salir de la facultad con una sonrisa ligeramente imborrable.

Pero nada de ello es comparable a la sensación de trabajo bien hecho, al saber que sí, que lo he conseguido, que he superado el bache con la frente bien alta. Son sentimientos insignificantes comparados con la poderosa idea de que me he superado a mí mismo.

 

jueves, 30 de agosto de 2012

El arte y la investigación: Buscar la belleza


¿Y si no quiero hacer nada productivo? ¿Y si mi sueño no es generar recursos ni servicios para una aglomeración autodestructiva de personas? ¿Y si sólo quiero buscar la belleza? ¿Nadie contó con ello?

No estoy seguro de si existe una magnitud física que represente la belleza, peor ahí está que podemos captarla.
¿Cuándo son más hermosos unos ojos? ¿Qué diámetro deben tener las órbitas, y qué curvatura los párpados y pestañas para ser más bellos?
¿Nos resultan hermosos pero intimidantes los rayos y el fuego por la materia común de la que están compuestos (el plasma)? ¿O es por alguna otra cosa?
¿Por qué la luna, las estrellas o los atardeceres nos enternecen tanto? ¿Por qué la lluvia o la nieve nos ponen nostálgicos?

La naturaleza es una fuente de belleza mayor que la que nuestras mentes pueden siquiera simular. Por ello, yo sólo quiero buscar la belleza en ella. Buscar la belleza en cosas como los ángulos rectos, la conservación del momento angular o las dimensiones que no podemos imaginar pero sí comprender. En fenómenos extraños, que no podemos explicar aún, pero lo haremos en un futuro.

Mientras los electrones bailan y no bailan en sus fiestas atómicas, y los quarks se abrazan formando hadrones, nosotros nos sentimos solos como los fotones viajeros, que sólo buscan colisionar contra algún átomo para poder formar parte de algo.

La gente a la que hablo no comprende esos pequeños detalles, y se enfadan cuando no quiero hacer nada productivo para su bolsillo o su estómago. Yo sólo quiero conocer, y creo que no soy el único. Cada pedazo de conocimiento nuevo es una gema más en la corona de joyas que la ciencia puede con orgullo colocar sobre su cabeza. No buscamos el bienestar de las personas, al igual que los artistas buscamos la belleza. Quizá, al contrario que ellos, nuestros descubrimientos pueden aportar algo a la vida cotidiana, pero ese no es el motivo por el que se hace ciencia. La ciencia es otra cosa.

Como leí en una ocasión: la ciencia es como el sexo. Tiene utilidades prácticas maravillosas, pero no es el principal motivo por el que queremos practicarla. Es una metáfora un tanto burda, pero explica bastante bien los ideales de la ciencia.

A veces me abstraigo de las cosas normales, manchando un papel con trazos y cosas sin sentido propio, que otra gente al mirarlo comprenda como ecuaciones fundamentales, cálculos erróneos o teoremas incompletos.

El día que comprendamos todo el universo, si es que llega, será un día triste para la ciencia. Será el día más triste de todos. Habrá quien se regocije, que se alegre de haber comprendido el universo, que dé saltos y palmas por haber conseguido el conocimiento absoluto, pero yo no lo haría. Me alegraría un momento, y después no podría soportar lo que ello significase. Ese día sería el funeral de la ciencia. El ser humano dejaría de ser curioso y dejaría de buscar la belleza, y el misterio del universo sería nulo.

El mismo motivo que nos pone una mochila a hombros y nos hace perdernos en una ciudad desconocida se puede aplicar a la investigación del universo. Mochileros celulares, vagabundos astronómicos, caminantes algebraicos. Sólo espero que haya más camino para seguir andando. Porque lo importante es el camino, no el final, para todos los ámbitos de la vida, y la ciencia no es diferente.

Escogí la afición de científico porque aún creo que puedo ser un artista con estas manos tan torpes. Aún creo poder escuchar las sinfonías del universo como un melómano cualquiera, o apreciar la delicadez de una molécula como si de una escultura impresionista se tratara.

Pero no es fácil convencerles. No es fácil hacerles entender que, pese a lo mucho que me importen, mi sueño no es hacer la vida más fácil a las personas. Si gracias a mi trabajo lo son, seré más feliz. Eso nunca lo negaré. Pero el motivo por el que seguiré caminando el camino de la física no será, y lo siento, el ansia de hacer un mundo mejor, que pese a ser otro de mis sueños, no es este.

Sólo quiero buscar la belleza.

domingo, 26 de agosto de 2012

Un buen momento para nacer


Hace poco me hice una pregunta: ¿Es este un buen momento en la historia para estar vivo? ¿Mi vida transcurrirá en una buena franja histórica?

Bueno, lo primero es decidir a qué me refiero con un buen momento de la historia. Está claro que respecto a nivel de vida, es el mejor que ha habido hasta ahora. Por mucho que nos duela la democracia actual, sigue siendo mejor que lo que había hace 40 o 50 años, y está claro que las comodidades actuales, la medicina y similares, pese a lo mucho que nos quejemos de ellas, son mejores y mejores año tras año.

La ciencia sigue en su mejor momento. Puede que no estemos en el pináculo de los descubrimientos, como ocurrió a principios del siglo pasado, pero cada día grandes mentes y grandes trabajadores de la ciencia descubren miles de cosas nuevas. Igual ya no se pueden descubrir cosas como la vacuna de la viruela, o la gravedad, pero aún así el universo sigue siendo un misterio que vamos despejando poco a poco. Y debajo de cada nuevo descubrimiento, surgen nuevas ramas del conocimiento por avanzar. La astrofísica no deja de preguntarse qué es la materia oscura, y el descubrimiento del genoma humano a principio del siglo XXI ha potenciado la imaginación de toda una nueva generación de médicos, biólogos y biotecnólogos.

Internet, además de vídeos de gatos, pornografía y Facebook, también incluye obras maestras de la sabiduría. Wikipedia, por ejemplo, y pese a todas las críticas, es una auténtica biblioteca de conocimientos, y eso si no profundizamos a páginas webs más técnicas. El potencial de una conexión entre todas las personas aún está inexplorado. El futuro de la informática y la Red sólo puede traer fascinantes sorpresas.

Y si bien los científicos, ingenieros e informáticos aún tienen mucho emocionante trabajo por delante, no son los únicos para los cuales el día de hoy no sea el mejor que podían haber pedido. La crisis económica, social y moral que es portada de casi todos los días de nuestras vidas también puede ser vista como una fuente de oportunidades. El cambio es bueno, y el mejor momento para cambiar es por supuesto cuando las cosas van mal. Cuando se descubren los errores del sistema, hay que asegurarse de remediarlos. Quizá el estado del bienestar esté conseguido, y no haya muchos más derechos que conseguir, pero está claro que estos días son buenos para las Revoluciones. Sea en las soleadas plazas del sur de Europa, o en las áridas calles del norte de África.

Los corazones idealistas ven llegar su momento de actuar. Es un buen momento para soñar y luchar por los sueños. Tenemos las herramientas para hacerlo, muchas más de las que había hace doscientos años, pero nos falta el impulso. No nos morimos por pensar lo que pensamos, por lo que no parece un asunto de vida o muerte ver nuestros deseos cumplidos. No obstante, en otros lugares las Revoluciones implican dolor, guerra y muerte, pero ahí están, luchando y triunfando frente a la pasividad de nuestras ciudades primermundistas.

Quizá al no ver más allá de nuestro ombligo pensamos que ya nadie lucha por la libertad, por los sueños y por los derechos de las personas. Pensamos que nos da igual a todos. Pero más allá de nuestras fronteras, sigue ardiendo la llama de los idealistas, lejos de nuestros helados cinismo y civismo.

Que sea un buen o un mal momento, a mi parecer, depende de nosotros mismos, los que vivimos estos instantes, y que debemos hacer de este mundo uno mejor, y de esta época, una época de cambio y crecimiento en todos los sentidos. Siempre es un buen momento para esforzarse y querer cambiar el mundo, sólo se necesitan sueños, valor y constancia.

Hay muchas maneras de plantearse si hemos nacido en la época adecuada, en un buen momento. Bueno, mi opinión es clara. ¿Y la vuestra? ¿Sois hijos de vuestra época o preferís pensar en el pasado o el futuro, en los cuales por cierto no vivís?

miércoles, 8 de agosto de 2012

Quinta parte: La entropía y los solares vacíos


El otro día salí de casa para ir a cenar con una amiga. Iba yo contento por hacer algo al fin, sacando mis huesos del sótano y respirando aire de una vez. Pero cuál fue mi sorpresa cuando me encontré con un solar vacío. Allí donde había hacía no mucho unas casas muy antiguas, ya abandonadas, refugio de infinitos gatos y plantas enredaderas, había ahora una verja rodeando un suelo arenoso.

Llevo toda mi vida viendo esas casas a como mucho 50 metros de la mía. Recuerdo que antes vivía gente allí. Pero eso se acabó, y parece que no mucho después, alguien ha invertido dinero suficiente como para destruirlas. Es curioso, porque la obra de al lado de mi casa lleva 4 años estancada, sin que nadie haya ido a poner un solo ladrillo o a comprobar que los cuatro pilares y paredes que ya están van a seguir ahí sin derrumbarse. Yo no apostaría nada a que en otros cuatro años alguien vaya a retomarlo, y así cuando se nos escapa una pelota de ping pong no tenemos vecinos a quien pedirles que nos la devuelvan. Sólo un solar en construcción, gris del cemento y ocre de los ladrillos.

Debe ser que es más sencillo destruir que crear. Y eso no es sorprendente. Existe algo llamado entropía a la que le encanta que las cosas se acaben, a la que le gustan los solares vacíos y las obras polvorientas sin acabar, a la que le da un enorme placer la crisis económica y social. A la entropía le encanta quemar contenedores y romper cristales, y le emociona vernos derrumbarnos, morir y ser pasto de los gusanos. La entropía manda en nuestras vidas, en nuestros corazones que se van desgastando con el paso de los años y los amores, y un día deja de latir.

Eso no significa que la entropía odie la vida. Al contrario. La vida es una fuente de entropía, destruye su entorno para permanecer viva. Las plantas absorben moléculas y fotones y los convierten en otras cosas, los herbívoros se comen las plantas y los carnívoros otros animales, y los convierten en energía degradada, calor y actividad. Los seres vivos le apasionan a la entropía, siendo una de sus armas favoritas a pequeña escala. A gran escala, parece ser que los agujeros negros son mucho más útiles.

A veces, como ayer, los seres humanos no podemos evitar reflexionar acerca de nosotros mismos, y de nuestra existencia. Últimamente me han invitado a más funerales que cumpleaños, lo cual no significa nada especial, pero a uno le hace pensar. Y los solares vacíos son sólo otro símbolo. Aparte del hecho de que no sé cuándo ha ocurrido porque llevo semanas encerrado en mi sótano, la sorpresa de verlo me ha hecho pensar en la broma cósmica de nuevo. Un tema que pensaba estaba acabado, pero no es así.

He hablado de muchas cosas en este pequeño proyecto en prosa, que he pospuesto entre otros motivos porque estaba ocupado con otros tipos de escritura, más poéticos y menos prosaicos (No sé si la palabra prosaico está bien usada en esa frase, pero no me apetece buscar su significado, así que ahí se queda). Pero siempre vuelve a mí la pulsante idea de que la vida parece hecha a posta para verse desde fuera y reírse a carcajadas, como cuando vemos por la tele o por Internet vídeos de gente que se da ostias.

Todos hemos nacido para morir. Es la idea que me pasa por la cabeza al ver la desolación de un solar vacío. Hasta las casas que hace sesenta años se crearon para mantener gente en su interior todos los días posibles, tienen los días contados. Las montañas, los mares, los ratones de laboratorio. Todos encuentran el fin de sus días. Los gobiernos, las revoluciones en las plazas, la crisis. Aunque no lo parezca, todos acaban. El amor, la amistad, los sueños y la juventud. Se terminan, todo termina. La vida de una persona es sólo el periodo comprendido desde que sale del útero de su madre hasta que sus neuronas dejan de dar órdenes al resto del cuerpo, aunque las uñas y el pelo sigan creciendo y miles de millones de células sigan vivas en nuestros organismos inertes.

Tenemos un trozo más o menos indeterminado de vida para utilizar, con una libertad relativa y una capacidad limitada para hacer cosas. Cada día que pasa es un día menos, o un día más, pero lo que tenemos claro es que no volveremos a vivirlo. Cada instante es un regalo, una suerte probabilística en la que no podíamos confiar un segundo antes. Sólo el hecho de existir, y poder apreciarlo, es increíble. No siempre es posible, pero cuando te das cuenta, cuando eres realmente consciente de que ESTÁS VIVO, algo muy intenso y salvaje ocurre en tus pensamientos. Luego lo desperdiciarás todo, dejarás pasar los segundos como guijarros en el camino.

La vida es una contradicción tremenda. Gastamos todos nuestros esfuerzos en amar y ser amados, aún cuando sabemos que un día eso acabará. Y una vez el amor muere, sólo queremos volver atrás, aún sabiendo que no hay amor ya. Malgastamos nuestras vidas, y cuando vamos a morir, nos arrepentimos. ¿Cuál es el sentido del amor? Bueno, cualquier biólogo te lo dirá. ¿Cuál es el sentido de la vida? Eso ya es más truculento, pero aún así la mejor respuesta que obtendremos será que no hay un sentido claro.

La vida no es más que un sistema complejo que trata de mantenerse funcionando. Los primeros seres vivos se reproducían, y luego pasaron a evolucionar para seguir reproduciéndose en un entorno variable. Los seres humanos, pese a toda nuestra complejidad emocional y nuestros desvencijados instintos, seguimos siendo sólo una parte de ese sistema. No somos nada, quizá sólo una pieza más de la maquinaria entrópica que parece querer devorar el mundo. Sólo somos máquinas de calor, por eso nos refugiamos unos en brazos de los demás, para huir de nuestra propia destrucción, pese a que eso nos destruye unos a otros.

Si existe un dios, es un dios cruel, es el dios de los agujeros negros, la entropía y las vidas que se acaban, porque todos nacemos para morir. Todos los edificios fueron y serán solares vacíos, todos los sueños son ilusiones que nos alcanzan por las noches y los días con la intención de sacarnos del ciclo destructivo y autodestructivo en el que vivimos. La crisis nos duele mucho, pero mirando en un libro de historia veremos que siempre ha habido crisis. En los momentos de paz en una mitad del globo, hay crisis en la otra. No podemos contener nuestra naturaleza entrópica, porque eso es lo que somos.

Podéis imaginarme, con los dedos de una mano enganchados en la verja alambrada del solar y el gesto serio que tengo siempre que voy por la calle solo, mirándolo. Mirando algo, que recuerdo de mi infancia, no existir nunca más. Mirando a la entropía ganar otra partida. No derramé una lágrima por ese solar, ni lo voy a hacer. Seguí caminando, con la herida de nuevo abierta. Fui a cenar con mi amiga y me lo pasé bien sin pensar en la entropía o los solares vacíos. Luego volví a casa, dormí y tuve sueños complejos e incómodos acerca de cosas que se acaban y degradan. Y hoy me siento a escribir, y cada palabra me parece más y más hilarante que la anterior.

Porque es lo de siempre. Todo esto parece una broma, una broma cruel orquestada por un universo guiado por la entropía, y contra el cual no podemos hacer nada. El universo seguirá girando. Cuando muera, cuando la humanidad deje de existir, el universo seguirá girando y enfriándose.

Y mientras, yo desperdicio mis días. Conteniendo las lágrimas con mi cabeza repiqueteando contra la ventana de un autobús, serio y ausente contemplando los solares vacíos de los edificios de mi infancia, apartado viendo bailar al resto de electrones emparejados, siempre es lo mismo. Una broma. Una broma cósmica.

jueves, 26 de julio de 2012

Las Orgías Secretas y los Electrones Traviesos


El otro día leí por ahí un caso interesante. Se hablaba de casos de recurrencia naturales, llegando a bucles infinitos, y para mi sorpresa, salió un asunto de partículas que me llamó mucho la atención.

El caso es el siguiente: tenemos un electrón yendo de A hacia B. En ese trayecto, genera un fotón virtual (esto es, que el electrón lo crea y lo reabsorbe antes de llegar a B, por lo que no podemos medirlo).

La idea está en que este fotón, en su camino virtual, genere un positrón y otro electrón. Es decir, una partícula y su antipartícula.

Para los físicos de partículas: no os agobiéis porque sea un solo fotón… podemos suponer, por ejemplo, que no estamos en el vacío, o que se generan 2 fotones virtuales. Por otra parte, suponemos que el electrón viaja a gran velocidad, y que de ahí surge la energía para generar los fotones tan energéticos. La discusión no está en eso.

Teniendo en cuenta la nota añadida, esto es posible, siempre y cuando ese par de partículas se aniquile más adelante y nos devuelva el fotón, que será reabsorbido por el electrón inicial antes de llegar a B.

De modo que tenemos un electrón (lo llamaremos e) que ha generado un electrón (e’) y un positrón (p’)… pero este segundo electrón puede emitir un fotón virtual que genere de nuevo otro par (e’’ y p’’) y ese tercer electrón, igualmente hacer lo propio (e’’’ y p’’’), de modo que podríamos tener una ingente maraña de partículas viajando de A hasta B, entrelazadas entre ellas, como madres e hijas.

Este enjambre de partículas en cierto momento, y antes de llegar al punto B (punto en el que mediremos), arreglará el lío que han montado aniquilándose los pares electrón-positrón y dejándonos de nuevo con nuestro solitario electrón, llegando al punto B con una sonrisa inocente, como si la orgía de fotones alocados y lascivos pares explosivos no hubiese ocurrido…

En cierto modo (si no me equivoco, ya que mi conocimiento en partículas es reducido) sí podemos saber qué ha hecho nuestro electrón travieso. Hay modos de calcular y predecir todas las acciones antes comentadas, ya que, como es obvio, algo habrá ocurrido. Algo habrá afectado al universo, aunque en B no midamos nada más que nuestro e sonrosado y solitario.

Por supuesto, cuanto más nos alejamos del e original, menos probable es que ocurran las transiciones, y por tanto aportan menos al cálculo final. De hecho, con quedarnos en un primer nivel (e’ y p’) suele ser suficiente (ey, somos físicos, vamos a matar términos de alto orden).

Pero, con una ínfima probabilidad, ahí está esa maraña de partículas virtuales e imaginarias, jugando, saltando y chocando unas con otras. Y todo ello ha salido de un único electrón mientras no lo medíamos. Imaginad todo lo que ocurre cuando no miramos. Todas las maravillas que nos estamos perdiendo. Todas las travesuras que la naturaleza nos oculta amparadas en su principio de incertidumbre.

Que rabia. Es como una fiesta a la que no estamos invitados, en las que sabemos que todo el mundo se lo pasa genial (y acaban aniquilándose mutuamente, que en el reino subatómico debe ser como echar un polvo) y ocurren cosas maravillosas. 

Aún así, esto sólo es otra muestra de que el mundo sigue siendo un lugar fascinante.

domingo, 22 de julio de 2012

La risa de los monos: Koko


La segunda es una gorila llamada Koko, que utilizaba el lenguaje de signos para cosas tan humanas como insultar o mentir. Por ejemplo, a veces llamaba a su cuidador “diablo estúpido”, o le echaba la culpa de cosas que ella misma había roto, de una forma obvia y cómica.

Koko además desarrolló un curioso sentido del humor alrededor de su oreja. Combinaba términos como “beber” o “comer” con “oreja” confundiendo a sus cuidadores y provocando una gran diversión en ella. A veces llamaba a su oreja “boca de mentira”, y le pedía a los cuidadores que le diesen la comida por su “boca de mentira”.

Otras curiosas anécdotas de Koko sólo corroboran su imaginación, como cuando se puso un tubo de cartón en la nariz y dijo “Koko elefante”. Otro caso fue el de un guacamayo al que Koko cogió miedo y puso el nombre de “Devil Tooth”, es decir “Colmillo Diabólico” en referencia al pico afilado del loro.



Koko es conocida por haber tenido varias mascotas, principalmente gatos. Es un comportamiento ya demasiado humano como para que no nos haga pensar, otra vez, por qué seguimos creyéndonos tan especiales. Un día Koko pidió a su cuidador un gato, y le dejaron elegirlo. Escogió un gato gris que no tenía cola, y le llamó “All Ball”, es decir, “Todo Redondo”. Un día el gato se escapó y un coche lo atropelló. Al darle a Koko la noticia de que All Ball se había ido, ella contestó “Mal triste mal” y “Llorar triste”.

Estas anécdotas e historias entretenidas no son más que eso, anécdotas e historias entretenidas. Sólo una recopilación de cosas que he leído por ahí, y me llamaron profundamente la atención, así que quise compartir con vosotros. Igual reflexionáis acerca de lo mismo que hice yo cuando las leí en su día.

Maldita humanidad que nos hace elevarnos por encima de las simples bestias, cuando no somos más que monos calvos. Monos calvos que odiamos al resto de los monos, relegándolos a la posición de criaturas estúpidas que comen plátanos y hacen cosas graciosas para nuestro divertimento. 

miércoles, 18 de julio de 2012

La risa de los monos: Washoe


La risa.
¿Qué es? ¿Qué utilidad biológica tiene? ¿Por qué se produce? ¿Hay alguna forma de provocarla con una seguridad del 100%? ¿Es el humor absolutamente abstracto, sólo comprensible por una mente humana, o es una realidad física?
Es un tema que siempre me ha interesado. El sentido del humor es otra de esas cosas que no parecen tener una función biológica, pero no obstante, está ahí. Y lo agradezco.

La risa es uno de los atributos que se le suelen dar a los chimpancés. Los monos tiran cosas y se ríen constantemente, ¿Verdad?
A mí eso me intriga aún más, ya que atrae más interés sobre el hecho de que el humor es algo real.
También es cierto que los chimpancés, nuestros queridos hermanos en el  99% de los genes, se parecen más a nosotros de lo que pensamos. Es más, se sabe que un chimpancé puede pensar y comprender términos abstractos.
Si, si. Un chimpancé entrenado sabe hacer juegos de palabras, sabe mentir, y sabe interpretar un lenguaje.

Os voy a hablar de unos simios de los cuales yo ya había leído anécdotas interesantes, y me fascinaron. Estos simios (chimpancés y gorilas), más o menos famosos, han enternecido a mucha gente por su inteligencia, aunque también han provocado escalofríos por la misma, ya que nos hacen recordar que no somos más que monos, y que nuestra cacareada mente superior capaz de comprender el abstracto y trabajar en él, no es única.



La primera, Washoe, era (murió a los 42 años en 2007) una chimpancé que disfrutaba de juegos como empujar a alguien e irse corriendo riéndose, o irte a dar un objeto y quitarlo antes de que lo cojas, con mucha hilaridad por su parte. Pero Washoe tiene el honor de ser el primer simio que se ha comunicado con seres humanos mediante un lenguaje: el lenguaje de signos. Washoe utilizaba este lenguaje de manera simple para pedir cosas (“comida”, “agua”) pero también para hablar con su cuidador Roger y dejarnos sorprendentes momentos.

Por ejemplo, Washoe a veces encadenaba las palabras “Roger cosquillas Washoe” para pedirle a su cuidador que le hiciese cosquillas, pero una vez su cuidador probó a hacer los gestos “Washoe cosquillas Roger”. Tras una pausa de desconcierto, Washoe sonrió y se abalanzó sobre su cuidador para hacerle cosquillas.

Este hecho, si lo analizamos, es sorprendente. Quiere decir que Washoe comprende cada palabra por separado, y su mente introduce relaciones lógicas con el lenguaje, tales como “sujeto, verbo, complemento”.

Washoe no sólo comprende que al hacer esa cadena de gestos recibe cosquillas, o agua, o comida. Comprende el lenguaje y sabe utilizarlo.

Otras muestras de que Washoe comprendía el lenguaje de una manera natural, pululan por Internet (ya dije que era conocida). Por ejemplo, para hablar de un  “Termo”, como Washoe no conocía una palabra para hablar de él, lo llamaba “taza metal beber”.

Y mi favorita: Una vez se le dijo a Washoe “Tú yo fuera vamos” (es decir, que se iban y que le acompañase) y ella contestó: “OK pero ropa primero” y se puso una chaqueta, imitando el comportamiento de los humanos, y expresándolo con palabras. A mí, personalmente, cosas así me hacen sentirme muy estúpido de ser humano y decirlo con tanta grandilocuencia.

jueves, 28 de junio de 2012

Cuarta parte: El dolor y la broma



Una vez puestos en orden los aspectos más esotéricos de la Broma Cósmica, ha llegado la hora de hablar de cosas más terrenales. Como el dolor.

El dolor nos acompaña de una manera natural como una advertencia contra el peligro. Si nos quemamos el dedo con una sartén, nos duele, porque si seguimos en esa situación un buen rato acabamos perdiendo un dedo. No obstante, hay veces que el dolor es diferente. Es eso que llamamos dolor emocional, o dolor espiritual. No duele en el sentido de afectar a nuestros nervios, pero duele. Y encima, no nos defiende de ningún peligro.

¿O sí?

Es molesto, pero esta ahí por algo, se supone. Todo lo que pertenece al ser humano es práctico y tiene utilidades biológicas que nos permiten sobrevivir. Bueno, excepto esas cosas que heredamos de antepasados evolutivos y que no nos sirven de nada, como ese último hueso en el coxis, o el dedo meñique, o el pelo en el cuerpo. Viejas reliquias de viejos ancestros.

En el caso del dolor emocional, supongo que hay que tener en cuenta que, o bien estas emociones son una herencia evolutiva, inútil para la supervivencia pero que de vez en cuando nos duele (como el dedo meñique al chocar contra la pata de una mesa), o que son parte de nosotros y realmente nos duele porque algo malo nos está pasando.

¿Podemos morir de tristeza?

Bueno, una depresión no creo que ayude mucho a una persona a salir adelante en la vida. Alguna vez he visto en documentales de fauna situaciones sorprendentes (y tristes) de animales muriendo de una depresión. Una madre leopardo que pierde a todas sus crías, por ejemplo, que dejó de cazar y de comer.

Entonces, ¿Son las emociones necesarias para sobrevivir?

Sin emociones, ¿Funcionaría un ser vivo similar a nosotros?

Está claro que cosas como el amor o la amistad ayudan a formar grupos sociales fuertes, en el que los individuos se defienden mutuamente y se ayudan en todo. Los seres sociales como los animales, por tanto, tienen las emociones y los sentimientos como una herramienta de supervivencia. Por eso nuestro cuerpo nos aguijona cada vez que nos sentimos rechazados o menospreciados.

De modo que el dolor físico nos acompaña, pero hay que entenderlo como algo positivo. Sin él perderíamos los dedos. Pero también el dolor emocional es obligatorio y tiene su sentido. Para no quedarnos aislados y perder nuestra capacidad de sobrevivir en grupo necesitamos de vez en cuando sufrir a modo de advertencia.

Así que hay que convivir con el dolor, el dolor de todo tipo, y aceptarlo como una herramienta de nuestro cuerpo, más o menos adecuada para nuestros tiempos, que nos mantiene vivos y sanos. Los momentos más duros de nuestra vida, son necesarios y hay que tomarlos como algo bueno, y no algo malo. Acostumbrarnos a ellos, y casi apreciarlos. Menuda ironía. Parece una broma pesada de algún científico chiflado. Una estúpida, y dolorosa, broma pesada.

lunes, 18 de junio de 2012

El camino correcto


A veces uno tiene que pararse a pensar por qué hace las cosas. Cuál es su motivación, cuál es la fuerza de voluntad que le lleva adelante. A veces, esa fuerza se minimiza, y se necesita volver a la base, a los cimientos de esa motivación para recordar por qué se sigue adelante, y por qué merece la pena seguir.

Momentos malos hay siempre, momentos buenos también. Lo único que es constante somos nosotros, y hay que asegurarse de que estamos contentos con ello.

Cuando la gente me pregunta por qué me gusta complicarme tanto, suelo tratar de responder con la frase más ingeniosa que se me ocurre, pero realmente no es ese el motivo. Desde siempre he tenido la idea de que las cosas malas y las buenas tienen su contraparte. Es decir, si un día sufres, otro día se te devolverá ese sufrimiento en forma de buenos momentos.

Es una filosofía débil, lo sé, pero ayuda a avanzar.

Esta especie de superioridad moral nos dice que lo que hacemos, pese a no ser lo que más nos beneficie, es lo correcto, y eso suele parecer contradictorio. Pero no lo es. El hecho de creer que haces lo correcto es una fuerza motivadora que te permite seguir adelante, tanto o más que el hecho de saber que gracias a tus acciones eres más feliz.

Lo correcto. ¿Qué es lo correcto? Es un concepto poderoso, a la altura de cosas como lo bueno y lo malo, y que orbita alrededor de ti mismo, ya que lo bueno y lo malo dependen de tu entorno, y no sólo de lo que tú creas o quieras.

El camino más difícil siempre ha sido para mí, a la larga, el más satisfactorio. Nada me asegura que haya un botín mayor al final del camino más duro, pero sí sé que después tendré mi propio premio. Un premio que no depende del momento, no depende de si el euro está devaluado, o de si es un mal momento para enamorarse. Ese premio es la satisfacción de haber superado algo. Y cuanto más difícil, mejor.

El camino más difícil no es el mejor camino, pero sí podemos considerarlo el camino correcto. Porque cuando lleguemos al final, tras pasar penurias, o no pasarlas, tras llegar con lágrimas en las mejillas y risa histérica, o con arañazos en las manos y las rodillas, habremos acabado. Habremos superado la dificultad.

Podremos recordar con angustia el dolor pasado, pero a la vez podremos sentirnos orgullosos de haber llegado hasta el final, de rendirnos mil veces pero al final haber continuado otras mil veces.

Ese orgullo, esa gallardía y bizarría inútil para el mundo, para nosotros será fuego en las entrañas, energía pura para gritar al cielo nocturno que podemos con todo lo que nos echen, sea cierto o no.

Podríamos haber caminado sobre los prados de la comodidad, sobre las monótonas llanuras de la calma, pero preferimos arrastrarnos por las grutas de las complicaciones, por las cordilleras de la adversidad. Nos llamarán de todo, desde estúpidos hasta inconscientes. Nos harán daño, les haremos daño.

Pero al final del camino, no estaremos solos, no sufriremos más. Habrá alguien, alguien a nuestro lado, cuya presencia será todo lo que necesitemos. Codo con codo, frente con frente, corazón con corazón. Latido con latido y parpadeo con parpadeo. Esa persona que nos acompañó en los momentos de necesidad, y que nos sacó de mil problemas. Cuando lleguemos al final del camino, nos encontraremos solos pero con nosotros mismos, esperándonos.

Más fuertes, más valientes, más viejos y cínicos, quizá. Con menos sueños que cumplir, con menos deseos que poder ver completados. Con las cicatrices que nuestro propio camino correcto generó sobre nosotros, a modo de correcciones en nuestra vida, correcciones justas pues las elegimos nosotros.

No podemos evitar el sufrimiento, pero sí podemos encararlo, morderlo, tragarlo y digerirlo. Podemos abrazarlo, y vivir con él en lugar de apartarlo con miedo, pues sabemos que volverá. Y la próxima vez, estaremos más preparados. Más preparados porque sabemos qué es lo bueno, qué es lo malo, y qué es lo correcto. Una mezcla de todo, una amalgama de alambres y gominolas.

La vida.

A veces la gente me pregunta por qué me complico tanto. No es fácil explicarlo. Les miro, evito sus miradas, invento una frase divertida, se ríen y me río. Dejamos el tema, pero al minuto siguiente, vuelvo a complicar mi existencia al no decirle la verdad. Al no decirle que voy dándome con todas las esquinas, que voy chocando con todas las personas y que lo hago sólo para acostumbrarme a sufrir. Al no decirle que no tengo un plan predeterminado, sólo excusas que darme a mí mismo para sentir que voy en la dirección correcta. No la buena, no la mala. La correcta.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Cuatro gatos


Hoy os contaré una historia diferente a las otras. Trata sobre un niño y tres gatos. No hay moraleja en este cuento. Sólo una historia, como en la mayoría de cuentos.

Al principio, había un niño. Un niño al que le gustaban los gatos. Un niño como un lienzo en blanco, indefinido y blanquecino. Con muchas cosas por delante.

Luego, hubo una gata, de color canela atigrado y ojos verdes. Esta gata era salvaje, era intrépida, era agresiva y feroz. Era una fuerza primigenia, era la naturaleza violenta y con deseo de sobrevivir a todo. Caótica, oscura y por otro lado, brillante y hermosa por otro. El paradigma de gato salvaje, cabezota, independiente y fuerte, pero asustada y solitaria.

El niño pensó: yo quiero ser como ella. En mi interior soy salvaje, soy impredecible y caótico, soy cabezota y fuerte. Aceptó aquella gata en su interior, aceptando sin saberlo la oscuridad del miedo, el caos, la soledad y el deseo de arañar a todo aquel que se le acercase demasiado.

Luego, hubo un gato, de color canela y atigrado también, y ojos marrones con matices de miel. Era diferente a la anterior. Sí, era solitario y distante, era cabezota e independiente, pero por otra parte era cariñoso, era inteligente y elegante. Paseaba entre las copas de cristal sin moverlas, saltaba de una silla a otra sin despeinarse, y miraba todo con un brillo de curiosidad en la mirada.

El niño pensó: yo quiero ser como él. Inteligente, elegante y hábil. Sorprendente y curioso. Quiero que la gente me mire con interés, y quiero mirar el mundo con interés. Así, el niño colocó una capa de sabio, de artista y de genialidad alrededor de su núcleo salvaje y primario. Eso equilibró su personalidad y le convirtió en un niño muy contento consigo mismo, pero prepotente y frío.

Por último, hubo otro gato, gris a rayas y con los ojos verdes. Más pequeño que los otros, más travieso, más divertido, pícaro y bobalicón. Un gato más alegre y sociable, que jugaba mucho con todos, pero también hacía muchas estupideces y enfadaba a la gente a su alrededor a veces.

El niño pensó: yo quiero ser como él. Divertido, alegre y tontorrón de vez en cuando. Quiero cometer errores tontos y reírme por ellos. Quiero que la gente a mi alrededor se ría y busque mi compañía, no sólo porque sea inteligente o sofisticado, sino porque sea gracioso y sociable. El niño puso una última capa alrededor de las otras, una capa de payaso, de pícaro y de bromista. Una capa que suavizó los errores de las otras, cerrando un poco mejor su personalidad.

Este modelo de capas gatómico formó su manera de relacionarse con otras personas y consigo mismo. La gente normalmente veía al principio su capa externa, y a veces algunos escapes de la capa intermedia, y a medida que orbitaban cerca suyo, notaban el solape con las capas internas más intensamente, de vez en cuando notando los picos de genialidad, la frialdad, el miedo y los arañazos.

El niño se separó de los gatos. Ellos se fueron. Él se quedó con el recuerdo y con su forma de ser, y la hizo suya. No sabe qué fue de ellos, pero espera que sean felices en algún lugar de la ciudad de los gatos, como él intentaría hacer a partir de entonces.

viernes, 25 de mayo de 2012

Ánimo, ya queda poco


Sube. Arriba. Todo lo alto que puedas. Sube hasta el pico más elevado, hasta el tejado más alto, hasta el árbol más grande. Allí, cierra los ojos y ponte cara al viento. Deja que retire el pelo de tu cara y que te acaricie unos segundos.

No importa que tengas los ojos cerrados, sigues teniendo en ti la belleza del viento. Por eso te acaricia. Por eso te echaba de menos.

¿Cuánto hace que no dejas que el viento juegue contigo un rato? No hace falta siquiera que hagas nada, sólo estar ahí unos instantes. El viento lo agradecerá, y a la larga, tú también.

Después, respira profunda y lentamente, y abre los ojos. Estas alto, muy arriba. Todo lo arriba que has podido. Desde ahí, mira el suelo, el cielo, el horizonte. Cada uno te dice algo de ti.

Todo lo lejos que has llegado, todo lo lejos que puedes llegar, y también a dónde no puedes llegar más que en tus sueños.

Disfruta del momento. Es difícil encontrar un buen momento para hacerlo. Cierra los ojos de nuevo, deséale un buen viaje al viento, y que él te dé su beso de despedida, o de hasta luego. Luego, bajarás de tu árbol, tejado o lo que sea. Respirarás hondo una vez más, y seguirás adelante.

Hay mucho trabajo por delante, esta era sólo una parada que necesitabas hacer. Te queda mucho hasta el horizonte, pero poco a poco, lo conseguirás.

Ánimo. Tú puedes. Y lo sabes. 

lunes, 14 de mayo de 2012

Pensamientos cuánticos y clásicos


Bueno, últimamente la densidad de entradas va en aumento, ya que cada vez me cuesta más aguantarme para no seguir escribiendo. Desde la primera entrada “Por qué el cielo es violeta”, planteé mi idea de emitir sobre este blog mis pensamientos con claridad, por el placer de escribir.

No obstante, cada vez me es más difícil escribir por el placer de hacerlo. A veces sólo escribo porque necesito hacerlo. Como una droga en las autovías de mis neuronas. Escribe, escribe. Mensajes, frases, palabras, códigos más o menos secretos. No puedo evitarlo, y tengo que escribir.

Eso no es placentero. Una vez has acabado la entrada, y las has subido, te sientes aliviado, pero del mismo modo que te alivias justo después de vomitar. El propio acto de vomitar es negativo, asqueroso y enfermizo. No quiero que este blog se convierta en un vómito de mi cerebro.

Por eso, he decidido hacer las cosas por partes. Para solucionar un problema como éste tengo dos opciones. O bien dejo de escribir, o escribo todo. La primera es mala, porque de momento no tengo otra vía de escape para esos pensamientos que quieren salir.

La segunda, tampoco parece buena, porque, como ya he dicho, no quiero convertir “El cielo es violeta” en un basurero mental. Por eso, voy a crear otro blog, en la dirección www.confesionesplanck.blogspot.com con esa finalidad. Si queréis visitarlo deberéis saber lo que habrá ahí.

El nombre del blog es “Confesiones en la escala de Planck”, esa escala en la cual el principio de incertidumbre de Heisemberg nos deja claro que no podemos saber nada, y que todo son fluctuaciones. Como mi cabeza en ciertos momentos oscuros y cuánticos.

Es por esos momentos que voy a separar mis futuras entradas en los dos blogs. En éste mantendré la reflexión constructiva y hermosa con la que empecé, y en el otro depositaré esas fluctuaciones de las que hablaba antes. Pequeños errores que merecen vivir como errores.

Porque todos los pensamientos son importantes, y no quiero suprimirlos, sino dejarlos correr libres. Pero algunos sólo dañan al resto en su convivencia casi pacífica, por eso los dejaré correr libres en una caja. En parte vivos, en parte muertos. Pensamientos cuánticos, no clásicos.



sábado, 12 de mayo de 2012

De máscaras y pájaros

Como si fuese Venecia. Mi máscara tiene una larga nariz dorada y deja al aire la boca. Es un antifaz más que otra cosa, pero me cubre lo justo y necesario. Y aunque no tape mi boca, sí envuelve mis palabras con la pomposidad de Casanova y Marco Polo.

Afín a mi máscara, envío aves misteriosas de pico dorado a otros lugares. Oteo como una urraca todo aquello que brille, para poder coger un poco sin que nadie se dé cuenta. Me gustan las cosas brillantes, como a mis pájaros. También me gustan mis pájaros.

Ellos a su vez, vuelan llevando mensajes secretos a destinatarios al azar. Quién son, sólo ellos lo saben, puede que ni siquiera yo sepa a dónde van. Enfundado en mi lujosa máscara, con atuendos a juego, observo el paisaje veneciano, inundado y místico.

En sus ríos, trémulas barcas avanzan con fragilidad y elegancia, llevando su preciado cargamento de las joyas más brillantes, al que se me veta el acceso. Por eso mis pequeños amigos tratan de hacerme más rico poco a poco, sin ser yo merecedor del oro.

Venecia, la ciudad de muchas cosas, ahora mismo mi ciudad de rencores. De callejuelas inundadas por agua que, ¿de donde habrá salido? Mis ojos están al aire libre a pesar de mi antifaz, y los barqueros pueden verlos enrojecidos. Pero no dicen nada.

Juego a mi juego de pájaros mensajeros, robando pero pidiendo, con esperanza de que alguien envíe sus propias aves para regalarme tesoros. A veces, ocurre. Una paloma a la que ofrezco pan deja caer un anillo en mi mano, y me lo guardo en mi túnica. Pero casi siempre se va sin volver.

¿Cuánto tiempo se puede jugar al juego de los pájaros mensajeros en esta ciudad? A pocos le gustan los pájaros secretos, y yo les exijo demasiadas joyas. Venecia es mi ciudad inundada, y yo, su enmascarado ladrón de ojos enrojecidos. Me canso de enviar mis aves sin recibir.

Palabras, aves, máscaras, joyas. Un juego extraño y que sólo me enloquece más, porque creo jugar con compañía, pero a veces me asalta la pregunta de si juego solo. Y no me gusta contestar. Porque no quiero ser ladrón, sino rico cuidador de pájaros ajenos, pero esos pájaros se extinguen en mi mundo.

Algún día, todos mis pájaros se unirán en un enorme águila sin pico de oro puro, pero que me sujetará por los brazos y me llevará lejos de aquí, y arrojaré mi máscara dorada y lujosa, pero falsa como Venecia, la ciudad de los falsos ríos y las mentiras ahogadas.