El otro día salí de casa para ir a cenar con una amiga.
Iba yo contento por hacer algo al fin, sacando mis huesos del sótano y
respirando aire de una vez. Pero cuál fue mi sorpresa cuando me encontré con un
solar vacío. Allí donde había hacía no mucho unas casas muy antiguas, ya
abandonadas, refugio de infinitos gatos y plantas enredaderas, había
ahora una verja rodeando un suelo arenoso.
Llevo toda mi vida viendo esas casas a como mucho 50
metros de la mía. Recuerdo que antes vivía gente allí. Pero eso se acabó, y
parece que no mucho después, alguien ha invertido dinero suficiente como para
destruirlas. Es curioso, porque la obra de al lado de mi casa lleva 4 años
estancada, sin que nadie haya ido a poner un solo ladrillo o a comprobar que
los cuatro pilares y paredes que ya están van a seguir ahí sin derrumbarse. Yo
no apostaría nada a que en otros cuatro años alguien vaya a retomarlo, y así
cuando se nos escapa una pelota de ping pong no tenemos vecinos a quien
pedirles que nos la devuelvan. Sólo un solar en construcción, gris del cemento
y ocre de los ladrillos.
Debe ser que es más sencillo destruir que crear. Y eso no
es sorprendente. Existe algo llamado entropía a la que le encanta que las cosas
se acaben, a la que le gustan los solares vacíos y las obras polvorientas sin
acabar, a la que le da un enorme placer la crisis económica y social. A la
entropía le encanta quemar contenedores y romper cristales, y le emociona
vernos derrumbarnos, morir y ser pasto de los gusanos. La entropía manda en
nuestras vidas, en nuestros corazones que se van desgastando con el paso de los
años y los amores, y un día deja de latir.
Eso no significa que la entropía odie la vida. Al
contrario. La vida es una fuente de entropía, destruye su entorno para
permanecer viva. Las plantas absorben moléculas y fotones y los convierten en
otras cosas, los herbívoros se comen las plantas y los carnívoros otros
animales, y los convierten en energía degradada, calor y actividad. Los seres
vivos le apasionan a la entropía, siendo una de sus armas favoritas a pequeña
escala. A gran escala, parece ser que los agujeros negros son mucho más útiles.
A veces, como ayer, los seres humanos no podemos evitar
reflexionar acerca de nosotros mismos, y de nuestra existencia. Últimamente me
han invitado a más funerales que cumpleaños, lo cual no significa nada
especial, pero a uno le hace pensar. Y los solares vacíos son sólo otro
símbolo. Aparte del hecho de que no sé cuándo ha ocurrido porque llevo semanas
encerrado en mi sótano, la sorpresa de verlo me ha hecho pensar en la broma
cósmica de nuevo. Un tema que pensaba estaba acabado, pero no es así.
He hablado de muchas cosas en este pequeño proyecto en
prosa, que he pospuesto entre otros motivos porque estaba ocupado con otros
tipos de escritura, más poéticos y menos prosaicos (No sé si la palabra
prosaico está bien usada en esa frase, pero no me apetece buscar su
significado, así que ahí se queda). Pero siempre vuelve a mí la pulsante idea
de que la vida parece hecha a posta para verse desde fuera y reírse a
carcajadas, como cuando vemos por la tele o por Internet vídeos de gente que se
da ostias.
Todos hemos nacido para morir. Es la idea que me pasa por
la cabeza al ver la desolación de un solar vacío. Hasta las casas que hace
sesenta años se crearon para mantener gente en su interior todos los días
posibles, tienen los días contados. Las montañas, los mares, los ratones de
laboratorio. Todos encuentran el fin de sus días. Los gobiernos, las
revoluciones en las plazas, la crisis. Aunque no lo parezca, todos acaban. El
amor, la amistad, los sueños y la juventud. Se terminan, todo termina. La vida
de una persona es sólo el periodo comprendido desde que sale del útero de su
madre hasta que sus neuronas dejan de dar órdenes al resto del cuerpo, aunque
las uñas y el pelo sigan creciendo y miles de millones de células sigan vivas
en nuestros organismos inertes.
Tenemos un trozo más o menos indeterminado de vida para
utilizar, con una libertad relativa y una capacidad limitada para hacer cosas.
Cada día que pasa es un día menos, o un día más, pero lo que tenemos claro es
que no volveremos a vivirlo. Cada instante es un regalo, una suerte
probabilística en la que no podíamos confiar un segundo antes. Sólo el hecho de
existir, y poder apreciarlo, es increíble. No siempre es posible, pero cuando
te das cuenta, cuando eres realmente consciente de que ESTÁS VIVO, algo muy
intenso y salvaje ocurre en tus pensamientos. Luego lo desperdiciarás todo,
dejarás pasar los segundos como guijarros en el camino.
La vida es una contradicción tremenda. Gastamos todos
nuestros esfuerzos en amar y ser amados, aún cuando sabemos que un día eso
acabará. Y una vez el amor muere, sólo queremos volver atrás, aún sabiendo que
no hay amor ya. Malgastamos nuestras vidas, y cuando vamos a morir, nos
arrepentimos. ¿Cuál es el sentido del amor? Bueno, cualquier biólogo te lo
dirá. ¿Cuál es el sentido de la vida? Eso ya es más truculento, pero aún así la
mejor respuesta que obtendremos será que no hay un sentido claro.
La vida no es más que un sistema complejo que trata de
mantenerse funcionando. Los primeros seres vivos se reproducían, y luego pasaron
a evolucionar para seguir reproduciéndose en un entorno variable. Los seres
humanos, pese a toda nuestra complejidad emocional y nuestros desvencijados
instintos, seguimos siendo sólo una parte de ese sistema. No somos nada, quizá
sólo una pieza más de la maquinaria entrópica que parece querer devorar el
mundo. Sólo somos máquinas de calor, por eso nos refugiamos unos en brazos de
los demás, para huir de nuestra propia destrucción, pese a que eso nos destruye
unos a otros.
Si existe un dios, es un dios cruel, es el dios de los
agujeros negros, la entropía y las vidas que se acaban, porque todos nacemos
para morir. Todos los edificios fueron y serán solares vacíos, todos los sueños
son ilusiones que nos alcanzan por las noches y los días con la intención de
sacarnos del ciclo destructivo y autodestructivo en el que vivimos. La crisis
nos duele mucho, pero mirando en un libro de historia veremos que siempre ha
habido crisis. En los momentos de paz en una mitad del globo, hay crisis en la
otra. No podemos contener nuestra naturaleza entrópica, porque eso es lo que
somos.
Podéis imaginarme, con los dedos de una mano enganchados
en la verja alambrada del solar y el gesto serio que tengo siempre que voy por
la calle solo, mirándolo. Mirando algo, que recuerdo de mi infancia, no existir nunca más. Mirando a la entropía ganar otra partida. No derramé una lágrima por ese
solar, ni lo voy a hacer. Seguí caminando, con la herida de nuevo abierta. Fui
a cenar con mi amiga y me lo pasé bien sin pensar en la entropía o los solares
vacíos. Luego volví a casa, dormí y tuve sueños complejos e incómodos acerca de
cosas que se acaban y degradan. Y hoy me siento a escribir, y cada palabra me
parece más y más hilarante que la anterior.
Porque es lo de siempre. Todo esto parece una broma, una
broma cruel orquestada por un universo guiado por la entropía, y contra el cual
no podemos hacer nada. El universo seguirá girando. Cuando muera, cuando la
humanidad deje de existir, el universo seguirá girando y enfriándose.
Y mientras, yo desperdicio mis días. Conteniendo las
lágrimas con mi cabeza repiqueteando contra la ventana de un autobús, serio y
ausente contemplando los solares vacíos de los edificios de mi infancia,
apartado viendo bailar al resto de electrones emparejados, siempre es lo mismo.
Una broma. Una broma cósmica.
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