Hoy os contaré una historia diferente a las otras. Trata
sobre un niño y tres gatos. No hay moraleja en este cuento. Sólo una historia,
como en la mayoría de cuentos.
Al principio, había un niño. Un niño al que le gustaban
los gatos. Un niño como un lienzo en blanco, indefinido y blanquecino. Con
muchas cosas por delante.
Luego, hubo una gata, de color canela atigrado y ojos
verdes. Esta gata era salvaje, era intrépida, era agresiva y feroz. Era una
fuerza primigenia, era la naturaleza violenta y con deseo de sobrevivir a todo.
Caótica, oscura y por otro lado, brillante y hermosa por otro. El paradigma de
gato salvaje, cabezota, independiente y fuerte, pero asustada y solitaria.
El niño pensó: yo quiero ser como ella. En mi interior soy
salvaje, soy impredecible y caótico, soy cabezota y fuerte. Aceptó aquella gata
en su interior, aceptando sin saberlo la oscuridad del miedo, el caos, la
soledad y el deseo de arañar a todo aquel que se le acercase demasiado.
Luego, hubo un gato, de color canela y atigrado también, y
ojos marrones con matices de miel. Era diferente a la anterior. Sí, era
solitario y distante, era cabezota e independiente, pero por otra parte era
cariñoso, era inteligente y elegante. Paseaba entre las copas de cristal sin
moverlas, saltaba de una silla a otra sin despeinarse, y miraba todo con un
brillo de curiosidad en la mirada.
El niño pensó: yo quiero ser como él. Inteligente,
elegante y hábil. Sorprendente y curioso. Quiero que la gente me mire con
interés, y quiero mirar el mundo con interés. Así, el niño colocó una capa de
sabio, de artista y de genialidad alrededor de su núcleo salvaje y primario.
Eso equilibró su personalidad y le convirtió en un niño muy contento consigo
mismo, pero prepotente y frío.
Por último, hubo otro gato, gris a rayas y con los ojos
verdes. Más pequeño que los otros, más travieso, más divertido, pícaro y
bobalicón. Un gato más alegre y sociable, que jugaba mucho con todos, pero también hacía muchas estupideces y
enfadaba a la gente a su alrededor a veces.
El niño pensó: yo quiero ser como él. Divertido, alegre y
tontorrón de vez en cuando. Quiero cometer errores tontos y reírme por ellos.
Quiero que la gente a mi alrededor se ría y busque mi compañía, no sólo porque
sea inteligente o sofisticado, sino porque sea gracioso y sociable. El niño
puso una última capa alrededor de las otras, una capa de payaso, de pícaro y de
bromista. Una capa que suavizó los errores de las otras, cerrando un poco mejor
su personalidad.
Este modelo de capas gatómico formó su manera de
relacionarse con otras personas y consigo mismo. La gente normalmente veía al
principio su capa externa, y a veces algunos escapes de la capa intermedia, y a
medida que orbitaban cerca suyo, notaban el solape con las capas internas más
intensamente, de vez en cuando notando los picos de genialidad, la frialdad, el
miedo y los arañazos.
El niño se separó de los gatos. Ellos se fueron. Él se
quedó con el recuerdo y con su forma de ser, y la hizo suya. No sabe qué fue de
ellos, pero espera que sean felices en algún lugar de la ciudad de los gatos,
como él intentaría hacer a partir de entonces.
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