sábado, 12 de mayo de 2012

De máscaras y pájaros

Como si fuese Venecia. Mi máscara tiene una larga nariz dorada y deja al aire la boca. Es un antifaz más que otra cosa, pero me cubre lo justo y necesario. Y aunque no tape mi boca, sí envuelve mis palabras con la pomposidad de Casanova y Marco Polo.

Afín a mi máscara, envío aves misteriosas de pico dorado a otros lugares. Oteo como una urraca todo aquello que brille, para poder coger un poco sin que nadie se dé cuenta. Me gustan las cosas brillantes, como a mis pájaros. También me gustan mis pájaros.

Ellos a su vez, vuelan llevando mensajes secretos a destinatarios al azar. Quién son, sólo ellos lo saben, puede que ni siquiera yo sepa a dónde van. Enfundado en mi lujosa máscara, con atuendos a juego, observo el paisaje veneciano, inundado y místico.

En sus ríos, trémulas barcas avanzan con fragilidad y elegancia, llevando su preciado cargamento de las joyas más brillantes, al que se me veta el acceso. Por eso mis pequeños amigos tratan de hacerme más rico poco a poco, sin ser yo merecedor del oro.

Venecia, la ciudad de muchas cosas, ahora mismo mi ciudad de rencores. De callejuelas inundadas por agua que, ¿de donde habrá salido? Mis ojos están al aire libre a pesar de mi antifaz, y los barqueros pueden verlos enrojecidos. Pero no dicen nada.

Juego a mi juego de pájaros mensajeros, robando pero pidiendo, con esperanza de que alguien envíe sus propias aves para regalarme tesoros. A veces, ocurre. Una paloma a la que ofrezco pan deja caer un anillo en mi mano, y me lo guardo en mi túnica. Pero casi siempre se va sin volver.

¿Cuánto tiempo se puede jugar al juego de los pájaros mensajeros en esta ciudad? A pocos le gustan los pájaros secretos, y yo les exijo demasiadas joyas. Venecia es mi ciudad inundada, y yo, su enmascarado ladrón de ojos enrojecidos. Me canso de enviar mis aves sin recibir.

Palabras, aves, máscaras, joyas. Un juego extraño y que sólo me enloquece más, porque creo jugar con compañía, pero a veces me asalta la pregunta de si juego solo. Y no me gusta contestar. Porque no quiero ser ladrón, sino rico cuidador de pájaros ajenos, pero esos pájaros se extinguen en mi mundo.

Algún día, todos mis pájaros se unirán en un enorme águila sin pico de oro puro, pero que me sujetará por los brazos y me llevará lejos de aquí, y arrojaré mi máscara dorada y lujosa, pero falsa como Venecia, la ciudad de los falsos ríos y las mentiras ahogadas.

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