sábado, 31 de diciembre de 2011

Sobre el año nuevo y los sistemas cuánticos

Otro año más a mis espaldas. No acaba como empezó, porque ha sido un año de cambios. A mi alrededor las cosas han sido, si bien no turbulentas, sí un tanto impredecibles.

Me he llevado sorpresas, algunas gratas y otras más hirientes. He aprendido muchas cosas. Por ejemplo, he aprendido un poco de mecánica cuántica, un poco de la vida y un poco de las personas. He de decir que ambas tres son materias muy complicadas y aún no se de cuál se menos.

Ha habido cambios a pequeña y a gran escala en mi vida. Como pequeños cambios, ahora mi presidente es de derechas, he descubierto que odio Suiza y me he cambiado las gafas. Otros más importantes son que he empezado a notar que ahora necesito a gente a mi alrededor, o que el futuro está cada vez más cerca.

Sea como sea, este año me ha dejado huella. O mejor dicho, huellas. Sea por mi gente, por mi mundo o por mí mismo, todo ha cambiado. El motivo, a saber. Dicen que con sólo observar una cosa, cambia su estado. Los más eminentes físicos del mundo aún discuten por qué.

Yo desde luego lo he comprobado, de una manera muy metafórica, con las personas y con la vida. Si te las quedas mirando largo rato, cambiarán. Si reflexionas largo rato sobre ellas, cambiarán. Si intentas predecir cómo serán en un futuro, cambiarán.

Y todo sin que puedas comprender intrínsecamente por qué, y sin que puedas predecir hacia dónde, cuándo y de qué manera cambiarán. Y en cierto modo, no es frustrante, sino especial. Así son las cosas. Así son las personas, la vida, y los sistemas cuánticos.

Y todo ello lo he aprendido a lo largo de este año. Espero que el siguiente me enseñe nuevas lecciones, y que cambien muchas cosas. Al final resulta que gusta ver cambiar las cosas.

Feliz Año Nuevo.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

7305 días y subiendo

7305 días. Echas mano de una calculadora, y mira tú por donde, da un número redondo. Así visto, no lo parece, pero lo es.

Han sido 7305 días muy especiales para mí. Lo son, principalmente porque son los únicos que tengo y he tenido. He aprendido muchas cosas. He aprendido a ser como soy. A andar como ando, es decir, con los pies separados y cierta tendencia a mirar más a las baldosas del suelo que a la gente con la que me cruzo. He aprendido a hablar como hablo, es decir, con cierta tendencia a la grandilocuencia, la ironía y sobre todo, con un deseo importante de tener la última palabra.

He aprendido a reírme de todo, empezando por mí mismo. No siempre, pero muchas veces. He aprendido a odiar. Lo he aprendido a pulso, y sin realmente quererlo. He aprendido a querer. Cosas y personas, la mayoría de ellas las he aprendido a querer, por desgracia, cuando ya no las tenía junto a mí. He aprendido a echar de menos. Mucho, muchísimo, aunque no siempre ha sido malo. He aprendido a llorar. A veces un poco viene bien.

He aprendido a sumar, multiplicar, y resolver ecuaciones diferenciales por partes. No mucho, aún se me escapan algunas de las más fáciles. He aprendido a manipular un osciloscopio y a jugar al ajedrez. He aprendido a divertirme con los amigos y a deprimirme solo. He aprendido a necesitar gente a mi alrededor, y a no necesitarla también. He aprendido a escribir y a dibujar, y que siempre hay alguien mejor que yo. He aprendido a rimar poeta con violeta, o tú con azul.

He aprendido a recibir pellizcos sin un motivo real, o a votar a un partido que nunca tendrá escaños. He aprendido a perder el tiempo viendo nubes, contando olas o enredando cabellos en mis dedos. He aprendido a mojarme cuando llueve y cuando alguien me tira al mar con ropa. He aprendido a dormir en el hormigón o en una cama compartida. He aprendido que fuego puede a planta, planta a agua y agua a fuego. He aprendido a equivocarme o a acertar por puro azar.

También es cierto que hay cosas que no he llegado a aprender. Nunca he conseguido tocar la guitarra o jugar a deportes de equipo con cierto éxito. Nunca he aprendido cómo no caerme dos o tres veces por la misma piedra antes de darme cuenta. Nunca he llegado a comerme la lechuga de la ensalada o a ligar en una discoteca. Nunca he aprendido a bailar o cantar bien, ni a liar un cigarrillo. Nunca he aprendido a hacerme bien el nudo de la corbata dos veces seguidas, o a tirar la peonza.

Por lo menos sí he aprendido a tragarme el orgullo y dar la razón a quien realmente no la tiene del todo. O cuando sí la tiene. A veces. O a pedir perdón cuando a veces la culpa no es del todo mía. O a recibir un guantazo para terminar una discusión estúpida, porque mis palabras no siempre hacen milagros. He aprendido a perder cosas que no he apreciado, y luego enfadarme porque ya no son mías.

He aprendido muchas cosas, aunque he de añadir, que muchas de ellas las he aprendido en estos últimos dos años. Lo que desde luego he de añadir, es que nadie aprende todo por sí mismo. Hay un puñado de personas que me han enseñado casi todo lo que se, y mucha gente que me ha enseñado el resto. A veces pienso que no soy más que una sombra de cómo es toda esa gente, una especie de pizarra en la que cada uno escribe algo y así se va completando.

Dicen que cada día se aprende una cosa nueva. No sé hasta que punto es cierto, pero desde luego han sido unos 7305 días muy especiales, en los que he aprendido a ser yo. Si cambiaría alguno, no lo sé. Lo único que sé, es que todos y cada uno de ellos han sido importantes para mí. Algunos menos, otros mucho, muchísimo más. Y esos días no los cambiaría por nada, eso seguro.