Sube. Arriba. Todo lo alto que puedas. Sube hasta el pico
más elevado, hasta el tejado más alto, hasta el árbol más grande. Allí, cierra
los ojos y ponte cara al viento. Deja que retire el pelo de tu cara y que te
acaricie unos segundos.
No importa que tengas los ojos cerrados, sigues teniendo
en ti la belleza del viento. Por eso te acaricia. Por eso te echaba de menos.
¿Cuánto hace que no dejas que el viento juegue contigo un
rato? No hace falta siquiera que hagas nada, sólo estar ahí unos instantes. El
viento lo agradecerá, y a la larga, tú también.
Después, respira profunda y lentamente, y abre los ojos.
Estas alto, muy arriba. Todo lo arriba que has podido. Desde ahí, mira el
suelo, el cielo, el horizonte. Cada uno te dice algo de ti.
Todo lo lejos que has llegado, todo lo lejos que puedes
llegar, y también a dónde no puedes llegar más que en tus sueños.
Disfruta del momento. Es difícil encontrar un buen momento
para hacerlo. Cierra los ojos de nuevo, deséale un buen viaje al viento, y que
él te dé su beso de despedida, o de hasta luego. Luego, bajarás de tu árbol,
tejado o lo que sea. Respirarás hondo una vez más, y seguirás adelante.
Hay mucho trabajo por delante, esta era sólo una parada
que necesitabas hacer. Te queda mucho hasta el horizonte, pero poco a poco, lo
conseguirás.
Ánimo. Tú puedes. Y lo sabes.
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