A veces uno tiene que pararse a pensar por qué hace las
cosas. Cuál es su motivación, cuál es la fuerza de voluntad que le lleva
adelante. A veces, esa fuerza se minimiza, y se necesita volver a la base, a
los cimientos de esa motivación para recordar por qué se sigue adelante, y por
qué merece la pena seguir.
Momentos malos hay siempre, momentos buenos también. Lo
único que es constante somos nosotros, y hay que asegurarse de que estamos
contentos con ello.
Cuando la gente me pregunta por qué me gusta complicarme
tanto, suelo tratar de responder con la frase más ingeniosa que se me ocurre,
pero realmente no es ese el motivo. Desde siempre he tenido la idea de que las
cosas malas y las buenas tienen su contraparte. Es decir, si un día sufres,
otro día se te devolverá ese sufrimiento en forma de buenos momentos.
Es una filosofía débil, lo sé, pero ayuda a avanzar.
Esta especie de superioridad moral nos dice que lo que
hacemos, pese a no ser lo que más nos beneficie, es lo correcto, y eso suele
parecer contradictorio. Pero no lo es. El hecho de creer que haces lo correcto
es una fuerza motivadora que te permite seguir adelante, tanto o más que el
hecho de saber que gracias a tus acciones eres más feliz.
Lo correcto. ¿Qué es lo correcto? Es un concepto poderoso,
a la altura de cosas como lo bueno y lo malo, y que orbita alrededor de ti
mismo, ya que lo bueno y lo malo dependen de tu entorno, y no sólo de lo que tú
creas o quieras.
El camino más difícil siempre ha sido para mí, a la larga,
el más satisfactorio. Nada me asegura que haya un botín mayor al final del
camino más duro, pero sí sé que después tendré mi propio premio. Un premio que
no depende del momento, no depende de si el euro está devaluado, o de si es un
mal momento para enamorarse. Ese premio es la satisfacción de haber superado
algo. Y cuanto más difícil, mejor.
El camino más difícil no es el mejor camino, pero sí
podemos considerarlo el camino correcto. Porque cuando lleguemos al final, tras
pasar penurias, o no pasarlas, tras llegar con lágrimas en las mejillas y risa
histérica, o con arañazos en las manos y las rodillas, habremos acabado.
Habremos superado la dificultad.
Podremos recordar con angustia el dolor pasado, pero a la
vez podremos sentirnos orgullosos de haber llegado hasta el final, de rendirnos
mil veces pero al final haber continuado otras mil veces.
Ese orgullo, esa gallardía y bizarría inútil para el
mundo, para nosotros será fuego en las entrañas, energía pura para gritar al
cielo nocturno que podemos con todo lo que nos echen, sea cierto o no.
Podríamos haber caminado sobre los prados de la comodidad,
sobre las monótonas llanuras de la calma, pero preferimos arrastrarnos por las
grutas de las complicaciones, por las cordilleras de la adversidad. Nos
llamarán de todo, desde estúpidos hasta inconscientes. Nos harán daño, les
haremos daño.
Pero al final del camino, no estaremos solos, no
sufriremos más. Habrá alguien, alguien a nuestro lado, cuya presencia será todo
lo que necesitemos. Codo con codo, frente con frente, corazón con corazón.
Latido con latido y parpadeo con parpadeo. Esa persona que nos acompañó en los
momentos de necesidad, y que nos sacó de mil problemas. Cuando lleguemos al
final del camino, nos encontraremos solos pero con nosotros mismos,
esperándonos.
Más fuertes, más valientes, más viejos y cínicos, quizá.
Con menos sueños que cumplir, con menos deseos que poder ver completados. Con
las cicatrices que nuestro propio camino correcto generó sobre nosotros, a modo
de correcciones en nuestra vida, correcciones justas pues las elegimos
nosotros.
No podemos evitar el sufrimiento, pero sí podemos
encararlo, morderlo, tragarlo y digerirlo. Podemos abrazarlo, y vivir con él en
lugar de apartarlo con miedo, pues sabemos que volverá. Y la próxima vez,
estaremos más preparados. Más preparados porque sabemos qué es lo bueno, qué es
lo malo, y qué es lo correcto. Una mezcla de todo, una amalgama de alambres y
gominolas.
La vida.
A veces la gente me pregunta por qué me complico tanto. No
es fácil explicarlo. Les miro, evito sus miradas, invento una frase divertida,
se ríen y me río. Dejamos el tema, pero al minuto siguiente, vuelvo a complicar
mi existencia al no decirle la verdad. Al no decirle que voy dándome con todas
las esquinas, que voy chocando con todas las personas y que lo hago sólo para
acostumbrarme a sufrir. Al no decirle que no tengo un plan predeterminado, sólo
excusas que darme a mí mismo para sentir que voy en la dirección correcta. No
la buena, no la mala. La correcta.
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