miércoles, 30 de mayo de 2012

Cuatro gatos


Hoy os contaré una historia diferente a las otras. Trata sobre un niño y tres gatos. No hay moraleja en este cuento. Sólo una historia, como en la mayoría de cuentos.

Al principio, había un niño. Un niño al que le gustaban los gatos. Un niño como un lienzo en blanco, indefinido y blanquecino. Con muchas cosas por delante.

Luego, hubo una gata, de color canela atigrado y ojos verdes. Esta gata era salvaje, era intrépida, era agresiva y feroz. Era una fuerza primigenia, era la naturaleza violenta y con deseo de sobrevivir a todo. Caótica, oscura y por otro lado, brillante y hermosa por otro. El paradigma de gato salvaje, cabezota, independiente y fuerte, pero asustada y solitaria.

El niño pensó: yo quiero ser como ella. En mi interior soy salvaje, soy impredecible y caótico, soy cabezota y fuerte. Aceptó aquella gata en su interior, aceptando sin saberlo la oscuridad del miedo, el caos, la soledad y el deseo de arañar a todo aquel que se le acercase demasiado.

Luego, hubo un gato, de color canela y atigrado también, y ojos marrones con matices de miel. Era diferente a la anterior. Sí, era solitario y distante, era cabezota e independiente, pero por otra parte era cariñoso, era inteligente y elegante. Paseaba entre las copas de cristal sin moverlas, saltaba de una silla a otra sin despeinarse, y miraba todo con un brillo de curiosidad en la mirada.

El niño pensó: yo quiero ser como él. Inteligente, elegante y hábil. Sorprendente y curioso. Quiero que la gente me mire con interés, y quiero mirar el mundo con interés. Así, el niño colocó una capa de sabio, de artista y de genialidad alrededor de su núcleo salvaje y primario. Eso equilibró su personalidad y le convirtió en un niño muy contento consigo mismo, pero prepotente y frío.

Por último, hubo otro gato, gris a rayas y con los ojos verdes. Más pequeño que los otros, más travieso, más divertido, pícaro y bobalicón. Un gato más alegre y sociable, que jugaba mucho con todos, pero también hacía muchas estupideces y enfadaba a la gente a su alrededor a veces.

El niño pensó: yo quiero ser como él. Divertido, alegre y tontorrón de vez en cuando. Quiero cometer errores tontos y reírme por ellos. Quiero que la gente a mi alrededor se ría y busque mi compañía, no sólo porque sea inteligente o sofisticado, sino porque sea gracioso y sociable. El niño puso una última capa alrededor de las otras, una capa de payaso, de pícaro y de bromista. Una capa que suavizó los errores de las otras, cerrando un poco mejor su personalidad.

Este modelo de capas gatómico formó su manera de relacionarse con otras personas y consigo mismo. La gente normalmente veía al principio su capa externa, y a veces algunos escapes de la capa intermedia, y a medida que orbitaban cerca suyo, notaban el solape con las capas internas más intensamente, de vez en cuando notando los picos de genialidad, la frialdad, el miedo y los arañazos.

El niño se separó de los gatos. Ellos se fueron. Él se quedó con el recuerdo y con su forma de ser, y la hizo suya. No sabe qué fue de ellos, pero espera que sean felices en algún lugar de la ciudad de los gatos, como él intentaría hacer a partir de entonces.

viernes, 25 de mayo de 2012

Ánimo, ya queda poco


Sube. Arriba. Todo lo alto que puedas. Sube hasta el pico más elevado, hasta el tejado más alto, hasta el árbol más grande. Allí, cierra los ojos y ponte cara al viento. Deja que retire el pelo de tu cara y que te acaricie unos segundos.

No importa que tengas los ojos cerrados, sigues teniendo en ti la belleza del viento. Por eso te acaricia. Por eso te echaba de menos.

¿Cuánto hace que no dejas que el viento juegue contigo un rato? No hace falta siquiera que hagas nada, sólo estar ahí unos instantes. El viento lo agradecerá, y a la larga, tú también.

Después, respira profunda y lentamente, y abre los ojos. Estas alto, muy arriba. Todo lo arriba que has podido. Desde ahí, mira el suelo, el cielo, el horizonte. Cada uno te dice algo de ti.

Todo lo lejos que has llegado, todo lo lejos que puedes llegar, y también a dónde no puedes llegar más que en tus sueños.

Disfruta del momento. Es difícil encontrar un buen momento para hacerlo. Cierra los ojos de nuevo, deséale un buen viaje al viento, y que él te dé su beso de despedida, o de hasta luego. Luego, bajarás de tu árbol, tejado o lo que sea. Respirarás hondo una vez más, y seguirás adelante.

Hay mucho trabajo por delante, esta era sólo una parada que necesitabas hacer. Te queda mucho hasta el horizonte, pero poco a poco, lo conseguirás.

Ánimo. Tú puedes. Y lo sabes. 

lunes, 14 de mayo de 2012

Pensamientos cuánticos y clásicos


Bueno, últimamente la densidad de entradas va en aumento, ya que cada vez me cuesta más aguantarme para no seguir escribiendo. Desde la primera entrada “Por qué el cielo es violeta”, planteé mi idea de emitir sobre este blog mis pensamientos con claridad, por el placer de escribir.

No obstante, cada vez me es más difícil escribir por el placer de hacerlo. A veces sólo escribo porque necesito hacerlo. Como una droga en las autovías de mis neuronas. Escribe, escribe. Mensajes, frases, palabras, códigos más o menos secretos. No puedo evitarlo, y tengo que escribir.

Eso no es placentero. Una vez has acabado la entrada, y las has subido, te sientes aliviado, pero del mismo modo que te alivias justo después de vomitar. El propio acto de vomitar es negativo, asqueroso y enfermizo. No quiero que este blog se convierta en un vómito de mi cerebro.

Por eso, he decidido hacer las cosas por partes. Para solucionar un problema como éste tengo dos opciones. O bien dejo de escribir, o escribo todo. La primera es mala, porque de momento no tengo otra vía de escape para esos pensamientos que quieren salir.

La segunda, tampoco parece buena, porque, como ya he dicho, no quiero convertir “El cielo es violeta” en un basurero mental. Por eso, voy a crear otro blog, en la dirección www.confesionesplanck.blogspot.com con esa finalidad. Si queréis visitarlo deberéis saber lo que habrá ahí.

El nombre del blog es “Confesiones en la escala de Planck”, esa escala en la cual el principio de incertidumbre de Heisemberg nos deja claro que no podemos saber nada, y que todo son fluctuaciones. Como mi cabeza en ciertos momentos oscuros y cuánticos.

Es por esos momentos que voy a separar mis futuras entradas en los dos blogs. En éste mantendré la reflexión constructiva y hermosa con la que empecé, y en el otro depositaré esas fluctuaciones de las que hablaba antes. Pequeños errores que merecen vivir como errores.

Porque todos los pensamientos son importantes, y no quiero suprimirlos, sino dejarlos correr libres. Pero algunos sólo dañan al resto en su convivencia casi pacífica, por eso los dejaré correr libres en una caja. En parte vivos, en parte muertos. Pensamientos cuánticos, no clásicos.



sábado, 12 de mayo de 2012

De máscaras y pájaros

Como si fuese Venecia. Mi máscara tiene una larga nariz dorada y deja al aire la boca. Es un antifaz más que otra cosa, pero me cubre lo justo y necesario. Y aunque no tape mi boca, sí envuelve mis palabras con la pomposidad de Casanova y Marco Polo.

Afín a mi máscara, envío aves misteriosas de pico dorado a otros lugares. Oteo como una urraca todo aquello que brille, para poder coger un poco sin que nadie se dé cuenta. Me gustan las cosas brillantes, como a mis pájaros. También me gustan mis pájaros.

Ellos a su vez, vuelan llevando mensajes secretos a destinatarios al azar. Quién son, sólo ellos lo saben, puede que ni siquiera yo sepa a dónde van. Enfundado en mi lujosa máscara, con atuendos a juego, observo el paisaje veneciano, inundado y místico.

En sus ríos, trémulas barcas avanzan con fragilidad y elegancia, llevando su preciado cargamento de las joyas más brillantes, al que se me veta el acceso. Por eso mis pequeños amigos tratan de hacerme más rico poco a poco, sin ser yo merecedor del oro.

Venecia, la ciudad de muchas cosas, ahora mismo mi ciudad de rencores. De callejuelas inundadas por agua que, ¿de donde habrá salido? Mis ojos están al aire libre a pesar de mi antifaz, y los barqueros pueden verlos enrojecidos. Pero no dicen nada.

Juego a mi juego de pájaros mensajeros, robando pero pidiendo, con esperanza de que alguien envíe sus propias aves para regalarme tesoros. A veces, ocurre. Una paloma a la que ofrezco pan deja caer un anillo en mi mano, y me lo guardo en mi túnica. Pero casi siempre se va sin volver.

¿Cuánto tiempo se puede jugar al juego de los pájaros mensajeros en esta ciudad? A pocos le gustan los pájaros secretos, y yo les exijo demasiadas joyas. Venecia es mi ciudad inundada, y yo, su enmascarado ladrón de ojos enrojecidos. Me canso de enviar mis aves sin recibir.

Palabras, aves, máscaras, joyas. Un juego extraño y que sólo me enloquece más, porque creo jugar con compañía, pero a veces me asalta la pregunta de si juego solo. Y no me gusta contestar. Porque no quiero ser ladrón, sino rico cuidador de pájaros ajenos, pero esos pájaros se extinguen en mi mundo.

Algún día, todos mis pájaros se unirán en un enorme águila sin pico de oro puro, pero que me sujetará por los brazos y me llevará lejos de aquí, y arrojaré mi máscara dorada y lujosa, pero falsa como Venecia, la ciudad de los falsos ríos y las mentiras ahogadas.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Para tí, que estás ahí

Querido fan número uno.

Tú que siempre estás ahí, o que estas ahora, o que no has estado nunca, pero siempre quise que estuvieses. Ahora mismo eres mi fan número uno, mi persona favorita, porque estás leyendo esto. Sabes que para mí este flujo de palabras y pensamientos no es sólo un flujo de palabras y pensamientos, y ahí estás, recibiéndolos.

Es curioso cómo las cosas van avanzando. Con esta ya son 21 entradas en mi blog desde que lo empecé, no esperaba verlo tan crecido, y todo gracias a ti, que lo lees. Sinceramente, si no hubiese visto subir el número de visitas al blog de vez en cuando, no habría continuado con él.

Ahora mismo se ha convertido en algo más. He descubierto que es una manera de comunicarme conmigo mismo y contigo, mi genial fan. Gracias a esta plataforma digital, mi equilibrio mental es un poco más estable. Muchos pensamientos atascados no habrían salido si no fuese por el blog. Y por ti.

Por eso quiero darte las gracias. Por estar ahí, en tu silla, tu sofá, tu cama, leyendo estas palabras a kilómetros de distancia, indagando sus significados, sus misterios, sus mensajes. Hay quien dice que no soy tan misterioso como creo. Quizá eso no sea malo, porque si no, igual no me estarías leyendo ahora mismo, que es lo único que me importa mientras tecleo en mi qwerty.

No tengo mucho que ofrecerte desde aquí a modo de agradecimiento. Sólo decirte eso, que gracias, y prometerte más de lo que sea que vienes a buscar aquí. Hoy mi horóscopo, pese a que no le hago mucho caso, decía que tendría un día con alta creatividad, y me prometí a mí mismo aprovecharla. He iniciado y continuado proyectos que tenía a medias, espero poder ofrecértelos en un futuro no muy lejano.

Con cariño, de tu, por otra parte, admirador

JCH

sábado, 5 de mayo de 2012

La importancia de las cosas estúpidas

He sido muchas cosas.

De algunas me arrepiento, como todo el mundo hace a veces. De otras me siento orgulloso. Últimamente he sido caballero sin honor, soldado sin guerra, juglar sin público, y mago sin poderes.

He hecho muchas cosas.

Algunas buenas, otras malas. Otras estúpidas. Por ejemplo, hace poco he perdido el tiempo de manera miserable, he creado cosas extrañas y he lanzado al cielo memorias de sol y nubes.

He aprendido muchas cosas.

Todas me han servido de algo, cuanto menos por saber algo más. Entre las últimas que he aprendido están el hecho de que todo el mundo habla consigo mismo, que nunca puedes conocer del todo a alguien, y que el hecho de que no puedas peinar un coco sin que le queden remolinos tiene una profunda base matemática.

Las cosas sólo son cosas, la importancia la ganan cuando se la damos.

Cuando una mirada que me atraviesa para mirar más allá de mí es tomada como un gesto de desdén. Cuando un pensamiento fugaz no dirigido a mí es considerado como un mensaje importante que debo recibir.

El universo está lleno de cosas pequeñas y estúpidas. Pero yo las hago enormes.

Un día leí una teoría curiosa. Decía que el universo primitivo antes del Big Bang era minúsculo, y por tanto, agitado por las perturbaciones cuánticas. Luego, se expansionó, y esas perturbaciones de escalas de Planck se trasladaron al universo macroscópico y cósmico, creando inhomogeneidades, que explican el hecho de que el universo no sea totalmente homogéneo y plano. Es decir, que existan zonas vacías, y zonas muy densas, como galaxias, nebulosas y estrellas.

El universo está lleno de cosas. Cosa que hago, cosas que soy y cosas que aprendo. Seré muchas cosas, haré muchas cosas y aprenderé muchas cosas. No obstante, ahora mismo las más importantes para mí son las que están a un tiro de piedra, aunque dentro de un par de años me parezcan estúpidas.

Y es que lo son. Pero no quiero pensar que mis obsesiones, mis deseos, mis angustias y mis esperanzas, mis pesadillas y mis miedos, mis sentimientos y mis recuerdos, están basados en cosas estúpidas que yo hago importantes.

He sido estúpido.

He hecho estupideces.

He aprendido estupideces.

Pero lo importante, es que lo sé. Lo sé, y soy capaz de cambiarlo y evitar que ocurra de nuevo, o al menos, de remediar su estúpido efecto sobre el universo.

Es un pequeño y estúpido matiz, pero es importante.

Porque las estupideces pequeñas se pueden hacer enormes con el tiempo y cambiarlo todo de un modo irreversible.


miércoles, 2 de mayo de 2012

Tercera parte: El chiste que no ha contado nadie

La Broma Cósmica es un término que ya le oí emplear a alguien refiriéndose a la suposición de que, ya que la vida es tan poco probable, no se debe descartar que no se haya formado en ningún otro lugar del universo, o en todo caso, no en algún lugar que podamos alcanzar, ver o siquiera estimar. Esta larga frase lo que quiere decir es que probablemente estemos solos en el universo, o al menos en la Galaxia. Si ya es difícil que ocurra en algún lugar del universo, ¿No lo será aún más que ocurra más veces?

Puede que seamos un pico de azar. Puede que el ADN se formase por pura casualidad, al juntarse varias moléculas en unas condiciones totalmente insospechadas. No lo sabemos, porque no podemos reproducir ese momento, pero aún así, sabemos que la posibilidad de que fuese algo único e irrepetible no es nula. Después de todo, como ya he dicho, no podemos reproducir ese momento.

Probablemente estemos solos, rodeados de sistemas estelares hermosos y fascinantes, pero sin vida. Sólo una pequeña perturbación, una pequeña mota de polvo espacial que, mira tú por donde, se observa a sí misma y dice: qué sólo me siento. Qué inútil es mi deseo de expandirme si estoy sólo.

¿Y dónde está la gracia en todo esto? Bueno, no tiene por qué resultarnos gracioso a nosotros, solitarios términos de elevado orden despreciados. Pero puede serlo, y de hecho, si lo piensas, es una broma. Una broma pesada, por supuesto, porque ¿a quién le gusta ser un golpe de azar?

Y si es una broma ¿Dónde está en bromista? Bueno, no tiene por qué haber nadie más gastándonos la broma. Puede que la vida sea así y punto, puede que ni siquiera haya un ente superior controlándolo todo, y que en el fondo, el sencillo hecho de que la vida sea una minúscula fluctuación en el universo la convierte, intrínsecamente, en una broma. Aún más triste, aún más desolador. La absoluta soledad, el ser víctima de  un chiste que no ha contado nadie.