Milenio tras milenio, pasaron millones de años, y mucho más tiempo. Entonces ocurrió lo inesperado. El agujero negro detectó en su campo de acción una estrella grande. Una brillante estrella masiva, como lo que él fue anteriormente. No lo dudó ni un instante, y en su oscuro deseo de compañía, la atrajo hacia sí. Poco a poco, la fue notando acercarse desde lejos. Un punto brillante que crecía y crecía, dando vueltas a su alrededor. El agujero negro hervía de impaciencia y ansias de robar su luz y belleza. Pero también había una mota de añoranza.
El lento avance de la estrella le hacía recordar cosas, como el paso del tiempo. Ya no recordaba lo que era eso, de tanto tiempo que había vivido en sí mismo, rotando, odiando y olvidando. Le hacía recuperar dolorosos recuerdos, como burbujas de pena que le obligaban a mirar atrás. Destellos de negrura en los cuales se veía con un cuerpo joven y brillante, rodeado de luz y calor. Con su propio sistema de planetas y asteroides rotando a su alrededor. Ya no se acordaba de cuántos eran, ni siquiera sabía si la explosión los lanzó al infinito o los absorbió antes de que se alejasen demasiado. En aquel momento no le importó en absoluto. Ahora tampoco. O sí. Ya no lo sabía.
Esa maldita estrella le había causado más dolor del que recordaba, así que llenó su ergosfera de torbellinos de pura desesperación. Nadie lo notó, ni siquiera la estrella. No había nadie lo suficientemente cerca suyo como para darse cuenta. No había nadie lo suficientemente cerca como para conocerle, para comprenderle. Ni siquiera él mismo se comprendía ya. El dolor, la rabia, lo cegaban todo. No había luz en sus ojos, ni belleza en sus actos. Sólo oscuridad.
¿Podría llorar un agujero negro? Podía, no había duda. Porque ese agujero negro, tras mirarse a sí mismo a través de otra estrella, tras llenar sus ojos de la luz que sólo un núcleo activo podía regalarle, sintió como se despejaban capas y capas de negrura de sus pupilas. La oscuridad se fue diluyendo bajo el tibio calor de la luz de la estrella, y se derritió en lágrimas oscuras. Poco a poco se fue dando cuenta de que no podía retirar su mirada de la estrella, de que no podía dejar de mirarla. Era hermosa y cálida. Era todo lo que él fue, y todo lo que quería ser. Era todo lo que quería. Y lloraba.
Y así se fue acercando. Cuanto más cerca estaba, más luz captaba. Sus lágrimas no podían salir de su campo gravitatorio, pero él sabía que ya no estaban dentro de él. Las había purgado de su interior, las había expulsado, y con ellas todos los recuerdos que había encerrado y olvidado. Y todo por una estrella. No era capaz de entender cómo la luz de una sola estrella podía causarle un efecto así, pero le daba igual. Lo único que sabía era que ya no estaba solo, y que el dolor se iba mitigando poco a poco. Desde fuera su negrura no se había disminuido ni un ápice, pero desde dentro él se notaba diferente.
Tanto sufrimiento innecesario, tanto castigo autoinfligido y tantas ganas de olvidar lo que le hizo feliz. No sabía si podría recuperarse de su propia tortura, pero estaba seguro que en soledad no lo lograría.
Y se decidió a hablarle a la estrella.
(Dedicado a Liveconcharcoal, repostera y artista semiprofesional)
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