Y van y te dicen buenos días. Es más corrosivo porque no son buenos días que por otra cosa, porque nadie lo hace con una intención molesta, pero eso no quita que lo sea. Supongo que no son buenos días para nada, así que menos aún para que te den los buenos días. Ya me gustaría que lo hiciesen de verdad.
Son días malos para casi todo lo que acaba en ismo. Malos días para el optimismo, por no poder ver las oportunidades, y malos días para el pesimismo, por sólo servir para encerrarse más y más. Son malos días para el consumismo, que no sacia su hambre, y para el egoísmo, que sólo consigue mostrarse más vergonzosa y descaradamente. Son malos días para el abismo, que se llena de almas podridas, y para el narcisismo, que pierde socios a su club de gente que se quiere a sí misma. Son malos días, muy malos, cuando el ateísmo se cuestiona su propia no-creencia y se convierte en nihilismo, cuando el progresismo se araña su propio rostro, cuando el idealismo muere dejando un amargo cinismo, cuando los espejismos dejan de ser sueños para ser necesidades.
Son malos días para el uno mismo, que sufre en una crisis de identidad, y bueno, una crisis en general.
Son días en los que necesitaría que me dijesen que todo va a salir bien, que me lo diga alguien con seguridad en la voz y en la mirada. Esos días al levantarme, miro al espejo tras lavarme la cara, y tras unos segundos de vacilación, me aparto la mirada con vergüenza. Si no soy capaz de decirme a mí mismo que todo va a salir bien, igual hay que reescribir los términos del contrato, un contrato que peligra ahora que todo está hecho mierda. Y pasa el día, y no veo en los ojos de nadie que todo va a salir bien. Veo impotencia, veo enfado, veo indiferencia. Ya apenas veo signos de rebelión, de voluntad o de esperanza, sólo un duro conformismo.
Son días en los que necesito una mirada de luz, una gota de interés, una palabra de voluntad, un abrazo sin la desesperación de creer que me voy a caer en pedazos cuando me suelten. Son días malos, porque no tengo otra cosa que pensar de ellos que el hecho de que me faltan cosas para sentir que no me derrumbo. Son días malos, porque no consigo ver que sean buenos en algo, aunque puedan serlo. Días en los que pienso que me habría sido más útil quedarme dormido que hacer cosas.
Son días de crisis. Crisis espiritual, como la que el Papa o el Dalai Lama hace notar que afecta en las raíces de nuestra sociedad. La gente no piensa en su propia alma, ni siquiera se plantea su existencia o su no-existencia. Está demasiado ocupada jugando al Angry Birds en su smartophone como para pensar en nada más elevado que los rascacielos de Dubai. Mientras tanto, los que se supone deberían llevarnos por el buen camino, y deberían hacernos pensar en nosotros mismos con cabeza y responsabilidad, se dedican más a conseguir que metamos el órgano correcto en el orificio correcto de la persona correcta y en el momento correcto.
Son días de crisis social. Nos estamos dando cuenta de que la brecha que creíamos anulada, y más propia de eso que llamamos Tercer Mundo, sigue abierta. Realmente existen dos mundos dentro del nuestro propio, dos mundos antagónicos que en su lucha social agonizan, sobre todo uno de los dos. Los de arriba no piensan en los de abajo, y los de abajo piensan demasiado en los de arriba. Y los que están en medio, acaban teniendo que elegir un escalón, que en general suele no ser el que preferirían haber escogido.
Por supuesto, son días de crisis económica. Crisis, ¿Qué crisis? La que sientes en tus huesos, imbécil. La misma crisis que nos hace salir a la calle a hacer las compras de navidad, que nos hace seguir pagando decenas de horas de trabajo por una pantalla táctil, que nos hace cogernos vacaciones sí o sí. La misma crisis que nos endeuda, nos exprime y nos hace no poner las noticias y ver los Simpsons como si nada estuviese ocurriendo.
Son esos malos días como hoy los que me hacen escribir sin pesimismo ni optimismo, ni idealismo ni nihilismo. Me hacen escribir sin ganas, sólo porque tengo mierda por las venas y no me gusta que esté ahí.
No hay comentarios:
Publicar un comentario