Hay ciertos momentos en los cuales todo está hecho de bruma, niebla y anestesia. Cada palabra, cada mirada, cada gesto parece rodeado de una capa elástica, de tal modo que no notas su efecto, ni parece que apenas afecte a nadie. En esos momentos da la impresión de que a tu alrededor hay una burbuja más o menos blanda, a través de la cual el universo ejerce una suave presión, como haciéndose notar, pero sin ser muy importante.
Hay ciertos momentos en los cuales a pesar de acercarte mucho a la gente, la burbuja que te rodea les mantiene a cierta distancia. No bruscamente, sino de una manera blanda y gradual. Te aproximas a ellos, les rozas con la punta de la nariz y las pestañas, y entonces el campo de fuerza que flota a tu alrededor les aparta.
Y ahí te quedas, en mitad de la calle, bajo la tenue luz amarilla del sodio en una calle vacía por todo excepto por ti. Hasta el aire parece faltar, ya que no consigues respirar profundamente, sólo un poco cada vez, sólo unas burbujas de aire que entran en tu garganta a través de la melaza de tus emociones, una melaza en la que te sumerges, con sabor a bruma, olor a niebla y tacto anestesiado que te impide ver las estrellas, y dibuja la luna como único cuerpo celeste importante.
Cuando las farolas no te saludan al pasar, cuando las baldosas te dejan caminar sobre ellas con indiferencia, cuando la noche ni siquiera trata de enfriar tus mejillas, en ese momento parece que el universo haya escogido un punto fijo detrás de tus ojos, y el resto del mismo se mueve como gotas de tinta en un vaso de agua. Turbio, tenue, y totalmente esquivo a tus dedos.
Un día cogí el viento entre mis dedos, sujeté nubes oscuras entre ellos y acaricié su tormenta, la hice mía y bebí de ella. Bailé bajo las pesadas gotas de agua, sintiendo las descargas de pura vida que emanaban, los surcos que dejaban en mis pestañas, mi barbilla, mi cuello, mis brazos. El poder de la tormenta recorriéndome, electrizándome, despertándome mientras me acunaba en su violento abrazo y su profunda canción.
Pero ese día ya pasó y me toca contemplar como las hojas de los cerezos se caen quedando sólo ramas desnudas y admirar su perfección. Me toca ver flujos de aceite en los charcos en la calle y admirar sus colores. Me toca contemplar tormentas eléctricas y oler su ozono desde lejos, sintiéndome afortunado de haber sentido su poder entre mis dedos.
Un poder tan grande, tan chispeante y electrizante, que ahora sólo te queda una capa de niebla por encima de la piel, que te impide sentir nada parecido. Una burbuja de melaza como la calma de una tormenta de verano. Sólo esperas que la tinta que baila a tu alrededor se diluya en tu vaso, para olvidarte de ella y beberte el agua.
Sólo quiero poder estar sentado en mi jardín bajo la lluvia más intensa, sintiendo cómo cae sobre mí todo el peso del cielo violeta. Cómo las gotas de lluvia diluyen mi burbuja y me permiten sentirlas corriendo por mi pelo, mi cara y mis manos otra vez. Sólo quiero volver a sentir la lluvia y los rayos cayendo desde la luna y las estrellas.
Sólo quiero volver a sentir el poder de la tormenta en mis venas, haciéndome capaz de todo, absolutamente todo. Quiero tener el poder de la tormenta, quiero ser la tormenta que destruya mi soledad con arcos voltaicos, con monzones de agua y viento.
Porque en esta noche amarilla de sodio me siento pequeño y anestesiado, separado del mundo por una barrera blanda y neblinosa. En esta noche oscura la soledad no me deja ser tormenta sino burbuja en una corriente de miel grisácea. Esta noche tan vacía deja mi tormenta calmada en mi interior, sin poder salir y expandirse, sin poder huir de mis huesos y hacer temblar mi mundo.
Y por eso hoy escribo. Porque llegó la hora de volar. Llego la hora de ser monzón y llover sobre mí mismo. Llegó la hora de brillar con el poder de un relámpago. Mi tormenta se desatará sobre mí mismo, y lo que quedará seré yo, indestructible y lleno de vida. El ojo de la tormenta. Sin niebla, sin bruma, sin anestesia. Sólo yo, las estrellas y el cielo violeta.
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