El otro día encendí en mi cuarto una varilla de incienso. Me gusta su olor, me ayuda a concentrarme a la hora de escribir o dibujar y me trae buenos recuerdos del pasado. Recuerdos de mi infancia y adolescencia, de paz y quietud. De dibujar, escribir y estudiar.
Rato después, abrí la ventana para ventilar el cuarto, pero el olor sigue aquí mientras escribo esto.
Es curioso como ciertas cosas no se van. El humo del incienso se ha quedado impregnado en las paredes de mi habitación, en las estanterías, en los libros y en la ropa de cama. Tardará tiempo en irse.
Menuda metáfora más magnífica me ha brindado la propia naturaleza. El olor, una máquina de los recuerdos para mi olfato, ha decidido quedarse en mi habitación, como los recuerdos de paz y quietud que flotan en ella cada vez que enciendo una varilla de incienso.
Y lo más curioso es el hecho de darme cuenta de que no sé como borrar los recuerdos, al igual que el olor. Sólo el tiempo irá haciéndolos diluirse en el aire, hasta que me olvide de ellos totalmente.
O hasta que encienda de nuevo una varilla de incienso.
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