Ella, para su sorpresa, había reparado en su presencia. Le dijo que, aunque no se le viese fácilmente, era evidente que estaba ahí, se notaba. Que llevaba un tiempo por la zona y se acercó por curiosidad, y entonces cayó en su pozo de gravedad. No lo dijo con enfado, más bien como quien reconoce un error tonto sin importancia. Él no dijo mucho. Se quedó ahí, girando y escuchando la historia de la estrella. Era maravilloso que alguien se interesase por él. La estrella le hablaba con familiaridad, como si realmente se llevasen bien.
La estrella le contó sus andanzas por el universo, cómo había visto inmensas regiones HII, cómo había jugado a esconderse de la luz de los púlsares, cómo había orbitado en torno a sistemas más masivos, y escapado una y otra vez de ellos. Era una estrella errante, expulsada en su día de su región por una potente supernova y que desde entonces había viajado sin parar a gran velocidad. A él le fascinaba todo lo que ella le contaba, todo lo que ella le daba y le ofrecía de sí misma.
Por su parte, él tenía poco que contar. Su propia historia estaba nublada y oscura, no era capaz de recordar apenas nada de antes de convertirse en un agujero negro, así que prefería escuchar con atención los detalles de los viajes de su nueva compañera, y conversar con ella de las maravillas del universo. Muchas veces, él jugaba con las fulguraciones de gas de ella, haciéndolo girar a su alrededor, y disparando chorros de brillantes rayos X, lo que les parecía muy divertido. Poco a poco se fueron acercando, él recibiendo más y más de ella, ella regalando más y más. Para ambos eso era felicidad.
Pasaban el tiempo bailando su vals cósmico de rayos X, y un día él se dio cuenta de que ella había llenado del todo su lóbulo de Roche, hasta un punto de no retorno. Ella ya no podría volver a viajar. Una mezcla de horror y alegría le retorció por dentro, rasgando el espaciotiempo en su ergosfera, lo que a ella le asustó. Le preguntó que pasaba y él se lo contó. Y por primera vez en milenios, el agujero negro habló de sí mismo a alguien.
No quería que ella se fuese, pero no quería que el universo sufriese de su ausencia. Ella era pura luz y belleza, como él lo fue en su día. Era todo lo que él quería, y no quería arrebatárselo. No quería acabar con su calor y sus aventuras por el universo. Sencillamente, no quería que las galaxias dejasen de contemplarla, que los púlsares dejasen de jugar con ella, no quería que ella dejase de ser lo que era. Su estrella viajera.
Ella vio el dolor que acechaba dentro de su oscuro horizonte de sucesos, y vio más allá, a través de él. Vio la turbia y espesa soledad, vio la rabia del no sentirse apreciado, el lacerante deseo de calor y luz, lo vio todo. Y vio también la luz, la confesión, la radiación de Hawking que pulsaba débilmente pero ahí estaba. Por ella y para ella. Un agujero negro, una criatura extrema y singular, emitiendo toda la radiación que podía, sólo por ella. Y ella hizo justamente lo que la hacía ser una estrella. Hizo lo que siempre había hecho, y lo único que quería hacer.
Siguió brillando y orbitando alrededor de su agujero negro. Y ahí se quedó. Regalándole su luz, su calor, su belleza y su viento solar. Y él hizo lo que siempre había hecho, girar y aceptar con inmensa gratitud lo que ella le daba a él, disparando rayos X de pura felicidad a cambio. Ella calmó su miedo, porque no había nada que temer, nunca cambiaría, siempre seguiría siendo su estrella viajera. Pero ahora, viajarían juntos, hasta el inevitable final.
(Dedicado a Liveoncharcoal, l'écrivain des chaussettes rayées)
(Dedicado a Liveoncharcoal, l'écrivain des chaussettes rayées)