miércoles, 25 de abril de 2012

Binarias de rayos X (Tercera parte)

Ella, para su sorpresa, había reparado en su presencia. Le dijo que, aunque no se le viese fácilmente, era evidente que estaba ahí, se notaba. Que llevaba un tiempo por la zona y se acercó por curiosidad, y entonces cayó en su pozo de gravedad. No lo dijo con enfado, más bien como quien reconoce un error tonto sin importancia. Él no dijo mucho. Se quedó ahí, girando y escuchando la historia de la estrella. Era maravilloso que alguien se interesase por él. La estrella le hablaba con familiaridad, como si realmente se llevasen bien.

La estrella le contó sus andanzas por el universo, cómo había visto inmensas regiones HII, cómo había jugado a esconderse de la luz de los púlsares, cómo había orbitado en torno a sistemas más masivos, y escapado una y otra vez de ellos. Era una estrella errante, expulsada en su día de su región por una potente supernova y que desde entonces había viajado sin parar a gran velocidad. A él le fascinaba todo lo que ella le contaba, todo lo que ella le daba y le ofrecía de sí misma.

Por su parte, él tenía poco que contar. Su propia historia estaba nublada y oscura, no era capaz de recordar apenas nada de antes de convertirse en un agujero negro, así que prefería escuchar con atención los detalles de los viajes de su nueva compañera, y conversar con ella de las maravillas del universo. Muchas veces, él jugaba con las fulguraciones de gas de ella, haciéndolo girar a su alrededor, y disparando chorros de brillantes rayos X, lo que les parecía muy divertido. Poco a poco se fueron acercando, él recibiendo más y más de ella, ella regalando más y más. Para ambos eso era felicidad.

Pasaban el tiempo bailando su vals cósmico de rayos X, y un día él se dio cuenta de que ella había llenado del todo su lóbulo de Roche, hasta un punto de no retorno. Ella ya no podría volver a viajar. Una mezcla de horror y alegría le retorció por dentro, rasgando el espaciotiempo en su ergosfera, lo que a ella le asustó. Le preguntó que pasaba y él se lo contó. Y por primera vez en milenios, el agujero negro habló de sí mismo a alguien.

No quería que ella se fuese, pero no quería que el universo sufriese de su ausencia. Ella era pura luz y belleza, como él lo fue en su día. Era todo lo que él quería, y no quería arrebatárselo. No quería acabar con su calor y sus aventuras por el universo. Sencillamente, no quería que las galaxias dejasen de contemplarla, que los púlsares dejasen de jugar con ella, no quería que ella dejase de ser lo que era. Su estrella viajera.

Ella vio el dolor que acechaba dentro de su oscuro horizonte de sucesos, y vio más allá, a través de él. Vio la turbia y espesa soledad, vio la rabia del no sentirse apreciado, el lacerante deseo de calor y luz, lo vio todo. Y vio también la luz, la confesión, la radiación de Hawking que pulsaba débilmente pero ahí estaba. Por ella y para ella. Un agujero negro, una criatura extrema y singular, emitiendo toda la radiación que podía, sólo por ella. Y ella hizo justamente lo que la hacía ser una estrella. Hizo lo que siempre había hecho, y lo único que quería hacer.

Siguió brillando y orbitando alrededor de su agujero negro. Y ahí se quedó. Regalándole su luz, su calor, su belleza y su viento solar. Y él hizo lo que siempre había hecho, girar y aceptar con inmensa gratitud lo que ella le daba a él, disparando rayos X de pura felicidad a cambio. Ella calmó su miedo, porque no había nada que temer, nunca cambiaría, siempre seguiría siendo su estrella viajera. Pero ahora, viajarían juntos, hasta el inevitable final.

(Dedicado a Liveoncharcoal, l'écrivain des chaussettes rayées)

lunes, 23 de abril de 2012

La histéresis y los procesos irreversibles

Todo amante, o por lo menos admirador de la física, debería saber lo que son los procesos irreversibles y la entropía. La propia palabra de irreversible nos deja claro de qué estamos hablando. Cuando un sistema sufre un proceso irreversible, no se puede dar marcha atrás en ese mismo proceso y volver al punto de inicio. En ese tiempo algo ha ocurrido que impide volver a donde estábamos antes.

Por ejemplo, cuando aplicas un campo magnético sobre una barra de hierro dulce, ésta sigue un proceso de magnetización con ciertas peculiaridades que hacen que, cuando retiramos el campo magnético, aún haya magnetización.

Los físicos se empeñan en utilizar un concepto llamada entropía, que es algo así como el grado de desorden de un sistema. A mayor entropía, mayor desorden. En un proceso irreversible, la entropía crece. Es inevitable. Hay ciertos procesos que cambian un sistema para siempre. La vida es un sistema irreversible, por si no lo habíais pensado.

Ciertos eventos en mi vida me hacen sentirme como una barra de hierro dulce tras haber recibido una sesión gratuita de campo magnético. Me da la impresión de que nunca podré volver atrás, de que la entropía me ha ganado esta partida por una mano.

Normalmente, en esos momentos, recuerdo las sesiones de laboratorio. Para desmagnetizar un material, no hay que seguir su curva de imanación, porque llegaríamos a ese punto de no retorno. O bien dejas que el tiempo y la entropía vuelvan a dejar todo en su sitio, mucho tiempo después, o bien aplicas campo alterno muy intenso y lo vas reduciendo hasta llegar a cero. Tras ese tratamiento de choque, el hierro dulce vuelve a ser una barra de metal normal. Por supuesto, tienes que hacerlo bien, porque ese campo alterno puede magnetizar el material nuevamente.

No consigo encontrar un análogo del campo alterno intenso y decreciente en la historia de mi vida, aunque estoy seguro que está por ahí. Y si no está, pues ya aparecerá en algún momento. No soy yo amigo ni de la entropía ni del esperar. El orden y las cosas sencillas, eso sí me gusta, aunque supongo que tiene mucho que ver con mi manía a encontrar simetrías y equilibrios.

(Y a no pisar las rayas de las baldosas, añadiré)

Ah, y seguro que ese campo alterno tiene unos ojos chispeantes, una sonrisa calurosa y una personalidad complicada e intensa.

Nunca aprenderé a desmagnetizarme bien.

(Ni a escribir una entrada de física. Siempre acabo hablando de mí mismo.)

domingo, 15 de abril de 2012

El olor del incienso

El otro día encendí en mi cuarto una varilla de incienso. Me gusta su olor, me ayuda a concentrarme a la hora de escribir o dibujar y me trae buenos recuerdos del pasado. Recuerdos de mi infancia y adolescencia, de paz y quietud. De dibujar, escribir y estudiar.

Rato después, abrí la ventana para ventilar el cuarto, pero el olor sigue aquí mientras escribo esto.

Es curioso como ciertas cosas no se van. El humo del incienso se ha quedado impregnado en las paredes de mi habitación, en las estanterías, en los libros y en la ropa de cama. Tardará tiempo en irse.

Menuda metáfora más magnífica me ha brindado la propia naturaleza. El olor, una máquina de los recuerdos para mi olfato, ha decidido quedarse en mi habitación, como los recuerdos de paz y quietud que flotan en ella cada vez que enciendo una varilla de incienso.

Y lo más curioso es el hecho de darme cuenta de que no sé como borrar los recuerdos, al igual que el olor. Sólo el tiempo irá haciéndolos diluirse en el aire, hasta que me olvide de ellos totalmente.

O hasta que encienda de nuevo una varilla de incienso.

sábado, 7 de abril de 2012

Los buenos y los malos días

Y van y te dicen buenos días. Es más corrosivo porque no son buenos días que por otra cosa, porque nadie lo hace con una intención molesta, pero eso no quita que lo sea. Supongo que no son buenos días para nada, así que menos aún para que te den los buenos días. Ya me gustaría que lo hiciesen de verdad.

Son días malos para casi todo lo que acaba en ismo. Malos días para el optimismo, por no poder ver las oportunidades, y malos días para el pesimismo, por sólo servir para encerrarse más y más. Son malos días para el consumismo, que no sacia su hambre, y para el egoísmo, que sólo consigue mostrarse más vergonzosa y descaradamente. Son malos días para el abismo, que se llena de almas podridas, y para el narcisismo, que pierde socios a su club de gente que se quiere a sí misma. Son malos días, muy malos, cuando el ateísmo se cuestiona su propia no-creencia y se convierte en nihilismo, cuando el progresismo se araña su propio rostro, cuando el idealismo muere dejando un amargo cinismo, cuando los espejismos dejan de ser sueños para ser necesidades.

Son malos días para el uno mismo, que sufre en una crisis de identidad, y bueno, una crisis en general.

Son días en los que necesitaría que me dijesen que todo va a salir bien, que me lo diga alguien con seguridad en la voz y en la mirada. Esos días al levantarme, miro al espejo tras lavarme la cara, y tras unos segundos de vacilación, me aparto la mirada con vergüenza. Si no soy capaz de decirme a mí mismo que todo va a salir bien, igual hay que reescribir los términos del contrato, un contrato que peligra ahora que todo está hecho mierda. Y pasa el día, y no veo en los ojos de nadie que todo va a salir bien. Veo impotencia, veo enfado, veo indiferencia. Ya apenas veo signos de rebelión, de voluntad o de esperanza, sólo un duro conformismo.

Son días en los que necesito una mirada de luz, una gota de interés, una palabra de voluntad, un abrazo sin la desesperación de creer que me voy a caer en pedazos cuando me suelten. Son días malos, porque no tengo otra cosa que pensar de ellos que el hecho de que me faltan cosas para sentir que no me derrumbo. Son días malos, porque no consigo ver que sean buenos en algo, aunque puedan serlo. Días en los que pienso que me habría sido más útil quedarme dormido que hacer cosas.

Son días de crisis. Crisis espiritual, como la que el Papa o el Dalai Lama hace notar que afecta en las raíces de nuestra sociedad. La gente no piensa en su propia alma, ni siquiera se plantea su existencia o su no-existencia. Está demasiado ocupada jugando al Angry Birds en su smartophone como para pensar en nada más elevado que los rascacielos de Dubai. Mientras tanto, los que se supone deberían llevarnos por el buen camino, y deberían hacernos pensar en nosotros mismos con cabeza y responsabilidad, se dedican más a conseguir que metamos el órgano correcto en el orificio correcto de la persona correcta y en el momento correcto.

Son días de crisis social. Nos estamos dando cuenta de que la brecha que creíamos anulada, y más propia de eso que llamamos Tercer Mundo, sigue abierta. Realmente existen dos mundos dentro del nuestro propio, dos mundos antagónicos que en su lucha social agonizan, sobre todo uno de los dos. Los de arriba no piensan en los de abajo, y los de abajo piensan demasiado en los de arriba. Y los que están en medio, acaban teniendo que elegir un escalón, que en general suele no ser el que preferirían haber escogido.

Por supuesto, son días de crisis económica. Crisis, ¿Qué crisis? La que sientes en tus huesos, imbécil. La misma crisis que nos hace salir a la calle a hacer las compras de navidad, que nos hace seguir pagando decenas de horas de trabajo por una pantalla táctil, que nos hace cogernos vacaciones sí o sí. La misma crisis que nos endeuda, nos exprime y nos hace no poner las noticias y ver los Simpsons como si nada estuviese ocurriendo.

Son esos malos días como hoy los que me hacen escribir sin pesimismo ni optimismo, ni idealismo ni nihilismo. Me hacen escribir sin ganas, sólo porque tengo mierda por las venas y no me gusta que esté ahí.

martes, 3 de abril de 2012

Binarias de rayos X (Segunda parte)

Milenio tras milenio, pasaron millones de años, y mucho más tiempo. Entonces ocurrió lo inesperado. El agujero negro detectó en su campo de acción una estrella grande. Una brillante estrella masiva, como lo que él fue anteriormente. No lo dudó ni un instante, y en su oscuro deseo de compañía, la atrajo hacia sí. Poco a poco, la fue notando acercarse desde lejos. Un punto brillante que crecía y crecía, dando vueltas a su alrededor. El agujero negro hervía de impaciencia y ansias de robar su luz y belleza. Pero también había una mota de añoranza.

El lento avance de la estrella le hacía recordar cosas, como el paso del tiempo. Ya no recordaba lo que era eso, de tanto tiempo que había vivido en sí mismo, rotando, odiando y olvidando. Le hacía recuperar dolorosos recuerdos, como burbujas de pena que le obligaban a mirar atrás. Destellos de negrura en los cuales se veía con un cuerpo joven y brillante, rodeado de luz y calor. Con su propio sistema de planetas y asteroides rotando a su alrededor. Ya no se acordaba de cuántos eran, ni siquiera sabía si la explosión los lanzó al infinito o los absorbió antes de que se alejasen demasiado. En aquel momento no le importó en absoluto. Ahora tampoco. O sí. Ya no lo sabía.

Esa maldita estrella le había causado más dolor del que recordaba, así que llenó su ergosfera de torbellinos de pura desesperación. Nadie lo notó, ni siquiera la estrella. No había nadie lo suficientemente cerca suyo como para darse cuenta. No había nadie lo suficientemente cerca como para conocerle, para comprenderle. Ni siquiera él mismo se comprendía ya. El dolor, la rabia, lo cegaban todo. No había luz en sus ojos, ni belleza en sus actos. Sólo oscuridad.

¿Podría llorar un agujero negro? Podía, no había duda. Porque ese agujero negro, tras mirarse a sí mismo a través de otra estrella, tras llenar sus ojos de la luz que sólo un núcleo activo podía regalarle, sintió como se despejaban capas y capas de negrura de sus pupilas. La oscuridad se fue diluyendo bajo el tibio calor de la luz de la estrella, y se derritió en lágrimas oscuras. Poco a poco se fue dando cuenta de que no podía retirar su mirada de la estrella, de que no podía dejar de mirarla. Era hermosa y cálida. Era todo lo que él fue, y todo lo que quería ser. Era todo lo que quería. Y lloraba.

Y así se fue acercando. Cuanto más cerca estaba, más luz captaba. Sus lágrimas no podían salir de su campo gravitatorio, pero él sabía que ya no estaban dentro de él. Las había purgado de su interior, las había expulsado, y con ellas todos los recuerdos que había encerrado y olvidado. Y todo por una estrella. No era capaz de entender cómo la luz de una sola estrella podía causarle un efecto así, pero le daba igual. Lo único que sabía era que ya no estaba solo, y que el dolor se iba mitigando poco a poco. Desde fuera su negrura no se había disminuido ni un ápice, pero desde dentro él se notaba diferente.

Tanto sufrimiento innecesario, tanto castigo autoinfligido y tantas ganas de olvidar lo que le hizo feliz. No sabía si podría recuperarse de su propia tortura, pero estaba seguro que en soledad no lo lograría.

Y se decidió a hablarle a la estrella.

(Dedicado a Liveconcharcoal, repostera y artista semiprofesional)