jueves, 8 de marzo de 2012

Segunda parte: La Broma Galáctica

Pasemos a algo aún más importante para que existáis que el hecho de que se encontrasen dos gametos. Esto es, que un planeta tenga probabilidades de albergar vida. ¿Qué probabilidad había pues de que la Tierra fuese un planeta habitable, con un sol habitable, y en una zona habitable del universo?

Lo primero, hablemos de dónde está nuestro sistema en el universo, o en la propia Galaxia. Si el sistema está muy cerca del centro galáctico (especialmente si es una galaxia activa), o de las zonas de alta densidad o formación estelar, la vida sería impracticable por las altas energías y las violentas perturbaciones. Qué decir de todas las regiones donde ocurren fenómenos aún más violentos, como las supernovas, los agujeros negros o los estallidos de rayos gamma.

Para que en los planetas que orbiten alrededor de la misma puede mantenerse la vida, necesitamos una estrella ni muy caliente ni muy fría, ni muy grande ni muy pequeña y con una luminosidad constante, que no cambie bruscamente. Esta estrella además debe tener una metalicidad elevada (los planetas se forman de la misma materia que la estrella alrededor de la cual orbitan, y si no hay suficientes metales, serán planetas con muy poca masa, demasiado pequeños), lo que reduce aún más el número de estrellas disponibles.

De modo que tenemos una estrella, pero ahora necesitamos un planeta. Este planeta debe, lo primero de todo, orbitar en la llamada zona de habitabilidad. Esta es la región del sistema en la cual puede haber agua líquida en un planeta. Otras consideraciones a tener en cuenta son que el planeta debe ser rocoso (compuestos principalmente por hierro y silicatos, no como Júpiter o Urano que son gaseosos) y tener un tamaño ni muy grande ni muy pequeño. Su órbita debe ser poco excéntrica, esto es, lo más circular posible, para que el cambio de temperaturas en distintas estaciones no sea muy brusco

Por otra parte, debe rotar sobre sí mismo a una velocidad suficiente como para que tanto el día como la noche sean cortos. Si una cara del planeta pasa mucho tiempo al Sol, se calienta mucho, mientras que la otra se enfría. Además, al rotar a una cierta velocidad se genera un campo magnético que puede detener las molestas partículas que provienen de la estrella de vez en cuando, y que de no ser por él, podrían arrasar la vida.

Yo, con mis conocimientos, no puedo hacer una estimación numérica de cuántos planetas pueden reunir estas condiciones. Aún así, podemos dar por seguro que nuestra propia existencia es, a lo sumo, una fluctuación probabilística, ahora a escala galáctica.

De modo que debemos nuestra presencia, nuestros días, nuestros minutos y segundos al universo. En un universo ligeramente diferente, es posible que no existiésemos. Si nuestro Sol fuese más grande, o más caliente, nuestro planeta sería una roca inerte. Si las estrellas de las que proviene el Sol, sus padres y abuelos, no hubiesen regado a su muerte nuestra región con sus elementos pesados al morir, nuestro planeta sería una bola de gas frío, dispersa en el espacio como polvo en el viento.

Cosa que de hecho ya es. Un punto, una piedra, un grano de polvo en el universo, dando vueltas en torno a una estrella simple y aburrida. Un borrón pequeño, azulado e indistinguible en la distancia, menos de lo que un grano de arena es a la playa, eso es nuestro planeta comparado con nuestra galaxia. Pero ese grano de arena, ese borrón, esa mota de polvo espacial en la corriente de viento del cosmos, es especial, muy especial. Porque si no fuese como es y como ha sido, si no estuviese donde está y donde ha estado, nosotros no estaríamos aquí.

Una singularidad, un error de cálculo, una excepción a la regla, un golpe de suerte, una mera casualidad, o una broma con mayor o menor gracia. Una broma galáctica.

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