Hoy os voy a contar un cuento curioso. Trata sobre un agujero negro, que, por si no lo sabéis, es probablemente la cosa más oscura, peligrosa y destructiva que se da en la naturaleza. Los agujeros negros no son la clase de ente que se rodea de buenos amigos, sino más bien la que roba su esencia a los demás y los mantiene a su lado por la fuerza. El agujero negro de nuestro cuento no estaba contento por ello, y se ponía muy triste y furioso al pensarlo, porque se sentía muy solo.
Antes lucía con luz propia, iluminando el mundo con su brillo. La gente lo admiraba, lo observaba, y sentía su cálida radiación. Pero a toda estrella le llega su final, y a toda estrella grande le llega un final dramático. Tras millones de años de felicidad, explotó. Pero tras la explosión no quedó una plácida enana blanca, ni una simpática estrella de neutrones. Tras su colapso lo que quedó fue toda su rabia, toda su amargura y toda su tristeza, condensadas en un pequeño y solitario punto en el espacio. Un pequeño punto olvidado por todos.
Y así fueron pasando los años, los siglos y los milenios. El agujero giraba sobre sí mismo, odiándose y odiándolo todo, oscilando entre el lamento y la ira. Ese odio desesperado y triste atraía hacia sí todo lo que había a su alrededor. Deseaba consumirlo todo. Deseaba robar cada haz de luz, cada mota de polvo, y hacerla suya, guardarla en su interior, en un desesperado intento de recuperar sus recuerdos y sus memorias de luz y belleza. En un desesperado intento de volver a no estar solo.
Luz y belleza. Eso era lo que necesitaba y no tenía. Lo perdió todo para siempre, pero no quería reconocerlo, y eso le provocaba más dolor, más añoranza, y más deseo de recuperar lo perdido. De vez en cuando su rabia era tal que sencillamente alteraba el espacio-tiempo a su alrededor, lo retorcía y lo intentaba romper en su deseo de destrucción. Puesto que no era capaz de hacerse daño a sí mismo, trataba de hacérselo a los demás. Pero casi nunca había nadie a quien hacer daño.
Así, de vez en cuando captaba alguna nube de polvo, algún rayo de luz o incluso alguna estrella pequeña. Las consumía con odio, las devoraba con ansia. Y luego, nada. Volvía a estar sólo, apagado y negro. Invisible al ojo, sin una mota de belleza, sin una mota de luz. Sólo deseo, sólo oscuridad, sólo dolor. Sólo soledad. Una soledad que creía despejar cuando veía algún cuerpo que retorcer y desgarrar en su furiosa ergosfera, creyendo que así no sería el ser más desgraciado de su universo.
(Dedicado a Liveoncharcoal, la dama del carboncillo)
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