Tus ojos. El espejo de tu alma. En ellos se ve reflejado tu mundo y universo, lo que te rodea y lo que te hace cambiar. La luz de los astros, el violeta del cielo. Tus ojos son bellos, y no sabes hasta qué punto. En tus ojos puedo ver el universo tal y como es. Me puedo ver a mí mismo mirándote fijamente.
Tus ojos son profundos y enigmáticos. Sé lo que reflejan, sé lo que ves. Lo sé porque yo estoy a ese lado de ellos. Pero no puedo ver lo que hay detrás. No puedo ver tu alma. Tu espíritu. Sólo intuirlo. Sólo desearlo. Sólo ver su reflejo.
Todo lo que hay dentro de ti es tan perfecto como puede serlo. Es secreto, intenso, delicado pero fuerte. Es un pequeño pero inmenso tesoro. Un tesoro del cual sólo puedo vislumbrar lo que tus ojos, esos hermosos ojos oscuros y luminosos, me dejan ver.
Buceo en tus pupilas, saltando desde tu iris y sumergiéndome en las profundas aguas de tu ser. Rozo tu mirada con la mía. La acaricio, intentando comprenderla. Es compleja, pero sencilla y humilde. Es magnética, irresistible e incógnita.
Entonces, como una gota de agua sobre el negro y elegante estanque en calma de tu pupila, se rompe el contacto. Apenas un segundo. Apenas un instante. Eres sólo otro desconocido con quien crucé una mirada en un vagón del metro. En la calle. En mi facultad. En un paso de peatones. En mi cama.
Puede que no vuelva a verte. Puede que nunca más me pueda sumergir en la perfección de tu mirada. Puede que sí. Lo único que sé es que nunca podré ver de tu alma más que el reflejo en un estanque, en un espejo. Lo único que sé es que nunca llegaré a conocerte del todo.
Sólo sé eso, y que tus ojos son preciosos.
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