7305 días. Echas mano de una calculadora, y mira tú por donde, da un número redondo. Así visto, no lo parece, pero lo es.
Han sido 7305 días muy especiales para mí. Lo son, principalmente porque son los únicos que tengo y he tenido. He aprendido muchas cosas. He aprendido a ser como soy. A andar como ando, es decir, con los pies separados y cierta tendencia a mirar más a las baldosas del suelo que a la gente con la que me cruzo. He aprendido a hablar como hablo, es decir, con cierta tendencia a la grandilocuencia, la ironía y sobre todo, con un deseo importante de tener la última palabra.
He aprendido a reírme de todo, empezando por mí mismo. No siempre, pero muchas veces. He aprendido a odiar. Lo he aprendido a pulso, y sin realmente quererlo. He aprendido a querer. Cosas y personas, la mayoría de ellas las he aprendido a querer, por desgracia, cuando ya no las tenía junto a mí. He aprendido a echar de menos. Mucho, muchísimo, aunque no siempre ha sido malo. He aprendido a llorar. A veces un poco viene bien.
He aprendido a sumar, multiplicar, y resolver ecuaciones diferenciales por partes. No mucho, aún se me escapan algunas de las más fáciles. He aprendido a manipular un osciloscopio y a jugar al ajedrez. He aprendido a divertirme con los amigos y a deprimirme solo. He aprendido a necesitar gente a mi alrededor, y a no necesitarla también. He aprendido a escribir y a dibujar, y que siempre hay alguien mejor que yo. He aprendido a rimar poeta con violeta, o tú con azul.
He aprendido a recibir pellizcos sin un motivo real, o a votar a un partido que nunca tendrá escaños. He aprendido a perder el tiempo viendo nubes, contando olas o enredando cabellos en mis dedos. He aprendido a mojarme cuando llueve y cuando alguien me tira al mar con ropa. He aprendido a dormir en el hormigón o en una cama compartida. He aprendido que fuego puede a planta, planta a agua y agua a fuego. He aprendido a equivocarme o a acertar por puro azar.
También es cierto que hay cosas que no he llegado a aprender. Nunca he conseguido tocar la guitarra o jugar a deportes de equipo con cierto éxito. Nunca he aprendido cómo no caerme dos o tres veces por la misma piedra antes de darme cuenta. Nunca he llegado a comerme la lechuga de la ensalada o a ligar en una discoteca. Nunca he aprendido a bailar o cantar bien, ni a liar un cigarrillo. Nunca he aprendido a hacerme bien el nudo de la corbata dos veces seguidas, o a tirar la peonza.
Por lo menos sí he aprendido a tragarme el orgullo y dar la razón a quien realmente no la tiene del todo. O cuando sí la tiene. A veces. O a pedir perdón cuando a veces la culpa no es del todo mía. O a recibir un guantazo para terminar una discusión estúpida, porque mis palabras no siempre hacen milagros. He aprendido a perder cosas que no he apreciado, y luego enfadarme porque ya no son mías.
He aprendido muchas cosas, aunque he de añadir, que muchas de ellas las he aprendido en estos últimos dos años. Lo que desde luego he de añadir, es que nadie aprende todo por sí mismo. Hay un puñado de personas que me han enseñado casi todo lo que se, y mucha gente que me ha enseñado el resto. A veces pienso que no soy más que una sombra de cómo es toda esa gente, una especie de pizarra en la que cada uno escribe algo y así se va completando.
Dicen que cada día se aprende una cosa nueva. No sé hasta que punto es cierto, pero desde luego han sido unos 7305 días muy especiales, en los que he aprendido a ser yo. Si cambiaría alguno, no lo sé. Lo único que sé, es que todos y cada uno de ellos han sido importantes para mí. Algunos menos, otros mucho, muchísimo más. Y esos días no los cambiaría por nada, eso seguro.
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