domingo, 13 de noviembre de 2011

Integrando diferenciales de vida

Imaginate una hermosa mañana de noviembre. Hace cierto fresco, el aire no es cálido, pero no es demasiado frío. La puerta de tu casa está a tu espalda, cubriéndote por si necesitas volver. Siempre estará ahí, y te lo recuerda con la firmeza que sólo una puerta sabe ofrecer. El sol está lejos. Muy lejos. Pero aún así, su luz tenue de mañana de noviembre llega hasta ti, quitándole el frío a tus mejillas. Es una forma agradable de dar los buenos días.

Avanzas un pie, que acaba reposándose con seguridad en el suelo. Es maravilloso que sea así, aunque normalmente no lo piensas. Es maravilloso que, con sólo adelantar un pie, y dejando caer tu peso, avances hacia donde quieres. Aunque sea sólo un poquito. Luego avanzas el otro pie, y sigues otro poquito hacia el frente. Y tus piernas aguantan, como llevan haciéndolo casi 20 años. Sin saberlo, les das las gracias con un paseo hasta el tren, posando tus manos sobre ellas a través de tus bolsillos.

Con esa vacilación que no se nota sigues avanzando por las aceras, con un aire ligeramente cortante en tus orejas. Un aire fresco que tus pulmones agradecen a cada bocanada. De tu nariz sale vapor de agua que, en forma de microscópicas perlas, danza frente a tus ojos. Jirones de ese mismo vapor se desperezan en el cielo violeta en forma de alargadas nubes.

Poco a poco va circulando tu día, con la calma y la prisa habitual. La sangre se mueve con un ritmo personal por tus venas y arterias, y el planeta gira lentamente contigo. Es como un baile lento con el universo que realizas sin realmente pensarlo. Te cruzas, te rozas y te sonríes con otras personas a lo largo de tu amanecer y tu atardecer, en el baile más hermoso que has bailado. Un baile de pequeños, minúsculos momentos. Un baile de pequeños diferenciales de momentos. Diferenciales de vida.

Una mirada directa de un iris al tuyo, que atraviesa tu retina y nervio óptico como una leve descarga de color marrón, o verde, o azul, o puede que gris. Unas motas de tiza que reposan sobre tu mano al volver a tu sitio tras un trabajo bien hecho, con aún sangre agolpada en tus sienes y una ligera sonrisa estúpida al mirar a tu compañero de mesa. Un saludo hecho con los labios. Un adiós hecho con la punta de los dedos.

Un momento de duda en el que miras por la ventana de un autobús al mundo sin estar viéndolo. Un instante de rabia al saber que algo no salió como pensabas. Un segundo de angustia al ver como todo se puede desmoronar a tu alrededor. Una despedida que se queda con unas palabras amargas en el aire. Un resbalón sobre un charco frío y duro, en el que tu brazo golpea con dolor el asfalto y moja tu sudadera.

Pero el suelo no cede ante ti, tu cuerpo aguanta su propio peso, el sol no te quema y el aire se puede respirar. Pese a todo, y te repites, pese a todo, esta mojada roca espacial a la que llamamos hogar, que da vueltas bailando frente a una hermosa, inmensa y caliente bola de gas, es un lugar maravilloso en el que haber integrado tantos diferenciales de vida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario