Hace no mucho tiempo, iba yo por el campo con unos amigos
cuando vimos una enorme babosa, mas o menos traslúcida y de un vibrante color
naranja. Uno de mis amigos sugirió aplastar el bicho, que según él era
tremendamente asqueroso, pero a mí más que asquerosa me parecía fascinante. Nunca
había visto una babosa así.
Automáticamente, otro de mis amigos salió en defensa del
bicho, ya que le parecía una crueldad innecesaria y ridícula. No nos había
hecho nada. Tras un breve rato de discusión, dejamos a la babosa en paz. Mi
amigo amante de la naturaleza estaba aliviado, pero mi amigo al que no le
gustaban las babosas iba refunfuñando.
¿Y yo? Yo dije: “Vaya, me habría gustado ver cómo era por
dentro”. Esa sola frase, dicha con una media sonrisa, bastó para que la babosa
acabase aplastada en menos de un par de segundos. Como comprenderéis, cambiaron
las tornas, y uno de mis amigos acabó muy enfadado mientras que el otro
aliviado.
¿Moraleja de esta historia? No creo que tenga una
moraleja, son sencillamente cosas que pasan. Pero queda la pregunta en el aire:
¿Quién fue más cruel, mi amigo destructivo o yo, que sabía cuál sería la reacción
del mismo?
La crueldad es una respuesta emocional que en general es
percibida como negativa. La indiferencia hacia el dolor ajeno no resulta del
agrado de la mayoría de la gente, y desde luego es totalmente opuesta al ideal
de una sociedad equitativa e igualitaria… ¿O no?
Seguro que en más de una ocasión has intentado, sin éxito,
conseguir que todo salga bien para todo el mundo, o que todo el mundo esté
contento contigo. Te entiendo, es habitual buscar la aprobación de todos, o
tratar de alcanzar un punto en el que todos están bien, pero resulta imposible.
De mi reducida experiencia, creo que puedo decir que es complicado que los
gustos e intereses de la gente coincidan, y es más habitual que lo que les hace
daño o no les gusta sí sean comunes.
Buscar el bien común es muy loable, pero complicado. Dada
la gran dispersión de gustos y necesidades de la gente, siempre habrá alguien
desfavorecido, que no se encuentre bien. No obstante, el mal común es mucho más
alcanzable. Reparte un poco de sufrimiento universal entre la gente, y todos
estarán iguales. Nadie se librará del dolor, no habrá gente favorecida y por tanto
tampoco desfavorecida.
La crueldad es un modelo de gobierno horrible, con muchos
inconvenientes, pero es justa, equitativa e igualitaria. En nuestro sistema hay
grandes desigualdades e injusticias, pero vivimos bien. No lo olvidemos nunca.
Cuando no te importa nada el sufrimiento ajeno, puedes
tomar con facilidad decisiones objetivas, y verlo todo con una mayor claridad. Desde
una posición alejada e insensible es más fácil dirigir los hilos de tu vida, o
de las de otros.
Hoy mismo he visto por la calle un caracol. Llovía, así
que lo vi por puro azar. Podría haberlo pisado perfectamente, pero hubo suerte
y no lo hice. Me paré a pensar, y decidí que era peligroso para el bicho, así
que me agaché para apartarlo de ahí. Al ir a cogerlo, noté que su concha estaba
rota, con la más leve presión la aplasté un poco, así que retiré la mano
esperando no haberle hecho ningún daño. El caracol se escondió en la maltrecha concha,
lo normal, pero no parecía herido. Decidí dejarlo ahí, porque si no podría causarle
más daño del que le habría librado.
Al final, me quedé pensando. ¿Realmente necesitaba el
caracol mi ayuda? ¿Realmente la gente no lo habría visto? ¿Cuál es la moraleja
de esta historia? Supongo que no hay que buscar moralejas, sólo vivir y ser
consecuente.
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