sábado, 31 de marzo de 2012

El ojo de la tormenta

Hay ciertos momentos en los cuales todo está hecho de bruma, niebla y anestesia. Cada palabra, cada mirada, cada gesto parece rodeado de una capa elástica, de tal modo que no notas su efecto, ni parece que apenas afecte a nadie. En esos momentos da la impresión de que a tu alrededor hay una burbuja más o menos blanda, a través de la cual el universo ejerce una suave presión, como haciéndose notar, pero sin ser muy importante.

Hay ciertos momentos en los cuales a pesar de acercarte mucho a la gente, la burbuja que te rodea les mantiene a cierta distancia. No bruscamente, sino de una manera blanda y gradual. Te aproximas a ellos, les rozas con la punta de la nariz y las pestañas, y entonces el campo de fuerza que flota a tu alrededor les aparta.

Y ahí te quedas, en mitad de la calle, bajo la tenue luz amarilla del sodio en una calle vacía por todo excepto por ti. Hasta el aire parece faltar, ya que no consigues respirar profundamente, sólo un poco cada vez, sólo unas burbujas de aire que entran en tu garganta a través de la melaza de tus emociones, una melaza en la que te sumerges, con sabor a bruma, olor a niebla y tacto anestesiado que te impide ver las estrellas, y dibuja la luna como único cuerpo celeste importante.

Cuando las farolas no te saludan al pasar, cuando las baldosas te dejan caminar sobre ellas con indiferencia, cuando la noche ni siquiera trata de enfriar tus mejillas, en ese momento parece que el universo haya escogido un punto fijo detrás de tus ojos, y el resto del mismo se mueve como gotas de tinta en un vaso de agua. Turbio, tenue, y totalmente esquivo a tus dedos.

Un día cogí el viento entre mis dedos, sujeté nubes oscuras entre ellos y acaricié su tormenta, la hice mía y bebí de ella. Bailé bajo las pesadas gotas de agua, sintiendo las descargas de pura vida que emanaban, los surcos que dejaban en mis pestañas, mi barbilla, mi cuello, mis brazos. El poder de la tormenta recorriéndome, electrizándome, despertándome mientras me acunaba en su violento abrazo y su profunda canción.

Pero ese día ya pasó y me toca contemplar como las hojas de los cerezos se caen quedando sólo ramas desnudas y admirar su perfección. Me toca ver flujos  de aceite en los charcos en la calle y admirar sus colores. Me toca contemplar tormentas eléctricas y oler su ozono desde lejos, sintiéndome afortunado de haber sentido su poder entre mis dedos.

Un poder tan grande, tan chispeante y electrizante, que ahora sólo te queda una capa de niebla por encima de la piel, que te impide sentir nada parecido. Una burbuja de melaza como la calma de una tormenta de verano. Sólo esperas que la tinta que baila a tu alrededor se diluya en tu vaso, para olvidarte de ella y beberte el agua.

Sólo quiero poder estar sentado en mi jardín bajo la lluvia más intensa, sintiendo cómo cae sobre mí todo el peso del cielo violeta. Cómo las gotas de lluvia diluyen mi burbuja y me permiten sentirlas corriendo por mi pelo, mi cara y mis manos otra vez. Sólo quiero volver a sentir la lluvia y los rayos cayendo desde la luna y las estrellas.

Sólo quiero volver a sentir el poder de la tormenta en mis venas, haciéndome capaz de todo, absolutamente todo. Quiero tener el poder de la tormenta, quiero ser la tormenta que destruya mi soledad con arcos voltaicos, con monzones de agua y viento.

Porque en esta noche amarilla de sodio me siento pequeño y anestesiado, separado del mundo por una barrera blanda y neblinosa. En esta noche oscura la soledad no me deja ser tormenta sino burbuja en una corriente de miel grisácea. Esta noche tan vacía deja mi tormenta calmada en mi interior, sin poder salir y expandirse, sin poder huir de mis huesos y hacer temblar mi mundo.

Y por eso hoy escribo. Porque llegó la hora de volar. Llego la hora de ser monzón y llover sobre mí mismo. Llegó la hora de brillar con el poder de un relámpago. Mi tormenta se desatará sobre mí mismo, y lo que quedará seré yo, indestructible y lleno de vida. El ojo de la tormenta. Sin niebla, sin bruma, sin anestesia. Sólo yo, las estrellas y el cielo violeta.

jueves, 29 de marzo de 2012

Antología poética

Bueno, ya que ya conocéis mi faceta de escritor, me gustaría presentaros una muestra de mi yo poético. En el siguiente link podréis descargaros un PDF en el cual descargué durante unos años las emociones que mi adolescencia fue ebullendo, las cuales plasmé en papel y posteriormente en bytes. La calidad puede ser mejor o peor, lo importante es que está ahí. Ya que he vomitado parte de mí en este blog, pasemos a tomárnoslo más en serio y vomitemos hasta los pulmones.

Y con esta metáfora tan desagradable, os dejo mi Antología Poética, a falta de un nombre mejor. En un futuro, y si os ha gustado, puede que cuelgue más cosas.


https://rapidshare.com/#!download|387p3|1001632911|ANTOLOGÍA.pdf|369|R~5A03B75F778AF3049A89D158E0B8E744|0|0

domingo, 25 de marzo de 2012

Binarias de Rayos X (Primera parte)

Hoy os voy a contar un cuento curioso. Trata sobre un agujero negro, que, por si no lo sabéis, es probablemente la cosa más oscura, peligrosa y destructiva que se da en la naturaleza. Los agujeros negros no son la clase de ente que se rodea de buenos amigos, sino más bien la que roba su esencia a los demás y los mantiene a su lado por la fuerza. El agujero negro de nuestro cuento no estaba contento por ello, y se ponía muy triste y furioso al pensarlo, porque se sentía muy solo.

Antes lucía con luz propia, iluminando el mundo con su brillo. La gente lo admiraba, lo observaba, y sentía su cálida radiación. Pero a toda estrella le llega su final, y a toda estrella grande le llega un final dramático. Tras millones de años de felicidad, explotó. Pero tras la explosión no quedó una plácida enana blanca, ni una simpática estrella de neutrones. Tras su colapso lo que quedó fue toda su rabia, toda su amargura y toda su tristeza, condensadas en un pequeño y solitario punto en el espacio. Un pequeño punto olvidado por todos.

Y así fueron pasando los años, los siglos y los milenios. El agujero giraba sobre sí mismo, odiándose y odiándolo todo, oscilando entre el lamento y la ira. Ese odio desesperado y triste atraía hacia sí todo lo que había a su alrededor. Deseaba consumirlo todo. Deseaba robar cada haz de luz, cada mota de polvo, y hacerla suya, guardarla en su interior, en un desesperado intento de recuperar sus recuerdos y sus memorias de luz y belleza. En un desesperado intento de volver a no estar solo.

Luz y belleza. Eso era lo que necesitaba y no tenía. Lo perdió todo para siempre, pero no quería reconocerlo, y eso le provocaba más dolor, más añoranza, y más deseo de recuperar lo perdido. De vez en cuando su rabia era tal que sencillamente alteraba el espacio-tiempo a su alrededor, lo retorcía y lo intentaba romper en su deseo de destrucción. Puesto que no era capaz de hacerse daño a sí mismo, trataba de hacérselo a los demás. Pero casi nunca había nadie a quien hacer daño.

Así, de vez en cuando captaba alguna nube de polvo, algún rayo de luz o incluso alguna estrella pequeña. Las consumía con odio, las devoraba con ansia. Y luego, nada. Volvía a estar sólo, apagado y negro. Invisible al ojo, sin una mota de belleza, sin una mota de luz. Sólo deseo, sólo oscuridad, sólo dolor. Sólo soledad. Una soledad que creía despejar cuando veía algún cuerpo que retorcer y desgarrar en su furiosa ergosfera, creyendo que así no sería el ser más desgraciado de su universo.

(Dedicado a Liveoncharcoal, la dama del carboncillo)

jueves, 8 de marzo de 2012

Segunda parte: La Broma Galáctica

Pasemos a algo aún más importante para que existáis que el hecho de que se encontrasen dos gametos. Esto es, que un planeta tenga probabilidades de albergar vida. ¿Qué probabilidad había pues de que la Tierra fuese un planeta habitable, con un sol habitable, y en una zona habitable del universo?

Lo primero, hablemos de dónde está nuestro sistema en el universo, o en la propia Galaxia. Si el sistema está muy cerca del centro galáctico (especialmente si es una galaxia activa), o de las zonas de alta densidad o formación estelar, la vida sería impracticable por las altas energías y las violentas perturbaciones. Qué decir de todas las regiones donde ocurren fenómenos aún más violentos, como las supernovas, los agujeros negros o los estallidos de rayos gamma.

Para que en los planetas que orbiten alrededor de la misma puede mantenerse la vida, necesitamos una estrella ni muy caliente ni muy fría, ni muy grande ni muy pequeña y con una luminosidad constante, que no cambie bruscamente. Esta estrella además debe tener una metalicidad elevada (los planetas se forman de la misma materia que la estrella alrededor de la cual orbitan, y si no hay suficientes metales, serán planetas con muy poca masa, demasiado pequeños), lo que reduce aún más el número de estrellas disponibles.

De modo que tenemos una estrella, pero ahora necesitamos un planeta. Este planeta debe, lo primero de todo, orbitar en la llamada zona de habitabilidad. Esta es la región del sistema en la cual puede haber agua líquida en un planeta. Otras consideraciones a tener en cuenta son que el planeta debe ser rocoso (compuestos principalmente por hierro y silicatos, no como Júpiter o Urano que son gaseosos) y tener un tamaño ni muy grande ni muy pequeño. Su órbita debe ser poco excéntrica, esto es, lo más circular posible, para que el cambio de temperaturas en distintas estaciones no sea muy brusco

Por otra parte, debe rotar sobre sí mismo a una velocidad suficiente como para que tanto el día como la noche sean cortos. Si una cara del planeta pasa mucho tiempo al Sol, se calienta mucho, mientras que la otra se enfría. Además, al rotar a una cierta velocidad se genera un campo magnético que puede detener las molestas partículas que provienen de la estrella de vez en cuando, y que de no ser por él, podrían arrasar la vida.

Yo, con mis conocimientos, no puedo hacer una estimación numérica de cuántos planetas pueden reunir estas condiciones. Aún así, podemos dar por seguro que nuestra propia existencia es, a lo sumo, una fluctuación probabilística, ahora a escala galáctica.

De modo que debemos nuestra presencia, nuestros días, nuestros minutos y segundos al universo. En un universo ligeramente diferente, es posible que no existiésemos. Si nuestro Sol fuese más grande, o más caliente, nuestro planeta sería una roca inerte. Si las estrellas de las que proviene el Sol, sus padres y abuelos, no hubiesen regado a su muerte nuestra región con sus elementos pesados al morir, nuestro planeta sería una bola de gas frío, dispersa en el espacio como polvo en el viento.

Cosa que de hecho ya es. Un punto, una piedra, un grano de polvo en el universo, dando vueltas en torno a una estrella simple y aburrida. Un borrón pequeño, azulado e indistinguible en la distancia, menos de lo que un grano de arena es a la playa, eso es nuestro planeta comparado con nuestra galaxia. Pero ese grano de arena, ese borrón, esa mota de polvo espacial en la corriente de viento del cosmos, es especial, muy especial. Porque si no fuese como es y como ha sido, si no estuviese donde está y donde ha estado, nosotros no estaríamos aquí.

Una singularidad, un error de cálculo, una excepción a la regla, un golpe de suerte, una mera casualidad, o una broma con mayor o menor gracia. Una broma galáctica.