El problema con la
democracia es que todo el mundo puede
votar. Desde los que no han leído un libro en su vida, hasta los doctores en
ciencias políticas. Desde los radicales hasta los indecisos. Desde aquellos a
los que no les importa una mierda la política hasta los fanáticos de un
partido. Desde los idealistas hasta los cínicos más corrosivos. Desde los
tecnócratas y economistas hasta los músicos y poetas. En muchos aspectos eso
está bien, pero a veces es un problema, porque muchas veces la gente vota con el corazón. Me explicaré, y espero
que leáis toda la entrada porque si os vais ahora no habrá servido de nada
escribirla.
Cuando hablamos de democracia,
hablamos de un sistema que parece basado en dar nuestra confianza a futuros
dirigentes, eligiéndolos directamente, permitiendo residir la soberanía nacional en el poder
ejecutivo. Pero tras años contemplando diferentes gobiernos subir y bajar del
poder, leyendo libros de historia y escuchando anécdotas de gente que ha vivido
más que yo, me doy cuenta de que el poder de la democracia no está en la confianza, sino en la desconfianza.
Si confiásemos en
nuestros dirigentes, si pensásemos que lo van a hacer bien, que no robarán y
que se centrarán en su trabajo, ¿para qué elegir cada tres, cuatro o cinco años
un nuevo gobierno? Muy fácil: el ser
humano no confía en los otros seres humanos. Los políticos roban, almacenan
poder, se desvían de su trabajo real. Es un hecho. Puede que cuando alcancen la
presidencia, la gente vaya con ilusión y voluntad de gobernar bien y mejorar un
país, pero es una profesión que desgasta física y mentalmente a cualquier
persona, así que a la larga su eficacia va a decaer.
Entonces, como
sabemos que nadie aguantará demasiado siendo buen gobernante, tenemos el poder de echarle. Y repito: tenemos el poder de echarle. Porque no
nos equivoquemos, no tenemos el poder de elegir un gobernante, porque después
de todo los diferentes partidos son los que hay, y no los que queremos que
haya. Podemos escoger, pero no elegir. Entonces, cada cuatro años lo
que se hace no es escuchar quién quiere el pueblo que les dirija en el largo
camino de existir como nación, sino si ese mismo pueblo se ha cansado del
gobierno de turno. Añade a la lista un número muy limitado de partidos
políticos con capacidad para gobernar por el apoyo general que tienen, y en el
caso extremadamente habitual de bipartidismo la decisión es exactamente esa: el
partido A ya me cansa, toca el partido B. Y viceversa.
Pero hasta en ese
pequeño poder es muy relevante, y puede corromperse con facilidad con el punto
débil de la democracia: la gente es estúpida. Las personas pueden ser
inteligentes o no, pero la gente en
general es estúpida.
Es una buena
aproximación.
Explicaré ahora esta
afirmación tan ofensiva. Un sector importante de la población vota con el corazón, otro vota por motivos absurdos
como que cierto político le parece más guapo, o porque sigue los ideales
políticos de sus padres, pareja o amigos sin rechistar. Por último, hay un
sector que piensa en qué quiere votar, mirando las opciones de cada partido y
siendo críticos en cuanto a qué le
viene mejor al país, o a él mismo.
Uno puede ser solidario o egoísta, pero desde luego es un voto más útil que el
de los que votan porque les caen mal los rojos o los fachas. Si eres egoísta y
sale elegido tu partido, al menos tú serás beneficiado. Si eres solidario y
sale tu partido, habrá otra gente beneficiada. Si toda la gente vota con
conocimiento de causa, buscando el beneficio propio o ajeno, al final la
mayoría de la gente debería salir beneficiada, es pura estadística y pura
lógica. Por supuesto eso mejorará el nivel de los políticos al ser la gente más
exigente con sus gobernantes.
Si votas con el corazón progre o conservador, no sabes
si eso ayudará a nadie porque sólo votas a lo
que te gusta. En qué basas que te guste algo puede ser cualquier cosa como
ya he dicho. Además, eso te convierte en un blanco fácil de la demagogia, el
partidismo y la mentira electoralista, que son un auténtico cáncer de la democracia. Pueden aparecer
populistas, ladrones y mentirosos que apelan a tus emociones, tus ideales y tus
odios más profundos, y al final acabas teniendo más demagogos capaces de
conquistar tu voto que gente con preparación y voluntad para gobernar.
La política no es un juego. Es una decisión
importantísima, elemental, quirúrgica, que se da a elegir a un conjunto de
personas que en su mayoría no sabe del tema. Todo el mundo cree saber de política, pero seamos serios, ¿cuántos realmente saben? A la hora de construir
mi casa, no pido un referéndum para decidir dónde poner los pilares, sino que
dejo que un arquitecto lo haga, un profesional.
Porque los ciudadanos pueden decidirlo por motivos estéticos, emotivos o hasta
para joder. Cuando se decide quién va a tomar decisiones relevantes que me
afectan a mí y a millones de personas, preferiría que los profesionales lo decidieran.
Pero, ¿qué
profesionales?
Obviamente no los propios políticos. Eso degenera
enseguida en algún tipo negativo de algocracia,
en la cual los políticos se votarían entre sí y traería muchísimos problemas y
un absoluto olvido del objetivo primero del gobierno: el país y la ciudadanía.
Es la misma situación que la que se encontraría en un juez corrupto que se
juzgase a sí mismo por corrupción, negando serlo. O una empresa de auditorías
acusada de no pagar impuestos, que se hiciera una auditoría a sí misma con sus
propias cuentas, diciendo que no están haciendo evasiones fiscales.
No, lo que
necesitamos es un tipo extra de profesionales,
pero en gran número para aumentar la estadística y de esa forma permitir que la
ciudadanía esté mejor representada, y que no se vean envueltos en beneficios
personales directos si salen elegidos unos u otros. Buscamos gente que sepa de
política y pueda discernir entre las demagogias y populismos la verdad. Por eso mi idea: el carnet de votante.
Puesto que es un poco
exagerado hacer a toda la población experta en política, sería buena idea dar
al menos a una buena parte de la misma de un conocimiento al menos básico y suficiente para elegir con cabeza. Se impartiría
un cursillo corto, de unos meses a lo sumo como el carnet de conducir, en el
que los estudiantes aprenderían de historia de la política, de macroeconomía
básica, de sociología de andar por casa, de geografía y cosas así necesarias
para poder tomar una decisión de tan altísima
complejidad e importancia. Obviamente ningún partido político podría tocar
nada del contenido del temario, porque sería propaganda electoral. Los auténticos profesionales de la política,
intelectuales sesudos que estudian estas cosas, elaborarían el conjunto de
temas y cómo abordarlos. Luego habría un examen, y si lo apruebas te dan el
maldito carnet.
Por supuesto, el
carnet sería necesario para poder votar. Como no se puede hacer un cambio tan
brusco en el sistema electoral, sólo se obligaría a tener el carnet a personas
nacidas a partir de cierto año, que sean jóvenes para cuando se implemente. La
gente podría sacarse el carnet desde, que se yo, los 16 años. La edad legal
suele ser de 18 o 21 años ahora mismo, pero si demuestras que ya estás listo
para votar pues yo creo que deberías poder tener el derecho.
Siempre puedes votar
con el corazoncito aun teniendo el carnet, por lo que ya sería tu problema de
coherencia, como la gente que fuma sabiendo que puede matarle. Que se sientan
culpables o no es cosa suya y muy respetable, porque es una decisión propia tomada
con cabeza. Pero si la gente quiere
votar, que al menos sepa a qué se atiene.
Por otra parte, el
dinero necesario para una operación tan enorme debería venir del propio estado,
siendo gratis el carnet, porque si no la gente podría ser discriminada por su nivel económico, y eso no es bueno en absoluto.
Quizá eliminando la actual burocracia electoral e implantando un sistema
digital, aunque seguro y fiable, se ahorraría bastante dinero que se podría
invertir ahí, pero eso es otro tema. En mi opinión la incorporación del carnet
de votante a la vida política haría que los gobiernos fueran más eficaces,
sabiendo que no podrán recurrir tan fácilmente a la demagogia y a las mentiras
porque la población no sería tan ignorante en cuanto a economía, historia,
geografía y similares. Un gobierno eficaz significa mejor calidad de vida y más dinero. La inversión se pagaría a sí
misma con creces. Mi opinión, claro.
Ya está bien de meter
sentimientos en la política. Uno es cauto o se arriesga cuando no sabe cuál es la respuesta correcta, y
dispara al azar o prueba con opciones que le
parecen razonables basadas en prejuicios y emociones. Cuando uno sabe la respuesta, o al menos tiene una
idea de cuál es basada en datos o estadísticas, sencillamente es razonable y sigue los hechos reales y
fiables. La política no es un juego,
afecta a millones de personas de forma directa e indirecta, así que hay que
tomársela con la seriedad y el rigor de cualquier otra operación importante.
No hay comentarios:
Publicar un comentario