[Este es un fragmento de lo que será mi futuro libro que estoy preparando. Básicamente en él se puede encontrar lo mismo que en este blog, pero intentando atarlo y conjuntarlo todo entre sí.]
Las interacciones entre personas
nunca han sido fáciles para mí. Nunca he sabido muy bien cómo comportarme con
la gente y siempre me ha dado la sensación de que ellos lo tenían mucho más claro. Los años me han enseñado que no es así,
y que todo el mundo juega con máscaras para no
ser quien realmente es, y de esa forma poder no sufrir el rechazo de los
demás. Una vez las coloridas y remachadas máscaras han conseguido juntar lo
suficiente a las personas, puede que
decidan quitárselas para regalarse sus verdaderas identidades.
Puede.
Cuando iba a la iglesia de
pequeño recuerdo varios elementos relevantes.
Había un altar de piedra cubierto de un paño sobre el que reposaban algunas
copas y cirios, un señor vestido de blanco con una especie de bufanda morada,
una gran cruz con un hombre europeo delgado y demacrado clavado en ella, con
gotas de sangre granate y espesa cayendo de su frente. Recuerdo que estaba en
una excelente forma física, con músculos marcados pero no exagerados en un
cuerpo delgado. Tenía una mandíbula afilada, con una barba que la hacía parecer
que lo era aún más, y el pelo largo y sorprendentemente limpio. Ese señor resulta
que era Dios, o al menos una de sus
manifestaciones.
Pero cuando preguntabas al señor
de blanco (nombre en clave sacerdote),
decía que Dios estaba en una cajita
profusamente decorada detrás suyo, que en ocasiones abría para sacar otra caita
más decorada aún, en la que había pan sin
levadura. Los fieles comían este pan, bebían algo de vino dulce y oraban
para entrar en comunión con la divinidad. Pero entonces, ¿quién era Dios, el hombre que sufría en la cruz o
el ente que se manifestaba a través de una comida poco nutritiva? ¿Era una
persona o un rito encerrado en una caja encerrada dentro de otra?
¿Por qué estaba Dios en una caja? Entiendo la historia
del Mesías sufridor, y puedo entender
que se dejase torturar para dar una lección a la humanidad, pero ¿por qué iba a
querer dejarse encerrar? Yo creo que en esa cajita no había ninguna divinidad,
sólo pan. Un gesto como otro
cualquiera no es un Dios, ni lo atrae
al mundo desde su plano astral o donde sea que more.
A los sacerdotes nunca les caí
bien de niño. Cuando crecí, dejé de asistir a la iglesia e imagino que su
opinión de mí sencillamente desaparecería. No hacía las preguntas más ideales para un niño en una escuela católica-romana-apostólica, pero tampoco
es que lo hiciera para tocar las narices. De verdad no lo entendía. Y como cualquier niño, sentía interés por las cosas
brillantes y las cosas grandes, como las divinidades y cajas bonitas.
Mi idea de un Dios era la de una criatura grande y
libre, capaz de hacer todo lo que
quisiera si es que quería hacer algo. Podía entender que los Dioses no actuaran nunca en el reino de
los hombres por aburrimiento o porque quizá estarían creando nuevas especies en
otros planetas. Yo al menos lo haría,
y pasaría de vez en cuando para ver cómo iba la cosa con las especies antiguas,
pero sin intervenir por supuesto, porque querría ver cómo se las apañan ellos
solos. Sea como sea, no me cuadraba lo de un Dios encerrado, igual que no me cuadra lo de no enseñar nuestra
forma de ser desde el principio.
Las máscaras no dejan de ser cajas
decoradas en las que encerrarnos, y
las personas que las usan no dejan de ser Dioses
asustados por los otros Dioses, que a
su vez no son más que Dioses falsos, ritos que deciden ejecutar
repetidas veces para invocar una divinidad inferior a la que esconden en su
interior.
A veces yo también he ejecutado
esa táctica, porque a la gente suele asustarle ver dioses a pelo. Le preocupa porque se dan cuenta de que ellos no son
más que un poco de papel maché sobre sus rostros, se dan cuenta de que tienen
miedo, pero a su vez lo único que demuestran es desagrado. Dejan que la máscara
empiece a hablar por ellos, y se
convierten en su propio personaje, apreciando
más el lacrado y el nacarado y menos la carne y las uñas. Ante una perspectiva
así, incluso yo que trato de vivir
con la máxima coherencia posible me encojo de miedo y saco mi propio disfraz.
Mi máscara tiene una gran nariz y
es dorada, blanca y negra. Es más un antifaz que una máscara, porque siempre me
han dicho que tengo una sonrisa bonita. Otra cosa no, pero la gente sabe
fácilmente cuando la finjo, o directamente cuándo estoy enfadado y la verdad es
que me parece bien. Puestos a ser falsos con nosotros mismos, cuanto menos lo
seamos
Es una máscara simpática,
animada, alegre. Una máscara de fiesta que deja entre las grietas y los huecos
la impresión de que, en el fondo, estoy siendo sincero con los demás. El
primero que no se lo cree, pero por desgracia sí se lo cree, soy yo. Así y
todo, no la veo como una tan negativa, porque como digo muestra una parte de mí
de la que me siento orgulloso.
Pero tengo más máscaras. Tengo bastantes, una por cada ocasión relevante,
diría yo. Tengo la de sabio entendido
que impone su autoridad diciendo palabras largas y hablando un poco más alto
mientras agita un brazo, la de tonto inocente
que no tiene ni idea y asiente como un simple e inofensivo bobalicón, y la de
crítico revolucionario y cínico que
puede ver las cosas desde fuera y usar la lógica más básica para demostrar que
nadie tiene razón. Soy todas mis máscaras, porque las he elegido para que me
representen, pero al mismo tiempo no soy ninguna. Lo que en realidad soy es la falta de ellas. Todos los lugares que
tape con ese papel maché o ese plástico malo, sabréis que son lugares que me da
miedo mostrar por que otros Dioses puedan asustarse de ellos. Si es que podéis
saber que no son antifaces, claro.
Al final caigo en el mismo
problema, y olvido que el motivo por el que uso máscaras es que me da envidia
que otros puedan no necesitarlas, lo
cual creo que es una de las paradojas más exquisitas e interesantes de mis
días.

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