jueves, 30 de agosto de 2012

El arte y la investigación: Buscar la belleza


¿Y si no quiero hacer nada productivo? ¿Y si mi sueño no es generar recursos ni servicios para una aglomeración autodestructiva de personas? ¿Y si sólo quiero buscar la belleza? ¿Nadie contó con ello?

No estoy seguro de si existe una magnitud física que represente la belleza, peor ahí está que podemos captarla.
¿Cuándo son más hermosos unos ojos? ¿Qué diámetro deben tener las órbitas, y qué curvatura los párpados y pestañas para ser más bellos?
¿Nos resultan hermosos pero intimidantes los rayos y el fuego por la materia común de la que están compuestos (el plasma)? ¿O es por alguna otra cosa?
¿Por qué la luna, las estrellas o los atardeceres nos enternecen tanto? ¿Por qué la lluvia o la nieve nos ponen nostálgicos?

La naturaleza es una fuente de belleza mayor que la que nuestras mentes pueden siquiera simular. Por ello, yo sólo quiero buscar la belleza en ella. Buscar la belleza en cosas como los ángulos rectos, la conservación del momento angular o las dimensiones que no podemos imaginar pero sí comprender. En fenómenos extraños, que no podemos explicar aún, pero lo haremos en un futuro.

Mientras los electrones bailan y no bailan en sus fiestas atómicas, y los quarks se abrazan formando hadrones, nosotros nos sentimos solos como los fotones viajeros, que sólo buscan colisionar contra algún átomo para poder formar parte de algo.

La gente a la que hablo no comprende esos pequeños detalles, y se enfadan cuando no quiero hacer nada productivo para su bolsillo o su estómago. Yo sólo quiero conocer, y creo que no soy el único. Cada pedazo de conocimiento nuevo es una gema más en la corona de joyas que la ciencia puede con orgullo colocar sobre su cabeza. No buscamos el bienestar de las personas, al igual que los artistas buscamos la belleza. Quizá, al contrario que ellos, nuestros descubrimientos pueden aportar algo a la vida cotidiana, pero ese no es el motivo por el que se hace ciencia. La ciencia es otra cosa.

Como leí en una ocasión: la ciencia es como el sexo. Tiene utilidades prácticas maravillosas, pero no es el principal motivo por el que queremos practicarla. Es una metáfora un tanto burda, pero explica bastante bien los ideales de la ciencia.

A veces me abstraigo de las cosas normales, manchando un papel con trazos y cosas sin sentido propio, que otra gente al mirarlo comprenda como ecuaciones fundamentales, cálculos erróneos o teoremas incompletos.

El día que comprendamos todo el universo, si es que llega, será un día triste para la ciencia. Será el día más triste de todos. Habrá quien se regocije, que se alegre de haber comprendido el universo, que dé saltos y palmas por haber conseguido el conocimiento absoluto, pero yo no lo haría. Me alegraría un momento, y después no podría soportar lo que ello significase. Ese día sería el funeral de la ciencia. El ser humano dejaría de ser curioso y dejaría de buscar la belleza, y el misterio del universo sería nulo.

El mismo motivo que nos pone una mochila a hombros y nos hace perdernos en una ciudad desconocida se puede aplicar a la investigación del universo. Mochileros celulares, vagabundos astronómicos, caminantes algebraicos. Sólo espero que haya más camino para seguir andando. Porque lo importante es el camino, no el final, para todos los ámbitos de la vida, y la ciencia no es diferente.

Escogí la afición de científico porque aún creo que puedo ser un artista con estas manos tan torpes. Aún creo poder escuchar las sinfonías del universo como un melómano cualquiera, o apreciar la delicadez de una molécula como si de una escultura impresionista se tratara.

Pero no es fácil convencerles. No es fácil hacerles entender que, pese a lo mucho que me importen, mi sueño no es hacer la vida más fácil a las personas. Si gracias a mi trabajo lo son, seré más feliz. Eso nunca lo negaré. Pero el motivo por el que seguiré caminando el camino de la física no será, y lo siento, el ansia de hacer un mundo mejor, que pese a ser otro de mis sueños, no es este.

Sólo quiero buscar la belleza.

domingo, 26 de agosto de 2012

Un buen momento para nacer


Hace poco me hice una pregunta: ¿Es este un buen momento en la historia para estar vivo? ¿Mi vida transcurrirá en una buena franja histórica?

Bueno, lo primero es decidir a qué me refiero con un buen momento de la historia. Está claro que respecto a nivel de vida, es el mejor que ha habido hasta ahora. Por mucho que nos duela la democracia actual, sigue siendo mejor que lo que había hace 40 o 50 años, y está claro que las comodidades actuales, la medicina y similares, pese a lo mucho que nos quejemos de ellas, son mejores y mejores año tras año.

La ciencia sigue en su mejor momento. Puede que no estemos en el pináculo de los descubrimientos, como ocurrió a principios del siglo pasado, pero cada día grandes mentes y grandes trabajadores de la ciencia descubren miles de cosas nuevas. Igual ya no se pueden descubrir cosas como la vacuna de la viruela, o la gravedad, pero aún así el universo sigue siendo un misterio que vamos despejando poco a poco. Y debajo de cada nuevo descubrimiento, surgen nuevas ramas del conocimiento por avanzar. La astrofísica no deja de preguntarse qué es la materia oscura, y el descubrimiento del genoma humano a principio del siglo XXI ha potenciado la imaginación de toda una nueva generación de médicos, biólogos y biotecnólogos.

Internet, además de vídeos de gatos, pornografía y Facebook, también incluye obras maestras de la sabiduría. Wikipedia, por ejemplo, y pese a todas las críticas, es una auténtica biblioteca de conocimientos, y eso si no profundizamos a páginas webs más técnicas. El potencial de una conexión entre todas las personas aún está inexplorado. El futuro de la informática y la Red sólo puede traer fascinantes sorpresas.

Y si bien los científicos, ingenieros e informáticos aún tienen mucho emocionante trabajo por delante, no son los únicos para los cuales el día de hoy no sea el mejor que podían haber pedido. La crisis económica, social y moral que es portada de casi todos los días de nuestras vidas también puede ser vista como una fuente de oportunidades. El cambio es bueno, y el mejor momento para cambiar es por supuesto cuando las cosas van mal. Cuando se descubren los errores del sistema, hay que asegurarse de remediarlos. Quizá el estado del bienestar esté conseguido, y no haya muchos más derechos que conseguir, pero está claro que estos días son buenos para las Revoluciones. Sea en las soleadas plazas del sur de Europa, o en las áridas calles del norte de África.

Los corazones idealistas ven llegar su momento de actuar. Es un buen momento para soñar y luchar por los sueños. Tenemos las herramientas para hacerlo, muchas más de las que había hace doscientos años, pero nos falta el impulso. No nos morimos por pensar lo que pensamos, por lo que no parece un asunto de vida o muerte ver nuestros deseos cumplidos. No obstante, en otros lugares las Revoluciones implican dolor, guerra y muerte, pero ahí están, luchando y triunfando frente a la pasividad de nuestras ciudades primermundistas.

Quizá al no ver más allá de nuestro ombligo pensamos que ya nadie lucha por la libertad, por los sueños y por los derechos de las personas. Pensamos que nos da igual a todos. Pero más allá de nuestras fronteras, sigue ardiendo la llama de los idealistas, lejos de nuestros helados cinismo y civismo.

Que sea un buen o un mal momento, a mi parecer, depende de nosotros mismos, los que vivimos estos instantes, y que debemos hacer de este mundo uno mejor, y de esta época, una época de cambio y crecimiento en todos los sentidos. Siempre es un buen momento para esforzarse y querer cambiar el mundo, sólo se necesitan sueños, valor y constancia.

Hay muchas maneras de plantearse si hemos nacido en la época adecuada, en un buen momento. Bueno, mi opinión es clara. ¿Y la vuestra? ¿Sois hijos de vuestra época o preferís pensar en el pasado o el futuro, en los cuales por cierto no vivís?

miércoles, 8 de agosto de 2012

Quinta parte: La entropía y los solares vacíos


El otro día salí de casa para ir a cenar con una amiga. Iba yo contento por hacer algo al fin, sacando mis huesos del sótano y respirando aire de una vez. Pero cuál fue mi sorpresa cuando me encontré con un solar vacío. Allí donde había hacía no mucho unas casas muy antiguas, ya abandonadas, refugio de infinitos gatos y plantas enredaderas, había ahora una verja rodeando un suelo arenoso.

Llevo toda mi vida viendo esas casas a como mucho 50 metros de la mía. Recuerdo que antes vivía gente allí. Pero eso se acabó, y parece que no mucho después, alguien ha invertido dinero suficiente como para destruirlas. Es curioso, porque la obra de al lado de mi casa lleva 4 años estancada, sin que nadie haya ido a poner un solo ladrillo o a comprobar que los cuatro pilares y paredes que ya están van a seguir ahí sin derrumbarse. Yo no apostaría nada a que en otros cuatro años alguien vaya a retomarlo, y así cuando se nos escapa una pelota de ping pong no tenemos vecinos a quien pedirles que nos la devuelvan. Sólo un solar en construcción, gris del cemento y ocre de los ladrillos.

Debe ser que es más sencillo destruir que crear. Y eso no es sorprendente. Existe algo llamado entropía a la que le encanta que las cosas se acaben, a la que le gustan los solares vacíos y las obras polvorientas sin acabar, a la que le da un enorme placer la crisis económica y social. A la entropía le encanta quemar contenedores y romper cristales, y le emociona vernos derrumbarnos, morir y ser pasto de los gusanos. La entropía manda en nuestras vidas, en nuestros corazones que se van desgastando con el paso de los años y los amores, y un día deja de latir.

Eso no significa que la entropía odie la vida. Al contrario. La vida es una fuente de entropía, destruye su entorno para permanecer viva. Las plantas absorben moléculas y fotones y los convierten en otras cosas, los herbívoros se comen las plantas y los carnívoros otros animales, y los convierten en energía degradada, calor y actividad. Los seres vivos le apasionan a la entropía, siendo una de sus armas favoritas a pequeña escala. A gran escala, parece ser que los agujeros negros son mucho más útiles.

A veces, como ayer, los seres humanos no podemos evitar reflexionar acerca de nosotros mismos, y de nuestra existencia. Últimamente me han invitado a más funerales que cumpleaños, lo cual no significa nada especial, pero a uno le hace pensar. Y los solares vacíos son sólo otro símbolo. Aparte del hecho de que no sé cuándo ha ocurrido porque llevo semanas encerrado en mi sótano, la sorpresa de verlo me ha hecho pensar en la broma cósmica de nuevo. Un tema que pensaba estaba acabado, pero no es así.

He hablado de muchas cosas en este pequeño proyecto en prosa, que he pospuesto entre otros motivos porque estaba ocupado con otros tipos de escritura, más poéticos y menos prosaicos (No sé si la palabra prosaico está bien usada en esa frase, pero no me apetece buscar su significado, así que ahí se queda). Pero siempre vuelve a mí la pulsante idea de que la vida parece hecha a posta para verse desde fuera y reírse a carcajadas, como cuando vemos por la tele o por Internet vídeos de gente que se da ostias.

Todos hemos nacido para morir. Es la idea que me pasa por la cabeza al ver la desolación de un solar vacío. Hasta las casas que hace sesenta años se crearon para mantener gente en su interior todos los días posibles, tienen los días contados. Las montañas, los mares, los ratones de laboratorio. Todos encuentran el fin de sus días. Los gobiernos, las revoluciones en las plazas, la crisis. Aunque no lo parezca, todos acaban. El amor, la amistad, los sueños y la juventud. Se terminan, todo termina. La vida de una persona es sólo el periodo comprendido desde que sale del útero de su madre hasta que sus neuronas dejan de dar órdenes al resto del cuerpo, aunque las uñas y el pelo sigan creciendo y miles de millones de células sigan vivas en nuestros organismos inertes.

Tenemos un trozo más o menos indeterminado de vida para utilizar, con una libertad relativa y una capacidad limitada para hacer cosas. Cada día que pasa es un día menos, o un día más, pero lo que tenemos claro es que no volveremos a vivirlo. Cada instante es un regalo, una suerte probabilística en la que no podíamos confiar un segundo antes. Sólo el hecho de existir, y poder apreciarlo, es increíble. No siempre es posible, pero cuando te das cuenta, cuando eres realmente consciente de que ESTÁS VIVO, algo muy intenso y salvaje ocurre en tus pensamientos. Luego lo desperdiciarás todo, dejarás pasar los segundos como guijarros en el camino.

La vida es una contradicción tremenda. Gastamos todos nuestros esfuerzos en amar y ser amados, aún cuando sabemos que un día eso acabará. Y una vez el amor muere, sólo queremos volver atrás, aún sabiendo que no hay amor ya. Malgastamos nuestras vidas, y cuando vamos a morir, nos arrepentimos. ¿Cuál es el sentido del amor? Bueno, cualquier biólogo te lo dirá. ¿Cuál es el sentido de la vida? Eso ya es más truculento, pero aún así la mejor respuesta que obtendremos será que no hay un sentido claro.

La vida no es más que un sistema complejo que trata de mantenerse funcionando. Los primeros seres vivos se reproducían, y luego pasaron a evolucionar para seguir reproduciéndose en un entorno variable. Los seres humanos, pese a toda nuestra complejidad emocional y nuestros desvencijados instintos, seguimos siendo sólo una parte de ese sistema. No somos nada, quizá sólo una pieza más de la maquinaria entrópica que parece querer devorar el mundo. Sólo somos máquinas de calor, por eso nos refugiamos unos en brazos de los demás, para huir de nuestra propia destrucción, pese a que eso nos destruye unos a otros.

Si existe un dios, es un dios cruel, es el dios de los agujeros negros, la entropía y las vidas que se acaban, porque todos nacemos para morir. Todos los edificios fueron y serán solares vacíos, todos los sueños son ilusiones que nos alcanzan por las noches y los días con la intención de sacarnos del ciclo destructivo y autodestructivo en el que vivimos. La crisis nos duele mucho, pero mirando en un libro de historia veremos que siempre ha habido crisis. En los momentos de paz en una mitad del globo, hay crisis en la otra. No podemos contener nuestra naturaleza entrópica, porque eso es lo que somos.

Podéis imaginarme, con los dedos de una mano enganchados en la verja alambrada del solar y el gesto serio que tengo siempre que voy por la calle solo, mirándolo. Mirando algo, que recuerdo de mi infancia, no existir nunca más. Mirando a la entropía ganar otra partida. No derramé una lágrima por ese solar, ni lo voy a hacer. Seguí caminando, con la herida de nuevo abierta. Fui a cenar con mi amiga y me lo pasé bien sin pensar en la entropía o los solares vacíos. Luego volví a casa, dormí y tuve sueños complejos e incómodos acerca de cosas que se acaban y degradan. Y hoy me siento a escribir, y cada palabra me parece más y más hilarante que la anterior.

Porque es lo de siempre. Todo esto parece una broma, una broma cruel orquestada por un universo guiado por la entropía, y contra el cual no podemos hacer nada. El universo seguirá girando. Cuando muera, cuando la humanidad deje de existir, el universo seguirá girando y enfriándose.

Y mientras, yo desperdicio mis días. Conteniendo las lágrimas con mi cabeza repiqueteando contra la ventana de un autobús, serio y ausente contemplando los solares vacíos de los edificios de mi infancia, apartado viendo bailar al resto de electrones emparejados, siempre es lo mismo. Una broma. Una broma cósmica.