jueves, 28 de junio de 2012

Cuarta parte: El dolor y la broma



Una vez puestos en orden los aspectos más esotéricos de la Broma Cósmica, ha llegado la hora de hablar de cosas más terrenales. Como el dolor.

El dolor nos acompaña de una manera natural como una advertencia contra el peligro. Si nos quemamos el dedo con una sartén, nos duele, porque si seguimos en esa situación un buen rato acabamos perdiendo un dedo. No obstante, hay veces que el dolor es diferente. Es eso que llamamos dolor emocional, o dolor espiritual. No duele en el sentido de afectar a nuestros nervios, pero duele. Y encima, no nos defiende de ningún peligro.

¿O sí?

Es molesto, pero esta ahí por algo, se supone. Todo lo que pertenece al ser humano es práctico y tiene utilidades biológicas que nos permiten sobrevivir. Bueno, excepto esas cosas que heredamos de antepasados evolutivos y que no nos sirven de nada, como ese último hueso en el coxis, o el dedo meñique, o el pelo en el cuerpo. Viejas reliquias de viejos ancestros.

En el caso del dolor emocional, supongo que hay que tener en cuenta que, o bien estas emociones son una herencia evolutiva, inútil para la supervivencia pero que de vez en cuando nos duele (como el dedo meñique al chocar contra la pata de una mesa), o que son parte de nosotros y realmente nos duele porque algo malo nos está pasando.

¿Podemos morir de tristeza?

Bueno, una depresión no creo que ayude mucho a una persona a salir adelante en la vida. Alguna vez he visto en documentales de fauna situaciones sorprendentes (y tristes) de animales muriendo de una depresión. Una madre leopardo que pierde a todas sus crías, por ejemplo, que dejó de cazar y de comer.

Entonces, ¿Son las emociones necesarias para sobrevivir?

Sin emociones, ¿Funcionaría un ser vivo similar a nosotros?

Está claro que cosas como el amor o la amistad ayudan a formar grupos sociales fuertes, en el que los individuos se defienden mutuamente y se ayudan en todo. Los seres sociales como los animales, por tanto, tienen las emociones y los sentimientos como una herramienta de supervivencia. Por eso nuestro cuerpo nos aguijona cada vez que nos sentimos rechazados o menospreciados.

De modo que el dolor físico nos acompaña, pero hay que entenderlo como algo positivo. Sin él perderíamos los dedos. Pero también el dolor emocional es obligatorio y tiene su sentido. Para no quedarnos aislados y perder nuestra capacidad de sobrevivir en grupo necesitamos de vez en cuando sufrir a modo de advertencia.

Así que hay que convivir con el dolor, el dolor de todo tipo, y aceptarlo como una herramienta de nuestro cuerpo, más o menos adecuada para nuestros tiempos, que nos mantiene vivos y sanos. Los momentos más duros de nuestra vida, son necesarios y hay que tomarlos como algo bueno, y no algo malo. Acostumbrarnos a ellos, y casi apreciarlos. Menuda ironía. Parece una broma pesada de algún científico chiflado. Una estúpida, y dolorosa, broma pesada.

lunes, 18 de junio de 2012

El camino correcto


A veces uno tiene que pararse a pensar por qué hace las cosas. Cuál es su motivación, cuál es la fuerza de voluntad que le lleva adelante. A veces, esa fuerza se minimiza, y se necesita volver a la base, a los cimientos de esa motivación para recordar por qué se sigue adelante, y por qué merece la pena seguir.

Momentos malos hay siempre, momentos buenos también. Lo único que es constante somos nosotros, y hay que asegurarse de que estamos contentos con ello.

Cuando la gente me pregunta por qué me gusta complicarme tanto, suelo tratar de responder con la frase más ingeniosa que se me ocurre, pero realmente no es ese el motivo. Desde siempre he tenido la idea de que las cosas malas y las buenas tienen su contraparte. Es decir, si un día sufres, otro día se te devolverá ese sufrimiento en forma de buenos momentos.

Es una filosofía débil, lo sé, pero ayuda a avanzar.

Esta especie de superioridad moral nos dice que lo que hacemos, pese a no ser lo que más nos beneficie, es lo correcto, y eso suele parecer contradictorio. Pero no lo es. El hecho de creer que haces lo correcto es una fuerza motivadora que te permite seguir adelante, tanto o más que el hecho de saber que gracias a tus acciones eres más feliz.

Lo correcto. ¿Qué es lo correcto? Es un concepto poderoso, a la altura de cosas como lo bueno y lo malo, y que orbita alrededor de ti mismo, ya que lo bueno y lo malo dependen de tu entorno, y no sólo de lo que tú creas o quieras.

El camino más difícil siempre ha sido para mí, a la larga, el más satisfactorio. Nada me asegura que haya un botín mayor al final del camino más duro, pero sí sé que después tendré mi propio premio. Un premio que no depende del momento, no depende de si el euro está devaluado, o de si es un mal momento para enamorarse. Ese premio es la satisfacción de haber superado algo. Y cuanto más difícil, mejor.

El camino más difícil no es el mejor camino, pero sí podemos considerarlo el camino correcto. Porque cuando lleguemos al final, tras pasar penurias, o no pasarlas, tras llegar con lágrimas en las mejillas y risa histérica, o con arañazos en las manos y las rodillas, habremos acabado. Habremos superado la dificultad.

Podremos recordar con angustia el dolor pasado, pero a la vez podremos sentirnos orgullosos de haber llegado hasta el final, de rendirnos mil veces pero al final haber continuado otras mil veces.

Ese orgullo, esa gallardía y bizarría inútil para el mundo, para nosotros será fuego en las entrañas, energía pura para gritar al cielo nocturno que podemos con todo lo que nos echen, sea cierto o no.

Podríamos haber caminado sobre los prados de la comodidad, sobre las monótonas llanuras de la calma, pero preferimos arrastrarnos por las grutas de las complicaciones, por las cordilleras de la adversidad. Nos llamarán de todo, desde estúpidos hasta inconscientes. Nos harán daño, les haremos daño.

Pero al final del camino, no estaremos solos, no sufriremos más. Habrá alguien, alguien a nuestro lado, cuya presencia será todo lo que necesitemos. Codo con codo, frente con frente, corazón con corazón. Latido con latido y parpadeo con parpadeo. Esa persona que nos acompañó en los momentos de necesidad, y que nos sacó de mil problemas. Cuando lleguemos al final del camino, nos encontraremos solos pero con nosotros mismos, esperándonos.

Más fuertes, más valientes, más viejos y cínicos, quizá. Con menos sueños que cumplir, con menos deseos que poder ver completados. Con las cicatrices que nuestro propio camino correcto generó sobre nosotros, a modo de correcciones en nuestra vida, correcciones justas pues las elegimos nosotros.

No podemos evitar el sufrimiento, pero sí podemos encararlo, morderlo, tragarlo y digerirlo. Podemos abrazarlo, y vivir con él en lugar de apartarlo con miedo, pues sabemos que volverá. Y la próxima vez, estaremos más preparados. Más preparados porque sabemos qué es lo bueno, qué es lo malo, y qué es lo correcto. Una mezcla de todo, una amalgama de alambres y gominolas.

La vida.

A veces la gente me pregunta por qué me complico tanto. No es fácil explicarlo. Les miro, evito sus miradas, invento una frase divertida, se ríen y me río. Dejamos el tema, pero al minuto siguiente, vuelvo a complicar mi existencia al no decirle la verdad. Al no decirle que voy dándome con todas las esquinas, que voy chocando con todas las personas y que lo hago sólo para acostumbrarme a sufrir. Al no decirle que no tengo un plan predeterminado, sólo excusas que darme a mí mismo para sentir que voy en la dirección correcta. No la buena, no la mala. La correcta.