Para empezar con esta discusión remontémonos a un momento muy particular. En ese momento aún no existís. Sois sólo dos mitades de código genético con una minúscula probabilidad de coincidir. No sólo porque la probabilidad de que esas dos mitades puedan coincidir sea minúscula, sino porque en el proceso, también la probabilidad es minúscula a su vez.
Me explico.
Nos remontamos a un tiempo en el que sois un óvulo y un espermatozoide. En realidad no sois, sino que sois en potencia, sin ser aún. Complicadas palabras para decir que si los dos gametos no se reúnen, dejáis de existir. Tiene que ocurrir que en el momento en el que el óvulo con el cual podéis existir exista al mismo tiempo que el espermatozoide con el cual podéis existir. Esto no es trivial, estamos hablando de una coincidencia en el tiempo casi milagrosa.
Que vuestro padre y vuestra madre se conociesen ya es suficiente casualidad como para no apostar por ello en un casino, y ojo, no digo nada en contra de vuestros padres, es pura estadística. Que dos individuos, entre los seis o siete miles de millones en el globo, se conozcan y tengan un hijo o una hija en un momento concreto, es de una probabilidad muy pequeña. Estamos hablando de una probabilidad entre varios millones.
Pero aún más intrigante es que, precisamente, sea en ese mismo momento en el cual sí podéis existir, en ese momento en el que el óvulo X y el espermatozoide Y son coincidentes en el tiempo, en el que vuestros padres deciden, digámoslo con tacto, reunirlos. Y en una auténtica lotería, uno de los miles de millones de espermatozoides, precisamente el espermatozoide Y, alcanza el primero el óvulo X. Y entonces, empezáis a existir.
Esto es tan mínimo, tan despreciable, que realmente podemos decir que, de una manera biológica, no existís, y no existo yo. La probabilidad de que existamos, teniendo en cuenta la biología (y haciendo los números a lo gordo sin conocer datos reales), es minúscula. Una apuesta terrible. Una casualidad tremenda. Una fluctuación química, orgánica, biológica. Una broma, eso es lo que eres. Una broma genética.
Pero esa broma que eres, esa absolutamente inexistente probabilidad de que existas, ha sido suficiente. Esa fluctuación despreciable del universo condensada en tu existencia es todo lo que ha hecho falta. Tú eres tú leyendo este blog, y yo soy yo al otro lado del ordenador. Todos y cada uno de tus instantes, es un regalo al universo, un suspiro en el huracán. Invisible, inexistente, pero ahí está. Ahí estás. Ahí estoy.
Puedes sentirme, puedes verme. Podemos rozar nuestros dedos, aunque lo que vivimos no es más que una probabilidad prestada. Todas las palabras que te digo y te diré, todas las miradas que cruzamos, son un momento tan increíble, que no comprendo por qué lo solemos ignorar. Por qué, si nuestra vida es una tirada en un dado de miles de millones de caras, no celebramos que hemos ganado.
Eso, mi adorable, fascinante, y querida broma genética, me hace sonreír y sentir un poderoso impulso de reírme. Aunque no se realmente por qué.
