Michael Faraday era un prestigioso y reputado físico y químico
británico del siglo XIX. Una vez, en una exposición de ciencias (de esas que
los británicos montaban de vez en cuando mientras aquí nos dedicábamos a darnos
golpes de estado cada pocos años) el primer ministro de allí se interesó por
los curiosos descubrimientos de Faraday acerca de imanes y corrientes
eléctricas. Pero por muy interesado que pudiese estar con la ciencia, no dejaba
de ser un político, e hizo la pregunta que todo científico oye un par de veces
al mes: Señor Faraday, ¿para qué sirve todo esto que nos ha contado?
La respuesta de Faraday podía haber sido cualquiera: para
avanzar en el conocimiento del mundo, para saciar la sed de curiosidad, para
sorprender, para divertir… y todas habrían sido ciertas. Pero Faraday fue un
paso más allá, y le habó al político como el político no esperaba que le
contestasen:
“Ahora mismo, ni idea de para qué puede servir. Pero le
aseguro, señor, que dentro de unos años pagará impuestos por esto.”
No hay comentarios:
Publicar un comentario