Un año más, un año menos. Depende bastante de cómo lo
veas, pero las dos opciones son a mi parecer válidas. Últimamente uso mucho esa
expresión, pero es que me cuesta sacármela de la cabeza.
Veo pasar un año jodido. Este ha sido malo, no lo voy a
negar. Un invierno frío y tristón, una primavera llena de amarga melancolía y
soledad imaginaria, un verano aburrido y perezoso, y un otoño en el que me sentí
como las hojas de los árboles, dejándome llevar por el viento cruel, y volvemos
al invierno, en el que echo la vista atrás con rabia y desilusión. Pero con
algo de ilusión a la vez.
Al final, mis años son paradoja tras paradoja. Un bucle
que no se repite nunca, pero que parece ser el mismo siempre. Tropezones con
piedras parecidas, con distintos rostros pero miradas y ojos parecidos. Todos
tenemos las pupilas oscuras, pero hay quien tiene una belleza salvaje en esa
oscuridad.
El desorden de un atractor caótico, eso considero yo mis días.
No trato de hacerme el interesante, pero me gusta la grandilocuencia y el
dramatismo que con el lenguaje se puede lograr de los hechos más comunes.
Porque tras la desilusión, hay más ilusión. Tras la
soledad, hay amigos y familia. Tras la pérdida, hay nuevas oportunidades. Tras
el fracaso, hay sueños que aún deben ser cumplidos.
Cuando la luna me sonríe con ganas de estrellarse contra
mi mundo, hay un 22 de diciembre en el que todos seguimos vivos. Cuando las
pesadillas y los sueños espesos me tienen revuelto en la cama, amanece y puedo
volver a ser yo mismo. Cuando vuelco a casa por la mañana con el frío y el
agotamiento de una noche de no dormir, con la camisa mal puesta y los zapatos
helados, siempre me puedo lanzar en mi cama con los ojos sucios y los labios
secos.
Este año ha sido un año cualquiera, pero a la vez no. Ha
sido un año imprescindible, pero a la vez el peor que recuerdo. No me
arrepiento de que pasase, porque gracias a él soy más como soy. Como el año
pasado, me he llevado sorpresas. Algunas gratas y otras más hirientes. Una dualidad presente en cada partícula subatómica, ¿no?
Dije que al final resultaba que me gustaba ver cambiar las
cosas. Bueno, a nadie le gusta estancarse. No quiero estancarme, ni quiero que
nadie lo haga. Igual vuelvo la vista atrás con el dolor de lo que podría haber
sido, con las preguntas en el aire y los ojos esquivos, pero no volveré al
pasado. Porque he aprendido todo lo que he podido, y eso es bueno.
Como un sistema cuántico, pero caótico, el año nuevo ha llegado disperso
e improbable, pero ha llegado. Y pese a ser un año jodido, sonrío. Porque las
cosas importantes se dicen con un par de cervezas, un chocolate con churros o
una cena sorpresa.
Y esto va dirigido a aquellos a los que va dirigido, más allá del caos ordenado de mis días.
Gracias. Ha sido un buen año, pero os voy a necesitar otro año más.
Y feliz año nuevo.