Vuelve el frío. Creo que es una hermosa mañana de
diciembre, pero no estoy seguro. Lo importante es que hace frío, y que me
cuesta levantarme de la cama. Sabes que es un día importante, porque el planeta
ha dado muchas vueltas alrededor del Sol desde que todo empezó, pero a ti te
parece otro día frío de diciembre.
La importancia parece haber pasado. Es curioso, igual lo
único que esperabas era la sorpresa, el calor, el cariño, y una vez te lo han
dado ya, el día en sí pierde su propia importancia.
Un año más, un año menos. Qué más da. Cada vuelta de la
Tierra alrededor del Sol es una vuelta menos que verás, pero una vuelta más que
has visto. Te haces viejo, pero eso no siempre es malo. Lo importante no son
los días, no son los años. Son los recuerdos. Son los abrazos que te dan, los
gritos de sorpresa y las carcajadas irrefrenables.
En cada año 365 días, 365 amaneceres como este, algunos
más cálidos, otros más fríos si cabe. Tiene su lógica, pero aún así no puedo
evitar pensar que es todo un convenio que yo no he elegido, y que si tengo la
edad que tengo es porque alguien ha decidido contar de esa manera, y no de
otra. Lo que tú eliges son tus amigos, son los besos que regalas y las palmadas
en la espalda que das.
Si pudiese elegir, me quedaría como estoy. La soledad es
sólo una apariencia, como demuestran las sonrisas no fingidas que a veces me
arrancan mis días, mis vueltas sobre el eje terrestre. Otras veces tengo que
fingirlas, pero sólo por culpa del frío.
Ese maldito frío que me arrastra por las calles encogido
dentro de mi abrigo. Ese frío que me mantiene en la cama abrazado al edredón a
falta de alguna piel más próxima a mi temperatura, y más cariñosa al tacto.
Siempre he sido friolero, me digo mientras me miro en el espejo por primera vez
en el largo día que tengo por delante.
Si, soy capaz de verme las arrugas. La piel reseca de las
mejillas. El pelo revuelto. La boca pastosa. Que asco me dan las mañanas frías.
Que asco me doy a mí mismo cuando no puedo conmigo mismo. Soy capaz de ver
todos mis defectos, incluso en un día tan señalado como este.
Señalado por quién, me pregunto. Hago el chiste de la
mañana señalando al espejo y diciendo: que mal te sientan los años, guaperas.
Desayuno, me visto y a la calle. Un día más, un día menos. Igual lo desaprovecharé.
Este último año ha sido extraño, pero no siento que lo haya desaprovechado.
Tampoco me parece que haya sido un año brillante, pero he aprendido cosas.
Nuevamente he aprendido mecánica cuántica, he aprendido de
la vida, y he aprendido de las personas. Me sigo arrastrando por mi vida a
brincos, haciendo de ella una paradoja autoconsistente, como lo son todas las
vidas de todas las personas.
El frío, el maldito frío. Aturde mis músculos pero dispara
mi mente. Siempre me han dicho que pienso demasiado, por eso me gusta más el
calor. Me abotarga, me atonta y relaja, a la vez que no me mantiene en tensión
ni me hace correr por las calles obligado. No me obliga a nada, me deja hacer
lo que quiero.
En el fondo, sigo siendo un niño, un niño que se puede
emocionar con una sorpresa agradable, que odia madrugar y que adora el verano.
Un niño que ve pasar los años, aprendiendo de ellos y olvidando a la vez.
Siendo más y más maduro, y más y más infantil.
¡Qué viejo me siento y que joven a la vez! Qué paradoja
más maravillosa. Qué traición a uno mismo tan deseable. Qué cielo tan gris, tan
azul y tan violeta. Qué solo me siento pese a estar rodeado de tanta gente, y
qué feliz estoy pese a creer que estoy solo sin estarlo. Qué frío que hace,
joder, pero qué ganas tengo de salir a la calle. Qué ridículo es el transcurso
de mis días, pero qué emocionado me siento por ello. Qué grande es el mundo, y
qué pequeño a la vez, en el que todos estamos juntos un poco más allá de
nuestra soledad. Qué poco me apetecía cumplir años esta vez, pero qué feliz
estoy de haberlo hecho. Qué maravillosa puede ser integrar de nuevo
diferenciales de vida, rodeado de estrellas y de gatos, de máscaras y de
pájaros, de poemas y de ecuaciones, de secretos y de confesiones. Qué ganas de seguir
otro año a vuestra sombra, y bajo vuestra luz.
Gracias por haberme hecho el mayor regalo que existe:
sacudirme el frío de encima y hacerme volver a levantar la mirada en mi Camino
y volver a contemplar el cielo Violeta.
